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Un hermoso espectáculo

Venecia, 22/12/2004. Teatro La Fenice. Le roi de Lahore, (Il re di Lahore), ópera en cinco actos, libreto de Louis Gallet, música de Jules Massenet. Estreno absoluto de la nueva edición crítica a cargo de Marcello Viotti. Regia, Arnaud Bernard. Decorados: Alessandro Camera. Vestuario, Carla Ricotti. Coreografía, Gianni Santucci. Luminotecnia, Vinicio Cheli. Personajes e intérpretes principales: Giuseppe Gipali (Alim), Ana María Sánchez (Sitâ), Vladimir Stoyanov (Scindia), Federico Sacchi (Indra), Cristina Sogmaister (Kaled), Riccardo Zanellato (Timour), Carlo Agostini (Un chef), Domenico Menini (Un chef), Claudio Zancopè (Un soldat). Bailarinas solistas: Chiara Mogavero, Alessia Passari. Bailarines: Mirco Boscolo, Corrado Celestini Campanari, Susanna Cornacchia, Anna Kolesarova, Michele Mesiti, Tommaso Renda, Venerando Romano, Giampaolo Roncarati, Salvador Spagnolo, Giovanna Vannini, Davide Zongoliin. Orquesta y Coro (Emanuela Di Pietro, directora del Coro) del Teatro La Fenice. Maestro concertador y director musical, Marcello Viotti. Nueva producción del Teatro La Fenice. Asistencia: teatro completo
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En estas fiestas navideñas y hasta la víspera de Epifanía, La Fenice presentó una nueva producción de Le roi de Lahore de Massenet, un hermoso espectáculo que, afortunadamente, el Teatro proyecta distribuir comercialmente en DVD.

La obra es bellísima y muestra una piedra fundamental en la evolución de Massenet en esta su despedida a la paquidérmica estructura de la grand opéra. La partitura muestra eficazmente aquel oriente de la sensualidad un poco malade imaginado por y para los franceses -que tanto frecuentó Massenet- que parece un catálogo de los efectos nega que describe en sus brillantes trabajos el musicólogo Richard Tarushkin.

Se estuvo, en Venecia, delante de un excelente trabajo de conjunto que, como es obvio, pero no habitual, resultó de la correcta elección realizada por la dirección del teatro para cubrir las dos responsabilidades primordiales: un buen profesional de la dirección musical y un buen profesional de la dirección escénica.

Viotti, experto en el teatro musical francés, es, ante todo, un director de sólido oficio con tranquila y segura relación ya sea con el foso o con el escenario. Las cosas con él están siempre en su lugar. Sobre esa plataforma imprescindible -y otra vez, no siempre habitual- es como se puede construir entonces un discurso artístico. Viotti es capaz de lo necesario y también de lo sublime.

La puesta de Arnaud Bernard es respetuosa de la obra. Temo que no pocos, dados los tiempos que corren, leerán esto con decepción. Bernard es una excelente demostración de que el respeto puede no ser rutina y en cambio conjugarse con la imaginación y el entusiasmo. El responsable de la puesta pudo resistir a esas ‘imprescindibles actualizaciones temporales’ y solamente en el Nirvana hemos presenciado una especie de Sheraton de Nueva Delhi donde los elefantes circulaban en medio de damas vestidas de largo, con la participación de proyecciones bellísimas de cine mudo y los infaltables fotógrafos. Eso, aquí, no molestó en absoluto: el Paraíso es el Paraiso y cada cual puede imaginarse verosímilmente el Nirvana que quiera. Un inteligentísimo y alusivo juego de ingenierías con cuerdas, poleas y estrelleras movían las estructuras mostrando un universo donde todo es posible, incluso sin chips. Se vio una lucha donde los musulmanes estaban vestidos de negro. No son tiempos para estas cosas....

Muy digno fue el equipo de cantantes y en algunos casos mucho más que eso. La ‘Sitâ’ de Ana María Sánchez fue mórbida, capaz de un fraseo bello e inteligente. Cierto es que la parte es muy exigente y en la zona aguda la excelente artista española no llegó a satisfacer por completo. Sobre todo hacia el final su preparación no impecable de las notas extremas, con dudosos portamenti, desembocó en emisiones demasiado emparentadas con el grito y provocó los únicos abucheos de la representación, pero hubo en general momentos de gran satisfacción artística gracias a ella, como el afortunado desempeño de la soprano en la tan hermosa melodia ‘C'était le soir d'un jour de fête/ Je priais seule ici’, que en palabra y situación dramática tanto recuerda a ‘Tutte le feste al tempio’ de Rigoletto y que muestra cuán peligrosos pueden resultar los domingos y las demás fiestas de precepto para las vírgenes sopranos. La partitura reserva al rol otros momentos sublimes como aquel de ‘O Timour! tu me crois coupable’, sobre pizzicati de la orquesta que la Sánchez ha resuelto muy bien. Desde el punto de vista escénico se puede decir con poco temor al error que la soprano no fue elegida por el regisseur. Su lejanía al phisique du rol es indudable y sin duda la Sánchez como actriz es lo que tradicionalmente se evoca al hablar de los cantantes.

El tenor que afrontó la parte de ‘Alim’, Giuseppe Gipali, no posee una voz con gran caudal pero sí de hermoso color y esmalte muy apto al rol. Su trabajo fue excelente. Su parte también participa de aquellas características del género: la melodía fluida y acariciante que a menudo hace extrañar, a los adictos de otros mundos, el nervio dramático típico del melodrama italiano. En aquella partitura de ‘Alim’, tal vez más que en la de otros personajes, asomó la cola mefistofélica de Berlioz en su Damnation de Faust. Para citar uno de los tantos momentos del trabajo tan positivo de Gipali recuerdo su ‘Ton amant seul revient! c'est moi, Sitâ! c'est moi! je reviens pour te reconquérir’

‘Scindia’ fue confiado a Vladimir Stoyanov, muy buen cantante y tal vez el mejor actor del reparto a pesar de su lamentable francés. Hacia el final de la ópera un momento de Stoyanov me provoca el deseo de volver a encontrarlo en este escenario, su ‘O Sitâ, viens, je t'attends, je t'aime!’

Muy bien la mezzosoprano que interpretó a ‘Kaled’, Cristina Sogmaister. Excelentemente servido el bellísimo dúo (tranquille et soutenu) entre ella y la soprano, ‘C'est le soir, la brise pure/ Berce les nuages d'or’. Memorable, volviendo al nega tarushkiano la bella ‘Ferme les yeux, ô belle maîtresse./ La nuit plus calme succède au jour’

Con gran caudal y corrección fue escuchado el ‘Timour’ de Riccardo Zanellat, pero dejo especialmente para el final el estupendo ‘Indra’, vocal y escénicamente brillante, de Federico Sacchi. Se lamentó, después de la escena del Nirvana, que Massenet no lo hiciese cantar también en la escena final.

Fue excelente todo lo que se vio. Adecuados y hermosos los vestuarios y brillante el cuerpo de baile. Admirable, especialmente, Mirco Boscolo que provocó estupor en su atlético rol de bailarín-acróbata.

Para conservar, como siempre, el riquísimo texto que publicó el teatro para acompañar esta exitosa producción.



Este artículo fue publicado el 10/01/2005

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Fotografías © Michele Crosera, publicadas por cortesía de la Fondazione Teatro La Fenice

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