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'Requiem' para la cultura porteña

Buenos Aires, 25/11/2007. Teatro Coliseo. Guiseppe Verdi, Misa de Requiem. María José Siri, soprano; Annette Seiltgen, mezzosoprano; Raúl Melo, tenor; Héctor Iturralde, bajo-barítono. Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón (director del Coro: Salvatore Caputo). Dirección: Stefan Lano. Ultima función de abono de la temporada 2007 del Teatro Colón.
imagen Cuando el actual equipo artístico de nuestro Primer Coliseo programó este Requiem como cierre de la temporada extramuros del teatro, lejos estaba de suponer que las fechas en que éste se ejecutaría iban a coincidir de manera tan precisa con el momento en que se dieran    a conocer una serie de noticias y trascendidos lamentables sobre el futuro tanto del Colón como de la vida artística de esta ciudad.

Es por este motivo que muchos vemos este título como un símbolo sumamente doloroso de las cosas tan tristes que están sucediendo aquí, a la vez que una oda fúnebre a la tarea de aquellos que -quizás con algunas fallas, porque son humanos, pero con denodado empeño y ansias por superar escollos más que complicados en un año asaz dificil- tendrán que dejar sus cargos en un par de semanas.

Pero los hechos hablan por sí solos y se acumulan las señales negativas sobre lo que nos espera de aquí en más. Comenzando por la circunstancia de que las refacciones del Teatro no estarán terminadas en la fecha oportunamente anunciada. Unas obras que respondían al pomposo nombre de Master Plan y cuya parte más importante e invasiva fué un absoluto disparate que se comenzaran apenas año y medio antes de la fecha del centenario -algo que  quien esto escribe puntualizó a todo aquel que preguntase sobre el tema, tanto aquí como en España. En resúmen, una absurda decisión política, cuyos pésimos resultados ahora sufriremos.

Tanto el Jefe de Gobierno saliente como las máximas autoridades de ese Master Plan aseguraron durante muchísimo tiempo, por activa y por pasiva, que las obras se llevaban a cabo según lo planificado y que no había el más mínimo motivo de preocupación.  Ahora se demuestra que eran todas falacias o declaraciones sin fundamento. 

Se rumorea que los trabajos se paralizaron o ralentizaron en los últimos meses por falta de fondos. Pero estos ya estaban perfectamente presupuestados y asignados. ¿Así que es posible cambiar el destino de una importante suma de dinero sin ningún tipo de explicación? ¿No merecen los contribuyentes de esta ciudad que ésto se investigue y de forma exhaustiva?

Pero aquí no terminan las cuitas y pesares de los melómanos porteños. Muy por el contrario, esto es solo el comienzo. Porque si bien Marcelo Lombardero, como responsable artístico saliente, dejó pergeñada una posible temporada 2008 -que debería seguir teniendo lugar en el Coliseo por lo antes expuesto y que se dió a conocer a la opinión pública justo el mismo día en que se ofrecía esta última ejecución del Requiem-  su sucesor en el cargo, el Dr. Horacio Sanguinetti, ya ha hecho público su propósito de no tomarla en cuenta y por ende, no realizar temporada de ópera hasta que se pueda disponer otra vez del Colón. Que puede ser a finales del año venidero, o más probablemente recién en 2009 ... ¿o quién sabe cuándo?                 

Parte de esta decisión del Dr. Sanguinetti se funda en el hecho de que los cuerpos estables del Teatro estarán en breve muy mermados e inoperables. Y aquí surge otro motivo  de intranquilidad, ya que esto se produciría por una jubilación compulsiva a la que se está  enviando a buena parte de la plantilla del Colón -fuentes confiables hablan de 400 personas. Jubilación compulsiva resistida por los involucrados, ya que les ocasionará una grave caída de sus ingresos, dado que hasta hace poco el Teatro -cosa casi increíble en una Institución oficial- pagaba la mayor parte de sus salarios en negro.

