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Entre el saber y el poder

Valladolid, 11/05/2012. Teatro Calderón de la Barca. Gaetano Donizetti: Lucia de Lammermoor. Dirección de escena: Ignacio García. Escenografía: Esmeralda Díaz. Vestuario: Silvia García-Bravo. Iluminación: Ignacio García, Jorge Manuel Elbal. Ayudante de dirección/regidora: Carolina Moncada. Ayudante de vestuario: María Isabel Martínez Soriano. Asistente de peluquería y maquillaje: One Peluquerías. Maestro repetidor: Vicente David Martín. Maestro de luces: Jorge Manuel Elbal. Maestra de subtítulos: Erna Thau. Segundo regidor: David Martel. Elenco: María José Moreno (Lucia), Roman Burdenko (Enrico), Darío Schmunck (Edgardo), Alexandre Guerrero (Arturo), Federico Sacchi (Raimondo), María José Martos (Alisa), Emilio Sánchez (Normanno). Orquesta Clásica Europea. Coro Amigos Teatro Calderón; director: Sergio Domínguez. Dirección musical: Denis Vlasenko. Ocupación: 95%
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Después de la posposición de la Tosca anunciada para estas fechas por el teatro Calderón de la Barca de Valladolid, se optó por un título de éxito que no da especiales problemas en cuanto a orquesta, escena o para encontrar cantantes aptos en los papeles protagonistas. Una decisión en principio correcta para un teatro que forzosamente ha de ir a lo seguro. Otra cosa es que, en algunos aspectos, los resultados hayan dado sensación de demasiada improvisación, si bien en otros se haya acertado.

En el "debe" hay que mencionar desde luego a la orquesta, formada no se sabe con qué criterios (los títulos académicos no parecen haber sido lo más importante) y que nos "obsequió" con un sonido típicamente amateur: cuerda deshilachada, entradas en falso, metales fallones... Pudiera parecer que, dada la paupérrima acústica del teatro -el sonido que sale del foso permanece siempre en lejanísimo plano-, esto no es un problema grave; pero si caemos en que se está cobrando 90 € de entrada en el patio de butacas, el problema adquiere otra dimensión: la de algo cercano al engaño, y la de ignorar cualquier estándar de calidad que debería imperar en teatros se segunda o tercera para intentar evolucionar o al menos mantenerse (¿se imaginan a un teatro de tercera alemán, el de Kassel, por poner un ejemplo, tratando así al público? ¿O amplificando el arpa para que sonara como una guitarra eléctrica, como fue el caso de esta Lucia?).

Otro error fue el director, que utilizó unos tiempos letárgicos que muchas veces obligaron a recular a los cantantes, sobre todo al barítono. En ocasiones estuvieron justificados, ya que por ejemplo con la soprano no pareció entenderse mal; pero le quitó toda la vida a la representación: el primer acto fue nulo dramáticamente, con clímax que sonaban sin ninguna preparación y un desarrollo que transcurría relajadamente en el peor sentido del adverbio. Al menos el sexteto, en el segundo acto, momento tradicionalmente problemático, pareció bien montado y no hubo especiales percances. En el tercer acto las cosas mejoraron, sobre todo por la focalización de la historia en los personajes protagonistas, lo que en este caso es de agradecer. El coro estuvo en su línea: disciplinado, pero con presencia sonora más bien anodina, como quien rellena expediente.

El tercer error fue la puesta en escena. Quizá llamarlo "error" sea un poco excesivo, ya que está demostrado que algunas de las hechuras tradicionales más recurrentes funcionan, o al menos no molestan. Pero la de esta representación a veces era tan rancia que alcanzaba la frontera con la parodia. Incluso en esta forma de organizar visualmente una representación siempre debería haber resquicios para la creatividad, el giro elegante, o al menos sutil.

Excepto esa gran puerta basculante con gozne horizontal al fondo, que no alcanzo a comprender muy bien qué pintaba, todo estaba visto y requetevisto: la gran cruz, los telones traslúcidos... Vestuario sin ambición, pobre, para salir del paso. La iluminación al menos pareció intencionada y, como digo, esta concepción "tradicional" no molestó en el transcurso, excepto quizá por la carestía de elementos escénicos que probablemente contribuyó a otro de los puntos más bajos de esta Lucia: los movimientos de los cantantes. ¿Cómo se puede ser tan escandalosamente ñoño en la dirección de actores a estas alturas? En mi vida he visto nada más convencional, antidramático y antimusical en vivo. No hay paliativos a ese espanto en lo que atañe a los gestos con las manos, la disposición de las "masas" y sobre todo las "manifestaciones de amor" en la pareja protagonista, que desde su intenso aroma a auténtico cartón reciclado hubieran resultado cómicos con tickets más baratos.



