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Nucci sigue siendo el rey

A Coruña, 08/09/2012. Palacio de la Ópera. Nabucco, ópera en cuatro actos con música de Giuseppe Verdi y libreto de Temistocle Solera, estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 9 de Marzo de 1842. Reparto: Leo Nucci, barítono (Nabucco); Elisabete Matos, soprano (Abigaille); Luiz-Ottavio Faria, bajo (Zaccaria); Francisco Corujo, tenor (Ismaele); Alexandra Rivas, mezzosoprano (Fenena); Alberto Feria, bajo (El Sumo Sacerdote de Baal); Pablo Carballido, tenor (Abdallo); Patricia Rodríguez, soprano (Anna). Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Orquesta Sinfónica de Galicia. Keri Lynn Wilson, directora musical. LX Festival de Ópera de A Coruña. Ocupación: 100%
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La primera cita puramente operística del Festival de Ópera de A Coruña propició un doble regreso: por una parte el de un título tan fundamental en el repertorio como es el Nabucco verdiano -ausente de las programaciones de la ciudad desde 1995- y por otra parte el de un cantante que ya es fundamental para este certamen, el barítono Leo Nucci, que regresaba con el que es uno de sus roles fetiche. A pesar de tratarse de una versión concertante, lo cierto es que no se echó en falta el elemento escenográfico, y el público demostró disfrutar de lo que fue un éxito importante.

Gran parte del éxito la tuvo el destacable elenco reunido, encabezado en el rol titular por el que es actualmente, por derecho propio, el rey de los barítonos verdianos. A sus 70 años, Nucci mantiene una salud vocal ciertamente envidiable y exhibe una serie de cualidades que le hacen ideal para este repertorio; cualidades con las que muchos colegas de cuerda que podrían ser sus nietos apenas pueden soñar. El timbre suena todavía poderosísimo, la dicción es impecable y el fraseo está siempre puesto al servicio de la intención dramática. Además, es quizá el último exponente baritonal de esa italianitá tan importante para cantar cualquier ópera de Verdi. Contagia su entusiasmo a quienes le rodean, y todos dan lo mejor de sí cuando están cantando a su lado: así, fue en el dúo ‘Donna, chi sei?’ cuando Elisabete Matos tuvo su mejor momento, y entre ambos saltaron chispas que encendieron al público: hubo una tensión dramática inusual para una versión concertante, y ambos intérpretes se lanzaron a una lectura sin red.

Por otro lado, el conocimiento del estilo es envidiable: su ‘Dio di Giuda’ fue una masterclass de canto verdiano, cantado con un sentido del legato difícil de encontrar en la actualidad, y fue saludado con una lógica ovación. Pero lo mejor estaba aún por venir: en la cabaletta siguiente, ‘Oh Prodi miei seguitemi!’, la generosidad de acentos, el pulso dramático y el La Bemol larguísimo, segurísimo y bien emitido con que culminó la página desbordaron el entusiasmo del respetable, obligando al barítono a bisar la página, con la misma generosidad vocal que en la primera ocasión, y con un nuevo La Bemol final igualmente largo, timbrado y perfectamente emitido; para disipar cualquier posible duda acerca de la facilidad de Nucci para servir con totales garantías un rol que conoce perfectamente. Como no podía ser menos, el que ya empieza a convertirse en un cantante de la casa fue ampliamente ovacionado por un público que sabe reconocer el arte, y que seguro que estará deseoso de que regrese pronto para ofrecer otro de sus padres verdianos, a los que dedicará lo que le quede de carrera. Unos padres verdianos en los que ya es un máximo especialista, y en los que sigue siendo -y cada vez más solo, como su personaje de esta ópera-, un verdadero Rey. Insisto, solo cabe esperar que a Nucci le queden aun muchos años de carrera -nada hace presagiar lo contrario, a juzgar por su envidiable salud vocal- y que el Festival de Ópera de A Coruña nos siga concediendo el privilegio de seguir disfrutando de otras encarnaciones de esos padres verdianos.

Y si grande fue el éxito de Nucci, no lo fue menos el del bajo brasileño Luiz-Ottavio Faria, un Zaccaria ciertamente imponente. Si ya unos años atrás me había llamado poderosamente la atención interpretando el rol de Timur en Turandot, este Zaccaria lo consolida como un verdadero diamante en bruto. Se trata de un instrumento poderosísimo, de emisión impecable, tremendamente homogéneo en todo el amplio registro, con color de verdadero bajo cantante y sin temor a lucirse en ambos extremos de la tesitura en las variaciones. Ya desde su complicada escena inicial demostró que se está ante un cantante de raza, pero su mejor momento fue el cantabile ‘Vieni, oh Levita!... Tu sul labbro’, dicho con una nobleza difícil de igualar en la actualidad. Sinceramente, hace años que no escuchaba este papel tan extenso tan bien servido, y en manos de este cantante brilla con luz propia, pues es raro encontrar a un cantante que domine sin problemas un registro vocal tan amplio, añadiendo además esa elegancia técnica. Es todavía un cantante joven, y hay que seguirle muy de cerca, porque va a dar muchas alegrías en un repertorio -el del bajo cantante verdiano- en el que cada vez escasean más las opciones posibles. En cada una de sus intervenciones, y al final, fue atronadoramente ovacionado con toda justicia. Un lujo.

Una súbita afección vocal retiró a Elisabete Matos del ensayo general, y a punto estuvo de impedir su participación en esta función. Lo que sería un problema grande para cualquier rol, lo es mucho más para un rol de una escritura tan agresiva como el de Abigaille. Lo primero que hay que aplaudir es que la soprano portuguesa se haya entregado sin reservas a la defensa de un papel monumental, y que lo haya hecho sin que apenas se notase su indisposición.