A todo esto se suma la situación en la que estará el área de Cultura del Gobierno de la Ciudad.  Había un postulante lógico para conducirla, Liprandi, que había encomendado  a un grupo de expertos la elaboración de un posible plan artístico (sobre cuyas bases muchos  apoyaron a ese partido) pero finalmente no se lo consideró. Hubo luego una designación en firme, pero las insólitas declaraciones del elegido le cavaron su propia tumba y fué dejado de  lado. Al fin, el Jefe de Gobierno electo tomó una extraña y bastante ilógica determinación: que el Secretario de Turismo asuma también la cartera de Cultura. Con lo que ésta queda de hecho supeditada o bajo la órbita de aquella. Lamentable.

Para concluir de conformar una situación de extrema gravedad, alguien muy resistido por todo la gente del Teatro (por sus planes para sacarlo de sus labores específicas -ópera,  ballet y conciertos-) y que ya estuvo a su frente tiempo atrás, el Licenciado Pablo Batalla, acaba de ser designado Subsecretario de Gestión Cultural de la Ciudad, un puesto desde el cual, a falta de un responsable que se encarge de las labores artísticas, será quién haga y deshaga en este rubro. Más lamentable aún.

Pido desde ya disculpas por la extensión y minuciosidad del largo introito en el que he detallado todos estos problemas, pero creo que son asuntos de muy candente actualidad y que además también tienen mucho que ver con lo sucedido en la sala antes de que diera comienzo y al concluir esta última interpretación -de las cinco que se hicieron de la obra verdiana- a la que preferí acudir por considerarla el verdadero "canto del cisne" de la temporada 2007.

Ya ubicados sobre el escenario del Coliseo Orquesta y Coro, ingresaron al mismo el cuarteto solista y el director, Stefan Lano. Éste (a quien al parecer no se le renovará el contrato que lo liga al Teatro, pese a contar con el beneplácito expreso de la orquesta) fué recibido con unas ovaciones y gritos de "¡Bravo!" muchísimo más intensos que el habitual aplauso de cortesía que se suele dispensar al ingreso de un artista. Pero no termina allí la cosa. Apenas acallados los aplausos, un caballero, ubicado en el patio de butacas, grito con voz potente "¡Queremos temporada!" lo que provocó un inmediato, espontáneo y bien prolongado aplauso del público y de todos los que ocupaban el escenario, incluído el propio Lano -que lo hizo a la manera que  estilan los directores, o sea golpeando con su batuta la palma de la mano izquierda. Hubo un par de gritos más, ahora en contra de las nuevas autoridades, pero no obtuvieron apoyo.

La versión

La excelente labor del Coro Estable, una vez más magnificamente preparado por Salvatore Caputo, fué sin lugar a dudas uno de los pilares básicos sobre los que se asentó esta atractiva interpretación del Requiem verdiano. Desde su primera aparición, a media voz, hasta los reiterados y cada vez más suaves Libera me con que se despiden hay una larga serie de momentos de grandes exigencias, superados con buenos medios, como los complejos pasajes de la dramática fuga de la parte central del Libera me, la breve y luminosa doble fuga del Sanctus (donde se pudo detectar un breve desencuentro, rapidamente superado) o las grandes explosiones sonoras del Dies Irae.

La orquesta realizó un buen trabajo, superando con creces lo hecho en algunos de los títulos líricos de la temporada. Hubo muy pocos problemas que consignar -solo alguna vacilación en el dulce ataque de los violonchelos con sordina (aquí seis) en el comienzo de la obra o alguna desafinación de los violines en el antepenúltimo compás del mismo Requiem  inicial- frente a unas prestaciones más que eficientes a todo lo largo de la extensa partitura, destacando la trompetería así como el resto de los metales en el ataque del Tuba mirum. Mi única objeción sería en lo concerniente al número de integrantes de la cuerda, a mi gusto algo reducido para el volúmen y densidad que requiere esta obra. Entiendo que un atril más en cada una de las secciones no hubiese ocupado demasiado espacio y el efecto general hubiese sido algo más opulento y de mayor consistencia.

Tampoco me pareció lo más apropiado el lugar asignado a los solistas vocales. Si mi memoria no me es infiel, es la primera vez que en esta obra los veo colocados delante del coro, o, dicho en otras palabras, detrás de la orquesta. Esta situación en la parte media del escenario mermó un poco el impacto sonoro de sus voces, aunque por otro lado logró un mejor acople con la masa coral. Como es usual, todo tiene su pro y su contra.

