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Tras la tempestad, viene la calma

A Coruña, 31/10/2008. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Patricia Barton, piano. Fabienne Martin-Bessnard, ondas Martenot, Arantxa Armendia, soprano. Coro de la Comunidad de Madrid; Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana; Jordi Casas, director de coro. Jesús López Cobos, director.
imagen Después de la espectacularidad del concierto inaugural, con esa tormenta de dioses mundanos, guerreros e incestuosos de La Valquiria, el concierto del viernes 31 nos dio un reposo espiritual. Pese a que el número de efectivos entre solistas, los dos coros y la orquesta era bien superior al de aquél, el repertorio programado por López Cobos marcó un aire de recogimiento espiritual. Porque de espiritualidad se tataba, con dos obras tan distintas como los enfoques que de la religión y la espiritualidad tenían sus autores.

La primera obra del programa era Trois Petites Liturgies de la Présence Divine, de Olivier Messiaen (1908-92). Éste la compuso a partir de noviembre de 1943, casi un año después de su liberación del ya célebre barracón Stalag VIII-A del campo de concentración de Grlitz, donde sufrió cautiverio tras su apresamiento durante la Batalla de Francia de la Segunda Guerra Mundial, donde compuso y estrenó su obra más conocida, el Cuarteto para el Fin del Tiempo.

Su profunda religiosidad y la no menos profunda huella que dejó en él este cautiverio brillan en los tres poemas propios sobre los que compuso la música y, de forma especial, en ésta. Los sentimientos emanados de su fe se plasman en ésta alternando episodios de gran serenidad con algunos llenos de viveza y otros ingenuamente alegres o marcados con un fuerte dramatismo, como los parlati de inicio del tercero. Todos ellos tocados con el muy personal plus de color dotado por el conjunto de cuatro percusionistas, el piano y el generador de ondas Martenot. Patricia Barton en el primero y Fabienne Martin-Bessnard en el peculiar segundo, desarrollaron un gran trabajo, al igual que el coro, pese a alguna molesta tensión en el registro más agudo.

El Stabat Mater de Francis Poulenc revela otro tipo de espiritualidad. En efecto, Poulenc tuvo grandes altibajos en este aspecto y eso se advierte en una música que, en su enorme belleza, adopta un mayor distanciamiento de la contemplación de la figura de María Dolorosa al contemplar la figura de su hijo Jesucristo en la Cruz. Arantxa Armentia hizo una correcta interpretación de su parte, pero siempre con un exceso de vibrato algo molesto. Los coros que dirige Jordi Casas bordaron su intervención y, en las partes a capella, el color de las voces y su buen empaste transmitieron raudales de emoción. La Sinfónica de Galicia, siempre elástica y maleable, se plegó a los requerimientos de López Cobos, brillantes en ambas obras por lo acertados en fondo y formas.


Este artículo fue publicado el 05/11/2008

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