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La intimidad y la belleza

Santiago de Compostela, 09/11/2006. Auditorio de Galicia. Daniel Hope, violín. Real Filharmonía de Galicia. Antoni Ros Marbà, director. Rodolfo Halffter: Obertura Festiva, op. 21; Leonard Bernstein: Serenata para violín, orquesta de cuerda, arpa y percusión; Manuel de Falla (adaptación sinfónica de Antoni Ros Marbà): Fuego Fatuo. Ocupación: 70%
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¡Al fin solos! Tras un comienzo de temporada triplemente inusual -concierto en la catedral, función de ópera y sesión cinematográfica-, esta noche la Real Filharmonía retomaba su programación ‘ordinaria’ en el Auditorio (subráyense las comillas), con un cartel de ésos que sirven para que la orquesta esté en el podio del sinfonismo español. Claro está, la vuelta a la ‘normalidad’ (vuélvanse a subrayar) conlleva que la asistencia del público merme hasta los niveles habituales. O un poco más, gracias a la presencia de un solista de renombre: particularmente, me entusiasma en estos casos ver en la sala a tantos jovenes con su violín al hombro… aunque desaparezcan en la segunda parte del concierto.

Leonard Bernstein escribió la Serenata para violín, orquesta de cuerda, arpa y percusión en 1954 -por lo que, contrariamente a lo dicho en las notas del programa de mano, no hay aquí ningún ‘recordatorio’ de West Side Story, firmada tres años después-, por encargo de la Fundación Koussevitzky; y en el subtítulo de la partitura se lee que la obra está basada en El Banquete de Platón. Es decir, la cosa va de lo que sobre asuntos tan importantes (los que más) como el amor y la belleza Platón pone en boca de personajes tan importantes como Aristófanes, Alcibíades o Sócrates.

Habría sido suicida transportar esos bellísimos y profundos textos como parte vocal de la obra, o incluso intentar traducirlos con una plantilla orquestal de importancia correlativa a los conceptos que en el libro se contienen. No, Bernstein se contuvo a un instrumento solista y a una orquesta reducida -pero tímbricamente zalamera- para expresar las diferentes visiones del amor sobre las que debaten los siete comensales (o seis, si creemos al autor cuando dice que Sócrates deliberadamente llegó tarde). Al fin y al cabo, a Bernstein le bastó siempre un instrumento melódico y otro rítmico para ofrecer ‘su’ visión del amor, que es indefectiblemente seductora.

Y eso fue lo que hizo Daniel Hope: seducir. El británico Hope es uno de esos raros músicos que, siendo requetebuenísimos (en la mejor acepción del término), no son superfamosísimos (en la peor), y a sus 32 años ha demostrado madurez más que suficiente para atreverse con esta obra, preciosa, sí, y virtuosa, también, pero alejada de lo que comúnmente denominaríamos ‘de lucimiento’. Porque madurez es lo que hace falta para comunicar la belleza tímbrica y conceptual de esta Serenade: madurez para mantener un fraseo inteligente y una línea de canto cálida y firme mientras se toca una parte muy, pero que muy exigente. Sin temor a exagerar, Hope me recordó a Isaac Stern, quien, por cierto, estrenó la obra en Venecia junto con el compositor.

Por supuesto, Bernstein tampoco se lo puso fácil a la orquesta con sus constantes alteraciones e irregularidades rítmicas (esto no es ni mucho menos un musical, pero se reconoce enseguida la endiablada y puñeterísima mano de ‘Lenny’); tanto más cuanto que, para complicar adicionalmente las cosas, muchas veces parece que el instrumento solista va por libre. Pero Ros Marbà estuvo al quite y tuvo a la orquesta sentada al borde de sus asientos para ofrecer un diálogo -aquí no vale eso de ‘acompañamiento’- a la misma altura de precisión, claridad y vértigo, y también de lirismo: la parte ‘socrática’ de la obra salió con ese raro recogimiento que consigue la comunión de intérpretes y audiencia.

De lo mejor que he escuchado a la Real Filharmonía en los últimos tiempos. Y esa comunión se tradujo en aplausos calurosos, que Hope correspondió con el 'Kaddish' de Maurice Ravel (primera de sus Dos Melodías Hebraicas): no cabe propina más inteligente ni más apropiada.

El resto del programa no concitó tanto entusiasmo. Y no porque no se dieran buenas lecturas de las demás obras, que se dieron, sino porque la Obertura Festiva (1952) de Rodolfo Halffter es una pieza agradable y sencilla pero no tiene nada que ver con el milagro de la  Sinfonietta de su hermano Ernesto. Aunque también es verdad que quien quisiera escuchar en manos autorizadas el nonato Fuego Fatuo de Manuel de Falla (una ópera cómica sobre temas de Chopin que nunca llegó a buen puerto, estrenada sólo como suite en esta adaptación sinfónica el 1 de julio de 1976 –con ocasión del centenario del nacimiento de don Manuel- en el Festival de Granada por el propio Ros Marbà con la Orquesta Nacional de España), sólo podía hacerlo hoy. Y valía la pena, porque esta ‘Chopiniana’ encierra algún número que es un verdadero encaje de bolillos, como el precioso ‘andante, molto tranquillo’.



Este artículo fue publicado el 16/11/2006

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