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Violetta en el hospital

Viena, 27/05/2012. Teatro An der Wien. La Traviata, ópera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave y música de Giuseppe Verdi. Regie de Deborah Warner. Escenografía de Jeremy Herbert. Vestuarios de Rudy Sabounghi. Iluminación de Jean Kalman. Coreografía de Kim Brandstrup. Elenco: Violetta Valéry: Irina Lungu; Alfredo Germont: Saimir Pirgu; Giorgio Germont: Gabriele Viviani; Flora Bervoix: Karine Ohanyan; Gastone, Vizconde De Létorières: Tomás Juhas; Marqués D’Obigny: Krzysztof Borysiewicz; Annina: Dshamilja Kaiser; Doctor Grenville: Günes Gürle. Coro Arnold Schömberg (preparado por Erwin Ortner) y Orquesta Sinfónica de la Radio Austríaca, Viena. Omer Meir Wellber, dirección musical. Estreno de la nueva producción del Festival de Viena 2012
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"Addio del passato": todo está consumado, ya a partir del preludio, que sorprende a la enfermera corriendo el cierre relámpago de la bolsa blanca con el cadáver de Violetta. La bolsa es inmediatamente transferida a una camilla, para poder así asear el lecho donde ha fallecido la tísica. Particular cuidado merece la desinfección del suelo, el colchón y aún la estructura metálica de la cama, retirada justo en el momento en que el pasado se aproxima desde el fondo de la escena con una Violetta elegantísima en sus lentejuelas oro y una tropa de contemporáneos jóvenes pijos que bailan y cantan desenfrenadamente alrededor de un piano cubierto de flores. Alfredo, el único de saco y corbata, los mira con aprensión y timidez. La vuelta a la clínica en el cuadro final es literalmente “clínica” en el cuidado de un enfermero y una enfermera con barbijo que lavan a la moribunda, cambian las sabanas sudadas, calman con una inyección sus espasmos cuando se arrebata emocionalmente para pedir más vida, y siguen la evolución hasta el final contrastando su calma y decidida profesionalidad con la desesperación de los allegados.

Tanta profesionalidad médica no hace sino contener la arrolladora emoción del final y por ello la pregunta fundamental frente a este primer experimento verdiano de la célebre directora teatral Deborah Warner es si el realismo extremo de esta muerte de hospital no neutraliza equivocadamente esa emoción extrema y medular, solo de Verdi y irrepetible en las obras de cualquier otro compositor. Frente a experimentos escénicos como éste no está de más recordar lo obvio, esto es, que Verdi no es “verista”. Su “realismo” es fundamentalmente estático, subjetivamente emotivo, tan interno y a veces increíble racionalmente hablando como son nuestras emociones, tan apartadas a veces de la realidad circundante. ¿Es atinado que el doctor Grenville le acerque un barbijo a Alfredo para que este no se contagie cuando se acerca a Violetta? ¿No anula este pequeño detalle un torrente emocional desenfrenado en su desesperación?

© 2012 by Ruth Walz

Mis objeciones van como interrogantes porque Warner es una directora de escena que siempre sabe provocar con propuestas interesantes. Por ejemplo, en 'Addio del passato' la enfermera contiene a una Violetta que se aferra a ella con desesperación, compartiendo así con la única mujer a mano sus recuerdos y frustraciones. La joven soprano rusa Irina Lungu llega a la cumbre de sus posibilidades en este momento. Su voz firme y con un atractivo toque de acidez se expande con maravillosa convicción de fraseo y soberano squillo. También su meditado "Ah, fors’ è lui" y su segura negociación con la coloratura hasta el sobreagudo de "il mio pensier" convencen como aporte de una cantante aún en vías de desarrollo en la difícil tarea de consumar su Violetta, pero ya histriónica en su entrega y seguridad de canto.

Menos seguro fue el igualmente joven Gabriele Viviani en la entonación y apoyo de algunos agudos como Giorgio Germont, un personaje que Deborah Warner presenta como un reprimido señor rural, incapacitándolo así de progresar dramáticamente. De cualquier manera, Viviani posee un timbre de voz cálido, y un seguro legato.

Mientras Giorgio canta 'Di Provenza il mar, il suol', Alfredo lo mira incrédulo, asombrado por la estupidez de los consejos de un señor que no acaba de entender que su hijo no pertenece ya a una vida que ha terminado aborreciendo. Con treinta y un años de edad, Saimir Pirgu cantó su decimotercera producción de Traviata, y este dato sólo es demostrativo de una carrera inesperada y de alucinante vertiginosidad que comenzó con un Ferrando a los veintidós, dirigido por Claudio Abbado. Desde entonces su voz, esencialmente lírica pero aún en plena evolución, ha crecido en apoyo, robustez en el medio y proyección en el passaggio a notas altas que sabe colocar con firmeza. Notable es su progreso en fraseo y variaciones de volumen y color. Gracias a su experiencia con el personaje, Pirgu fue quien más jugo supo sacarle a la regie de Warner. El segundo cuadro es un living room junto a una chimenea, donde Alfredo canta 'De´miei bollenti spiriti' mientras se revuelca con Violetta sobre pieles y almohadones y … ¿qué gran tenor del pasado sería capaz de negociar las imposibles tesituras de 'Oh mio rimorso!' mientras se pone los pantalones y el calzado?

Decididamente, ver una Traviata con buenos actores-cantantes jóvenes es una experiencia capaz de enriquecer teatralmente un arte como la ópera, que pide buen teatro para sobrevivir en esta época interactiva y tridimensional. En la escena de la casa de Flora, Alfredo vuelca a Violetta sobre una de los psicodélicas mesas de billar verdes, y montado sobre ella mientras le arroja todo el dinero de sus bolsillos pareciera querer hacer el amor en medio de su furia. ¡Así se odia a quien se ama!

© 2012 by Ruth Walz

También el director de orquesta Omer Mei Wellber tiene treinta y un años, y en este caso hubo detalles que traicionaron un énfasis no siempre acertado en su interpretación. El volumen tendió a ser exagerado para un pequeño teatro como el An der Wien y demasiado preciosista fue la búsqueda de detalles orquestales exageradamente marcados. Pero los tiempos fueron aireados, siempre sostenidos por un pulso vibrante, y hubo una convincente expresividad en los cantabile. La orquesta sinfónica de Radio Austria respondió con virtuosismo a las exigentes demandas del director.

Sin nombres estelares, pero con sesudos ensayos de seis semanas y una cuidadísima labor de presentación técnica, el Festival de Viena de este año, ahora más cargado de teatro y experimentalismo que similares en décadas anteriores, ha sabido aportar con esta Traviata una visión discutible pero válida como contribución para revitalizar una obra que por su genialidad da siempre para nuevos enfoques dramáticos.



Este artículo fue publicado el 31/05/2012

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