La parte de tenor fué la más complicada por la deserción consecutiva de dos de  los artistas convocados. En las primeras funciones cubrió esas falencias Enrique Folger (que es quien aparece en la foto que ilustra esta nota, ya que no se tomaron otras con el cuarteto vocal que acometió las presentaciones finales) pero para las últimas se recurrió de urgencia al tenor cubano -residente en Cleveland, USA- Raúl Melo, que a la postre resultó el mejor del cuadro solista. Posee Melo un registro amplio y potente, bien timbrado, con squillo y una atractiva línea de canto. Ya desde las primeras notas del Kyrie con que comienza su labor (a él lo seguirán luego las restantes voces) se tuvo la certeza de estar frente a un artista de innegable valía, lo que se confirmó en el riesgoso y expuesto Ingemisco muy bien fraseado y donde alcanzó con gran comodidad ese inclemente ascenso al prolongado si bemol agudo.

A su lado y por inevitable comparación, la tarea del único argentino del elenco vocal, el bajo-barítono Héctor Iturralde, resultó algo pálida. Faltó una mayor cuota de nobleza y un más  lírico legato en su Confutatis maledictis y noté cierto matiz velado en su emisión, dentro de un nivel general muy decoroso  y que tuvo más de un fragmento de real buen canto.

La pareja femenina, en cambio, lució mucho más sólida. Muy bueno el trabajo de la mezzosoprano alemana Annette Seiltgen que con su timbre rico en armónicos y pastoso, otorgó realce a sus varias intervenciones a solo, como el apasionado Liber scriptus, muy bien expuesto o el inicio de Lux aeterna, otro momento digno de alabar.                     

Finalmente la soprano uruguaya María José Siri revalidó sus ya conocidos méritos vocales gracias a una labor de real jerarquía, mostrando un registro parejo y de muy adecuado volúmen (el do sobreagudo al que asciende hacia el final del Libera me se escuchaba con  nitidez por encima de coro y orquesta) a la vez que una gran intensidad, puesta de manifiesto en la forma en que dijo sus frases conclusivas.

Era facil percibir que Stefan Lano estaba muy motivado por esta presentación, en la que con toda probabilidad se despedía de una orquesta y un público con el que ha estado estrechamente vinculado durante los últimos años. Es así que trató de dar lo mejor de sí en cada pasaje de esta obra. Lo consiguió en bastantes momentos, sobre todo en los que requerían fuerza, garra o impulso dramático, los que resultaron mejor servidos que aquellos en los que primaba el fervor o el recogimiento, que parecieron algo apáticos o superficiales. Puso extremo  cuidado en los matices, consiguiendo un real impacto sonoro en el Dies Irae -con el inapreciable auxilio del percusionista a cuyo cargo estaban los tremendos golpes de bombo, sin duda feliz de poder aplicarlos con su máxima intensidad- o en la brillantez y claridad del Sanctus. Por contra, no logró que la orquesta alcanzara unos pianisimos extremos y se perdió buena parte de lo etéreo y trascendente del final.                    

Al finalizar la interpretación, el público brindó un efusivo y caluroso aplauso a todos quienes habían participado, que se intensifició cuando salió a saludar el director del Coro, Salvatore Caputo -que se ha sabido ganar el cariño y la admiración del público- pero mucho más aún al reaparecer sobre el escenario el director estadounidense Lano, quien fué objeto otra vez de una intensa, cerrada y larga ovación, que más que premiar su actuación en este Requiem parecía simbolizar el apoyo moral y la solidaridad de buena parte de los presentes.

Para terminar, un hecho negativo. El programa de mano era de una pobreza extrema y no cumplía ni en su faz informativa ni en lo formativo. Faltaban cosas fundamentales, como el detalle de las siete partes en que se divide la obra y se echaban de menos los buenos comentarios que usualmente poblaban sus páginas. Eso sí, había abundante número de publicidades a todo color.

En resúmen, un logrado Requiem para poner fin -vaya uno a saber por cuánto tiempo- a las actividades líricas del Teatro Colón.


Este artículo fue publicado el 29/11/2007

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