Vamos de una vez con un gran acierto: los cantantes. Aunque los secundarios se movieron solo dentro del ámbito de lo suficiente, soprano, tenor y barítono protagonistas demostraron un nivel alto, ante todo en cuanto a cualidades técnicas. María José Moreno es una lírico-ligera con emisión despejada y excelente dominio del segundo paso, lo que provoca un fantástico control de la zona fronteriza y por ende permite preparar convenientemente el sobreagudo, en el que la granadina mostró que camina en general muy segura. El primer paso, naturalmente mucho menos importante en este repertorio, tampoco mostró problemas: la soprano "aprieta" un poco en el grave para dar homogeneidad a la tesitura, pero no tanto como para que los ascensos resulten problemáticos.

Con todo ello la planificación puede ser, y de hecho es, admirable. La proyección sonora es buena, aunque está a merced de esa emisión demasiado franca, que impone alguna limitación: por ejemplo, le resultaría peligroso soltar descargas dramáticas, y siempre procura hacerlo en piano o mezzo-forte para no forzar nunca y conseguir a la vez efectos muy caros al belcantismo. Asimismo, esa voz, con un moldeado resonador más rico o flexible, con un color más sofisticado y "unificador" al estilo de Damrau, podría disfrutar de mayor movilidad en la coloratura e incluso haber abordado obras que ahora mismo María José puede estar más o menos capacitada para interpretar, pero es difícil que le ofrezcan. En cualquier caso, se trata de una gran soprano, no entregada al máximo en estas representaciones (hubo momentos, sobre todo de conjunto, en que marcaba descaradamente), pero que dejó su impronta en su aria de presentación ('Regnava nel silenzio') y en una escena de la locura realmente brillante.

A muy buen nivel se mostraron también el tenor argentino Darío Schmunck (Edgardo) y el barítono ruso Roman Burdenko (Enrico). La técnica del primero contrastaba poderosamente con la de la soprano, por una tremenda cubrición del paso de escuela italiana que le otorgaba gran seguridad en toda la tesitura, y ayudaba a la perfecta resolución de los posibles problemas que plantea canoramente el personaje. Estuvo admirable en el segundo acto, muy entregado pero sin dar la sensación de forzar -aunque su voz pequeña probablemente hizo que al final no fuera muy aplaudido–. Cabe achacarle cierta tacañería en los reguladores -pese a la correctísima ejecución del aria final, 'Tu che a Dio'-, comprensible ante la comodidad de una posición emisora que sirve para mucho, pero no para todo.

Con Burdenko tenemos otro ejemplo de buena posición de canto en una voz no muy grande. De técnica, de nuevo, completamente distinta a sus compañeros, aprovecha sobre todo la zona más brillante de la tesitura, lo que provoca algún desequilibrio cuando ha de moverse en áreas amplias y, sobre todo, una evidente falta de fiato cuando el cantante quiere aprovechar al máximo la descarga (esta vez sí, dramática) y tiene que dar un exceso de presión ante la naturaleza eminentemente lírica de su material. Lo ideal sería que no forzara demasiado en roles que pueden causarle algún disgusto y que ya ha abordado, como Escamillo; pero también es cierto que su escuela de canto lo predispone a cierto tipo de papeles. De momento, todo el engranaje funciona de forma muy útil para personajes como Enrico, en cuyas características en barítono encuentra un equilibrio plausible entre lo que sabe hacer y lo que puede hacer.

En paralelo a esto último y dado lo discutible de la producción comentada, confiemos en que el Teatro Calderón de la Barca de la capital pucelana encuentre de una vez el mismo equilibrio entre saber y poder, abandone para siempre el cartón reciclado y ante todo mantenga el respeto a un público que como es sabido paga dos veces, y ninguna de las dos con calderilla precisamente.



Este artículo fue publicado el 24/05/2012

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