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Otro debut de Domingo

Valencia, 28/03/2012. Palau de les Arts. Thaïs (París, Opéra, 16 de marzo de1894); libreto de Louis Gallet sobre la novela de Anatole France, música de J.Massenet. Malin Byström (Thaïs), Plácido Domingo (Athanaël), Paolo Fanale (Nicias), Gianluca Buratto (Palémon), Micaëla Oeste (Crobyle), Marina Rodríguez- Cusí (Myrtale), María José Suárez (Albine) y Aldo Heo (Le serviteur de Nicias). Dirección de escena: Nicola Raab. Escenografía y vestuario: Johan Engels. Coro de la Generalitat (preparado por Francesc Perales) y orquesta del Teatro. Director: Patrick Fournillier
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La extraordinaria obra de Massenet –alguno alzará ya una ceja o ambas con esta calificación- debe siempre su aparición o reaparición (en este caso lo primero) a alguna gran diva que se ve con las fuerzas suficientes para hacer frente al personaje: así, en los últimos veinte años, salvo algunos intentos aislados, su valedora excepcional ha sido la Fleming.

Más raro es, o directamente es una primicia absoluta, que lo que consiga poner a la obra en una temporada sea el protagonista masculino (ciertamente tan importante como su contraparte femenina). Si se trata de Plácido Domingo, más aún. Y el teatro, con seguidores y fundamentalmente seguidoras internacionales del gran cantante, ofrecía el aspecto singular de un aforo completo en las localidades bajas que iba raleando conforme se subía. También había alguna elegante japonesa y otra europea que intentaban sin éxito vender entradas antes del comienzo de la función. Es evidente que la situación española (y valenciana; al día siguiente era la huelga general, por cierto bien seguida) se hace presente a cada paso y con cualquier motivo.

Dicho esto, el principal motivo de la exhumación tuvo sentido. Claro que Domingo no es un barítono, y tuvo que negociar, más que los agudos, los centros y graves, no siempre con total fortuna. También es cierto que por más maquillaje que tenga se nota la veteranía (un poco como al Kraus de los últimos tiempos) del artista, pero también su gran entrega y su intenso fraseo. Destacó, como es lógico en un artista de sus características, en la penúltima escena de la ópera, que fue su gran momento más que la inicial y la subsiguiente y conocida aria ‘Voici la terrible cité’. Que Athanaël vaya a quedar (supongo que la repetirá en el Met) como un hito en su carrera es otra cuestión. En los mejores momentos (muchos) hacía recordar a su memorable (ese sí de referencia) Sansón, pero algo cansino, y Athanaël no es ni una cosa ni la otra. De todos modos, mejor esto o Simón que el más que discutible Rigoletto televisado (y habrá que ver qué ocurre con su Germont y, sobre todo, su Macbeth o con el otro dogo de Verdi, el de I due Foscari).

También es cierto que nadie estuvo, ni de lejos, a su altura. Por empezar la producción, importada de Göteborg, entre insulsa, estridente (la escena en casa de Nicias fue de un mal gusto supremo sin la ingenuidad del kitsch americano) y pasable, con escenario giratorio molesto e inoportuno todo el tiempo y las dunas de fondo con forma de cuerpo de mujer (oh).

La dirección de Fournillier, que parecería un especialista de ópera francesa y suele demostrarlo, cobró vuelo a partir del segundo acto y en particular de la célebre ‘Meditación’, pero en el primero fue ramplona, de volumen alto y masacró por la vulgaridad de los tiempos el gran concertante. Orquesta y coro respondieron en excelente forma. El motivo por el cual se suprimió la intervención de la ‘Charmeuse’ pertenece a esos misterios insondables que nadie cree conveniente aclarar y, al parecer, tampoco preguntar.

Estuvieron correctos los secundarios y Buratto exhibió gran volumen y color en Palémon, pero una falta de imaginación total en el fraseo que quiso suplir con decibelios. Fanale, en el otro límite, exhibió una voz bella pero pequeña y rígida en el extremo agudo (pasemos por alto su inconcebible actuación en el dúo con la protagonista porque no es de su responsabilidad, pero los artistas deberían hacerse respetar un poco más y no exponerse al ridículo. No sé si fue por esto que Celso Albelo –anunciado- no apareció, y tampoco nadie se tomó el trabajo ni de preguntar ni de explicar: después de todo, es algo que cada vez más hacen todos los teatros).

La protagonista ya ha cantado la parte y está adquiriendo cierto nombre. Tiene voz, y pese a ser líricoligera, caudal y un grave natural bueno aunque menos ancho que los otros registros. Es alta y esbelta, pero desde mi punto de vista, le faltó belleza y sobre todo sensualidad. Y más que en los movimientos, en el timbre. Que haya decidido evitar el re sobreagudo del final del aria del espejo se puede aceptar, que gritara –con gran soltura, eso sí- varios de los otros, no. También tuvo sus mejores momentos a partir de la conversión, aunque sea raro que las escasas medias voces resultaran de afinación aproximada y ‘sucias’. El público los acogió a todos con grandes aplausos, sobre todo al finalizar el espectáculo.



Este artículo fue publicado el 18/04/2012

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