Italia

Mundoclasico.com » Criticas » Italia

Rutina de la buena

Florencia, 23/01/2007. Teatro Comunale de Florencia, G. Puccini: La Bohème, ópera en cuatro actos (1896). Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, a partir de Scènes de la vie de Bohème de Henri Murger. Dirección escénica, Jonathan Miller, retomada por Franco Barlozetti. Escenografía, Dante Ferranti. Vestuario, Gabriella Pescucci. Iluminación, Claudia Pernigotti. Norah Amsellem (Mimì), Donata D’Annunzio Lombardi (Musetta), Massimiliano Pisapia (Rodolfo), Pietro Spagnoli (Marcello), Massimiliano Gagliardo (Schaunard), Giorgio Giuseppini (Colline), Saverio Bambi (Parpignol), Franco Boscolo (Benoît), Alessandro Calamai (Alcindoro), Lisandro Guinis (sargento de aduanas), Alessandro Luongo (aduanero). Coro y Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Coro de voces blancas de la Scuola di Musica di Fiesole. Director: Stefano Ranzani
imagen

Ya sé que habitualmente no se suele empezar por el segundo reparto, pero como es el primero que he visto de esta reposición de La bohème, pues por aquí empiezo. Lo que he podido ver en el Comunale de Florencia fue rutinario, pero rutina de la buena. Entiéndanme, la rutina no es mala, permite apreciar lo extraordinario en toda su dimensión, y no todos los conciertos ni todas las funciones a las que asiste uno van a ser estratosféricas… mejor dicho, si lo fueran, entonces terminarían por ser ‘normales’. Así que cuando digo que hubo rutina de la buena quiero decir que hubo buenos cantantes, una orquesta que suena magnífica aunque no se saliera y una puesta en escena que, más de una década después de su estreno, sigue siendo más interesante que nuevas propuestas. Ojalá esta fuera la rutina, creo que más de uno pagaría para que fuera la suya.

Bueno, a lo que vamos: empezando por los dos protagonistas, las cosas estuvieron bastante bien. Massimiliano Pisapia tiene un timbre de voz bello, juvenil, que responde muy bien a las necesidades de ‘Rodolfo’. Salvo por unos agudos que me resultan seguros pero un tanto engolados y que marcan demasiada diferencia con el registro central, donde el canto parece más natural, lo cierto es que es un intérprete siempre musical, con un fraseo aceptable y que se desempeña a fondo. A pesar de lo poco atento que estuvo el director hizo un ‘Che gelida manina’ atrevido y obtuvo una calurosa respuesta del público. Al final de la noche fue el más ovacionado.

Más curiosidad me despertaba la ‘Mimì’ de Norah Amsellem, a quien he podido escuchar estupendas prestaciones como ‘Violetta’ y ‘Liù’ en el último año. Siento decir que ésta es la ocasión en la que menos me ha convencido: en el final primer acto se fatigó en exceso y no sonó del todo cómoda en el agudo. En el segundo acto estuvo como desaparecida -es justo reconocer que ‘Musetta’ lo hizo completamente suyo, como debe ser- y se redimió en el tercero: ahí volvieron los filados de altísima categoría y la expresividad a través del canto que le recordaba, con un ‘D’onde lieta uscì’ redondo. El último acto no fue menos conmovedor. La voz no es del todo redonda, pero como intérprete es siempre interesante como poco. Es más que posible que al esfuerzo del principio no sea ajeno el visible embarazo de su primer hijo, mi enhorabuena desde aquí. En cualquier caso, el público florentino, que la aprecia visiblemente, le tributó un cálido aplauso al final.

Con todo, la mejor pareja de la noche fue, en mi opinión, la de ‘Marcello’ y ‘Musetta’. El primero lo cantó Pietro Spagnoli, estuvo magnífico de principio a fin, tanto en el canto como en la actuación, hizo un personaje absolutamente creíble, de trazos viriles, juveniles, una gozada. En cuanto a Donata D’Annunzio Lombardi, a la que sólo le podría objetar unos agudos algo delgados, fue una ‘Musetta’ estupenda por la composición del personaje, frívolo, ligero y chispeante sin caer en la vulgaridad. Se adueñó completamente del segundo acto justamente. Si fueron menos aplaudidos que los dos protagonistas quizá es porque sus papeles son menos vistosos en el conjunto de la obra.

No había reparado en el ‘Colline’ de Giorgio Giuseppini hasta que cantó ‘Vecchia zimarra’ y me dí cuenta de la bella voz de bajo que posee. Bien es cierto que Puccini no ofrece demasiadas oportunidades a los cantantes de su cuerda (apenas ‘Timur’), espero poder escucharlo en otra parte más desarrollada porque parece interesante. Desenfadado, juvenil el ‘Schaunard’ de Massimiliano Gagliardo; estupendo el ‘Benoît’ de Franco Boscolo en una parte que suele pasar desapercibida; desconcertante el ‘Parpignol’ de Saverio Bambi.

El coro se lució particularmente en un café de Momus estupendo, lástima sólo un movimiento escénico confuso que no permitía ver bien lo que pasaba en el inmenso escenario del Comunale. Bien también el coro de niños.

Y llegamos a la orquesta. Esperaba más de la dirección de Stefano Ranzani, cuya carta de presentación era haber sido violinista en la Scala de Milán y asistente de Gianandrea Gavazzeni. Me pareció genérica, falta de inspiración, poco atento a los detalles -y a los cantantes, se perdió mientras Pisapia cantaba ‘Che gelida manina’-. Otra cuestión es que la Orquesta del Maggio casi, casi, suena sola. Pero claro, si el director (a mi entender) no da más indicaciones, a pesar de ser la Orquesta del Maggio, a pesar de la partitura pucciniana, el resultado final sigue siendo un tanto plano, de rutina. Con todo, no quiero pecar de soberbia, algo de lo que se suele acusar a quien se sitúa en mi lugar: lo cierto es que al final la orquesta se levantó y aplaudió a su director como le he visto hacer en estos dos años muy pocas veces, así que el equivocado sin duda debo de ser yo.

No había visto la puesta en escena de Jonathan Miller, si bien parece ser que sólo se han retomado algunas de las ideas más significativas del montaje original. En todo caso, este Paris de los años 30 del siglo XX, de las películas de René Clair y de las fotos de Brassai, es especialmente sugerente, no resulta genérica en ningún momento y mantiene una gran frescura. Más discutible el movimiento escénico, extrañamente inerte en momentos como el final de los dos últimos actos -la escena del café se da por descontada- lo que me resultó desconcertante.

Pues eso, rutina de la buena, como demostraron los aplausos de un público evidentemente satisfecho -Bohème es mucha Bohème, aunque alguno en su ignorancia la considere ‘facilona’- y que ha acabado con las entradas de todas las funciones.



Este artículo fue publicado el 25/01/2007

Compartir


Bookmark and Share