Ópera y Teatro musical

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Mayo en Viena

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La diferencia más importante entre los festivales de Viena que visitaba en los setenta y el de este año, la noté entre los filarmónicos de la célebre orquesta local, ya sentados en sus atriles a la espera de Daniel Barenboim. Como concertino le tocaba esa noche a la genial Albena Danailova, y después del concierto ningún miembro de la orquesta volvería a refunfuñar como hasta hace poco les escuchaba hacerlo en charlas de café: “Ach! ¿las mujeres? ¡Ni pensar! ¡No tienen firmeza en la muñeca para el arco. ¡Ese sonido blanduzco y amanerado! ¿Y se imagina usted los problemas que tendrían cuando vamos en gira? Esos días cada mes en que no están bien, y los líos con la familia para las madres con niños pequeños.”

Oficialmente las opiniones en el sentido de que esta orquesta era de machos o no era nada, fueron registradas por Paul Fürst en un documental de 1987: “Nuestra profesión hace la vida de familia extremadamente difícil y por ello para las mujeres es casi imposible. Una mujer no debe tocar como un hombre sino como una mujer, y una orquesta enteramente masculina tiene un sonido especial."

Hoy son varias mujeres de la Filarmónica de Viena, ahora con una dotación de instrumentistas notoriamente mas jóvenes que hace veinte años, pero siempre capaces de preservar el legendario “sonido especial” vienés atesorado por la orquesta desde su fundación.

De sonido francés hubo poco en la versión compacta en densidad y más concentrada en tempi que en diafanidad de texturas de La Mer, pero de cualquier manera, este mar teutónico sonó con grandeza quasi wagneriana en sus dinámicas, rallentandi y brillantez cromática. Michael Barenboim fue un solista de precisa e introvertida sensibilidad en el Concierto para violín de Schoenberg que el papá dirigió magistralmente, y el fauno completó el programa durmiendo una siesta mas bien apelmazada y sin demasiado ensueño bucólico.

La segunda gran novedad de este año es la decisión de la Ópera de pasar todas sus funciones estivales en vivo por una pantalla al costado del teatro. ¡Qué no hubiéramos dado los estudiantes en los años 70 por alternar las colas para conseguir lugares de pie, soslayándonos en las pequeñas butacas colocadas al aire libre! Y sin embargo, no había mucha gente el atardecer que me decidí a sentarme allí para ver la nueva producción de La Clemenza di Tito en una puesta de incisivos aciertos psicológicos pero adocenada en un modernismo archirrepetido de Jürgen Flimm, sólo correctamente dirigida por Louis Langrée y con un reparto donde, inevitablemente, el Sesto de Elina Garança achicó demasiado al resto.

Mi incursión dentro de la sala al día siguiente se debió a mi interés por ver la regie de El Holandés errante de la talentosa Christine Mielitz, pero nada de este talento fue perceptible en una puesta con sosa interacción de caracteres en medio de una función con las falencias típicas de las noches “de repertorio” de la casa: orquesta siempre brillante en profesionalidad pero desganada bajo la dirección de Graham Jenkins y cantantes que no han ensayado o han refrescado ensayos en las horas anteriores.

Pero hay cosas que no cambian y, afortunadamente son las que no parecen atraer demasiado a los turistas. Antes de asistir a La Traviata ya reseñada para Mundo Clásico [leer reseña] pasé dos horas leyendo y conversando en el Café Sperl, a dos cuadras del teatro An der Wien y, camino a él, me interceptó un coro ensayando el Requiem alemán en el Semper Depot, el enorme atelier de la Academia de Bellas Artes ideado por Gottfried Semper, un gran galpón con mágicas galerías apreciables desde la calle cuando están abiertas sus puertas monumentales. Y tampoco el interior del An der Wien ha cambiado su decoración de principios del XIX, como no ha cambiado el Naschmarkt frente a la sala, y las calles adyacentes al teatro, que hacen del cuarto distrito uno de los mas atractivos de la ciudad para perderse vagando entre escaleras, sombras y vetustos edificios del barroco, Biedermeier y Jugendstil.

Otra cosa que no cambia es la gloria de una buena representación en la Volksoper, la casa de la opereta vienesa. En los setenta iba normalmente solo, frente a la reticencia de mis amigos locales que desahuciaban la opereta como cursi para entusiasmarse con Bruckner, Mahler, Berg, y Webern. Otra era en cambio la actitud de artistas como por ejemplo Erich Kunz, que no dejaban de alternar actuaciones en la Opera del Estado con apariciones en El barón gitano o El país de las sonrisas. También el singspiel esta en casa en la Volksoper, y nada mas auténtico que ver allí La flauta mágica o como me tocó en suerte este mayo, El rapto en el serrallo. Es algo comparable a una buena Carmen en la Opèra Comique con diálogos hablados. No hay sala internacional capaz de recrear este tipo de obras como una sala de barrio.

El Rapto fue excelentemente cantado, y actuado como se debe, con seriedad matizada con un ligero toque cabaretístico, partes habladas con ligera tonalidad local y una puesta sobria e irónica. Y jamás escuché una música turca mas vital y brillante que la interpretada por la excelente orquesta local bajo la dirección de Sascha Goetzel. Junto a ópera y musicales, la Volskoper sigue empeñada en su repertorio operetístico tradicional y este junio presenta nada menos que…¡Madame Pompadour, de Leo Fall!. El veterano Heinz Zednik ha aceptado un rol junto a un elenco joven de esos que saben sacarle el polvo a un arte popular tradicional con excelentes interpretaciones de canto y danza.

Hace treinta y pico de años que no veo Madame Pompadour en la Volksoper, así que trataré de volver a Viena para ello. ¿Seguirán haciendo como antes, agregando estrofas sobre política contemporánea en los couplets, para regocijo del público? Las rutinas de mi visita a la sala del octavo distrito incluye una visita al café Weimar a pocos metros del teatro (abierto todo el año hasta las doce de la noche) y ,si queda tiempo, una escapada al Schmidt Hansl, un lugar perdido en el tiempo, vilificado como cursi por muchos, pero ideal para escuchar música vienesa. El viejito Hansl que se acerca a las mesas con cítara para canturrear un lied a media voz ya ha muerto hace muchos años, pero todavía lo recuerdo en mi primera visita cuando al cantar "Mi corazón es un libro abierto de la vieja Viena", me tomó de la mano al cantar "Y en la última hoja está el Lieber Augustin". "¿Como puede saber que te llamas Agustín si recién acabas de llegar?" se extrañaron unos amigos.



Este artículo fue publicado el 19/06/2012

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