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Brahms: Tres sonatas, una vida

Johannes Brahms: Tres sonatas para violonchelo y piano. Fernando Arias, violonchelo / Luis del Valle, piano. Colección Jóvenes Intérpretes Nº 15. Columna Música 1CM0250.
imagen El sello Columna ha publicado este interesante CD, en el que nos muestra las tres sonatas para violonchelo (la segunda es una clásica transcripción de la Sonata para violín op. 78) de Johanes Brahms y que reflejan tres períodos de su existencia, junto con una sutil evolución siempre dentro del estilo clásico romántico.

En 1862 Brahms tenía 29 años y Schumann, que lo calificó como el “futuro Beethoven”, hacía seis que había fallecido. Este año se estableció en Viena buscando una mayor divulgación y acogida de sus composiciones. Siempre hipercrítico con sus obras, se dedicó entonces a componer otras nuevas que sirvieran como credenciales, entre las que se encuentra la Sonata para violonchelo y piano en mi menor, op. 38, que acabó tres años más tarde en Baden precisamente a causa de esta autoexigencia. La dedicó a Josef Gänsbacher, profesor de canto y violonchelista aficionado. Aunque en ella hay detalles que recuerdan la música de Beethoven, Brahms encuentra su inspiración en el barroco: acordes basados en los contrapuntos 4 y 13 del Arte de la fuga en el primer movimiento, el delicado aroma de un minueto francés en el segundo y la radiante fuga en el tercero lo confirman.

La Sonata para violín y piano en sol mayor, op. 78, aquí transportada a re mayor para violonchelo, fue compuesta durante los veranos de 1878 y 1879, en un período de notable creatividad, y dedicada a la memoria de Felix Schumann, ahijado de Brahms. Tras concluirla envió una copia a Clara Schumann, quien respondió con dos cartas llenas de gratitud y entusiasmo. En esta sonata Brahms utilizó motivos de sus lieder Regenlied y Nachklang op. 59, sometiéndolos a un complejo tratamiento. Clara, que tan bien conocía estos lieder, observó que el espíritu entero de la sonata se encontraba en los primeros compases del primer movimiento. Ambos movimientos extremos son amplios, discursivos y a menudo melancólicos, pese a no carecer de fragmentos de acentuada vehemencia. En cuanto al adagio medio, se abre en un clima meditativo que crece en fuerza hasta transformarse en una marcha fúnebre, que lentamente se disipa para volver a la atmósfera del inicio.

Durante el fecundo verano de 1886 no sólo compuso la Sonata para violonchelo y piano en fa mayor, op. 99, sino también un buen número de obras de cámara y lieder, algo que sorprende en un compositor de una minuciosidad casi enfermiza. Fue destinada al violonchelista Robert Hausmann que pertenecía al prestigioso cuarteto de Joseph Joachim. Es una obra ambiciosa en cuatro movimientos, escrita por quien domina a la perfección todos los recursos compositivos poniéndolos al servicio de una expresividad magistral. El crítico musical Antoni Colomer ha escrito al respecto:

“La frase inicial remite al principio de la Tercera Sinfonía métricamente descabalgada, un juego armónico que oscila entre el fa mayor y el menor y una salvaje expresividad. Un inicio que, sin duda, desconcertó a la Viena musical por su audacia... El juego de los trémolos que pasan de un instrumento a otro hasta convertirse en un tema en sí mismo, o el pizzicato, de carácter pre-bartokiano, hacia el final, ofrecen una idea bastante más compleja del proceso creativo de Brahms”.

Agitación, contrastes sombríos, titubeantes cantinelas, brumas, melodías que aparecen como pinceladas antes de mutarse o esfumarse... que dejan en evidencia a quienes tildaron a Brahms de conservador. Hugo Wolf, tras escuchar la obra exclamó: ¿Qué es música?, ¿qué es armonía?, ¿qué es melodía?, ¿qué es ritmo o forma si este caos total es aceptado como música?.

Fernando Arias al violonchelo y Luis del Valle al piano son dos jóvenes brillantes que estudiaron en la Escuela Superior Reina Sofía, tras lo cual iniciaron de conciertos con gran éxito de crítica y público. En este disco hacen gala de una madurez extraordinaria tanto en el fraseo como en la compenetración de ambos instrumentos, con una ejecución nítida e inspirada pese a la dificultad de no pocos pasajes intrincados. Una interpretación en donde predomina un lirismo que no pierde ni un ápice de su lenguaje poético en los numerosos fragmentos enérgicos, en los que no pocos músicos pecan de una brusquedad y sequedad que los aleja, a mi entender, de la intención del compositor.



Este artículo fue publicado el 25/05/2012

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