De todos es sabido que la portuguesa cuenta con un torrente vocal importantísimo, y esta noche lo lució en todo su esplendor. Sus medios sonaron rotundos, y a día de hoy es de las pocas cantantes capaces de acometer los saltos interválicos del rol sin demasiados problemas, y posee un agudo percutiente, lleno de squillo, algo fundamental para abordar esta parte. No es una cantante muy sutil, y, por lo generoso de sus medios, es difícil que consiga cantar por debajo del mezzoforte, incluso cuando así lo pida la partitura. A pesar de todo, consigue un buen rendimiento en su escena de la muerte, pero pasajes como la cavatina de su escena del segundo acto, o el terceto con Fenena e Ismaele quedan algo deslucidos. Hay además algunas soluciones que parecen algo agresivas -por poner dos ejemplos: es frecuente la tendencia al golpe de glotis, y tiende a cantar los pasajes de coloratura en stacatto-. La emisión es también algo agresiva por momentos. Todas estas tendencias aparecen frecuentemente en la soprano portuguesa, y no se pueden achacar a la indisposición, sino a su personalísima manera de hacer las cosas. Quizá sí sea producto de la indisposición el hecho de que la zona grave sonase ocasionalmente algo sorda. Así y todo, todos estos dejes que podrían ser peligrosos para otros roles funcionan relativamente para una parte como la de Abigaille, puesto que ayudan a subrayar el componente más neurótico del personaje. Su mejor momento lo tuvo sin duda en el extenso dúo con su padre en el tercer acto, donde lo dio todo y consiguió un momento de extrema tensión dramática con Nucci. Fue también largamente ovacionada -algo menos que barítono y bajo si hemos de ser honestos-, porque su entrega -y aun más en su difícil situación- así lo merecía, y porque -guste más o menos- tiene casi todo lo necesario para salir viva de un papel infernal. Que uno personalmente prefiera otros enfoques ya es una cuestión de gustos personales.

Entre los secundarios, Alexandra Rivas se reafirmó como un elemento de sumo interés, que se hizo notar en todo momento, como siempre que la escucho: esta vez cantó Fenena con una voz de hermoso color, buena técnica y sabiendo sacar todo el partido a su aria del cuarto acto, ‘Oh, dischiuso é il firmamento’, todo un dechado de musicalidad; mientras que Francisco Corujo fue un Ismaele que tuvo que luchar con una parte que, sencillamente, pide a un tenor bastante más dramático que él: el canto es honesto y la voz es sana y hermosa, pero por tesitura no termina de encontrarse cómodo en ningún momento en la escritura del personaje.

Sonoro como pocas veces se escucha el Sumo Sacerdote de Baal que ofreció el bajo Alberto Feria -otro de esos cantantes que siempre sabe cómo brillar en cometidos menores-, eficaz en sus breves intervenciones el Abdallo de Pablo Carballido, y muy interesante la Anna de Patricia Rodríguez, que supo lucirse en los concertantes en un papel que en manos de otra cantante podría haber pasado completamente desapercibido, como ocurre la mayoría de las veces. No fue el caso: aquí se intuyó una voz hermosa, bien proyectada y con facilidad en el agudo.

La parte coral en Nabucco es casi un personaje más, y el Coro de la Sinfónica de Galicia demostró tener bien aprendido el ‘Va Pensiero’ -hermosa versión, culminada en un pianissimo interminable y muy bien-, afinó y empastó acertadamente; pero bastante estuvo falto de presencia -aunque, en general, rindieron mejor las cuerdas femeninas que las masculinas- en algún momento capital, como es por ejemplo el inicio de 'Gli arredi festivi', faltando también la debida implicación dramática. Como se les ha escuchado con mejor rendimiento en óperas decididamente igual de difíciles que esta -pienso nuevamente en Turandot- habría que valorar el hecho de que, en esta versión concertante la posición tras la orquesta y la acústica bastante peligrosa del Palacio de la Ópera hayan podido traicionarles.

La Sinfónica de Galicia rindió a un notable nivel en todas sus secciones, aunque quizá sin las cotas de excelencia absoluta que había ofrecido unos días antes dirigida por Daniel Oren en la Gala Lírica que abría este Festival. Cabe destacar el estupendo solo de violoncello de Ruslana Prokopenko. Esta noche se encargó de la dirección orquestal la maestra Keri-Lynn Wilson, que supo huir del bullicio gratuito en el que se puede caer fácilmente cuando se interpreta esta música, para ofrecer una lectura briosa que apostaba decididamente por el pulso dramático, y estuvo llena de nervio -en las cabalette, por ejemplo, no perdonó…-, característica que tendió a funcionar muy bien a nivel dramático, incluso en una versión concertante como era esta. Eso sí, a veces hubo demasiado nervio y los cantantes se descuadraron momentánea pero notoriamente en un par de ocasiones -stretta final del Acto primero, y concertante ‘S’apressan gl’istanti d’un’ira fatale’, del acto segundo-, tal vez porque el gesto no siempre termina de ser todo lo claro que debería. Así y todo, hay que valorar que hubo mucho más sentido del teatro en esta lectura que en las de otros colegas de mayor renombre.

Minucias aparte, lo cierto es que el público coruñés demostró estar vibrando en todo momento con una función que ofreció un Verdi necesario -desgraciadamente cada vez más infrecuente en las programaciones- bastante bien servido, con varios artistas de primer nivel. El resultado, como no podía ser de otro modo: una fiesta.



Este artículo fue publicado el 02/10/2012

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