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Paraísos artificiales

Madrid, 07/02/2012. Teatro de la Zarzuela. Phillipe Jaroussky, contratenor; Jérôme Ducros, piano. Opium: mélodies françaises. I. Hector Berlioz (1803-1869), L'île inconnue; Ernest Chausson (1855-1899), Le Colibri; Camille Saint-Saëns (1835-1921), Tournoiement; Reynaldo Hahn (1874-1947), Offrande; Jules Massenet (1842-1912), Nuit d'Espagne; Cécile Chaminade (1857-1944), Automne; R. Hahn, À Chloris; André Caplet (1878-1925), Green; Gabriel Fauré (1845-1924), Spleen; E. Chausson, Les Heures; C. Chaminade, Sombrero. II. Florent Schmitt (1870-1958), Il pleure dans mon coeur; R. Hahn, Trois jours de vendange; G. Fauré, Mandoline; Guillaume Lekeu (1870-1894), Sur une tombe; R Hahn, Fêtes galantes; Cesar Franck (1822-1890), Prelude, fugue et variation; E. Chausson, Le temps de lilas; C. Saint-Saëns, Le vent dans la plaine; G. Fauré, Prison; R. Hahn, Quand je fus pris au pavillon, D'une prison, L'heure exquise
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Escapar, huir; abandonar esquivamente la hostil medianía. Al abrigo de las inclemencias vitales, perderse en un dédalo de palcos soñados, sinuosos corredores, cómplices penumbras. Ulula el viento siberiano en el paseo del Prado, las indignadas prédicas se tornan en clamor al subir desde la Cibeles. De espaldas al General Invierno, a las protestas de los sans culottes, se dan cita en el Teatro de la Zarzuela la intelligentsia de Chueca y unas cuantas marquesas espúreas.

Jaroussky, heredero de los Carestini y los Farinelli, ofrece un repertorio de cámara que, lejos de la ampulosidad barroca, nos sumerje en la intimidad y refinamiento esteticista de Huysmans. Con la colaboración de Ducros, Jaroussky ha grabado este repertorio para el sello Virgin. Quien haya disfrutado Opium -así se titula tal registro discográfico- no echará nada en falta al escuchar en directo a este contratenor. Contrariamente, Jaroussky gana al natural: revelando virtudes como la fragilidad o la entrega, ofrece momentos de efímera y vibrante emoción que una grabación no puede captar.

En cuanto al repertorio incluido, si lo ponemos en relación con el citado disco, quizá se echara de menos el místico Nocturne de Cesar Franck; por el contrario tuvimos ocasión de escuchar piezas inéditas de rara belleza, como algunas canciones compuestas a partir de versos de Paul Verlaine: Le vent dans la plaine, de Saint-Saëns; la sutil y delicada Il pleure dans mon coeur, de Florent Schmitt; y, muy especialmente, Green, de André Caplet, que, en su preciosismo, nos trae a la memoria los paisajes lacustres de Émile Gallé o las alhajas diseñadas por Lalique para Sarah Bernhardt.

De hecho, Verlaine, ídolo de simbolistas y decadentes, fue una de las referencias literarias de la tarde. También eran suyos los versos de Spleen, pieza de Gabriel Fauré en la que el intérprete descubrió un lacerante sentido dramático.

Muy interesante resultó la comparación de distintas versiones de un mismo poema de Verlaine, a cargo de Fauré y de Reynaldo Hahn. Nos referimos, por un lado, al versallesco Fêtes galantes del segundo, titulado Mandoline por aquél. Sabemos, a través de su correspondencia con Proust, que Reynaldo Hahn prefería sin duda la versión de su admirado Fauré. Por el contrario, en el caso de D'une prison, o, simplemente Prison para Fauré, quizá nos decantemos por la versión de Hahn y no sólo por la claustrofóbica monotonía de sus acordes forjados como barrotes de celda, como el implacable péndulo de un reloj, no sólo por la conmovedora impotencia de su lamento, sino porque es en la música de Hahn donde la voz de Phillipe Jaroussky encuentra mejor acomodo y una mayor naturalidad.

Reynaldo Hahn, discípulo favorito de Massenet, consumado barítono martin, dominaba el arte de la técnica vocal y sabía optimizar las posibilidades de una melodía en relación con los recursos del cantante. Su innata elegancia, la seguridad de su gusto, le permitieron pasar como blanca paloma sobre el campo de batalla de las vanguardias; no es que fuera incapaz de subirse al tren de la modernidad; simplemente no compartió, si no despreció, ese prurito de originalidad que, a menudo a costa de lo que fuese, caracterizó muchas de las creaciones de su tiempo. Es por ello que hoy podemos escuchar su música como un eco de ese mundo de Guermantes retratado por Proust; eco que hoy ha sabido sutilmente recrear Jaroussky: la melancolía de L' heure exquise; la fugacidad erótica de Offrande; el encanto neobarroco de A Chloris, homenaje a J. S. Bach...

También hubo sitio, por lo demás, para el memento mori, como en Les Heures, de Chausson o Sur une tombe, triste canción del malogrado Guillaume Lekeu; y para las españoladas, tan en boga en la Francia decimonónica, como Nuit d'Espagne, de Massenet y el genial Sombrero, de Cécile Chaminade; dos obras en las que el pianista demostró la brillantez de su técnica.

Jérôme Ducros es, pianísticamente hablando, un artista viril y asertivo, virilmente moderno. Técnicamente férreo; como buen francés, sobrio y limpio hasta la diafanidad. Lo cual no es óbice para, recordando sus orígenes, echar en falta cierta concesión a la delicadeza, a la coquetería, al hacerse desear. Su interpretación del memorable Automne, segundo de los estudios de concierto op. 35, de Chaminade, sonó vertiginosamente irreprochable en la arrebatada sección central aunque el tema principal habría resultado más convincente si se hubiera acentuado esa languidez ansiosa característica de la compositora. No tan brillante aunque sí más inspirada resultó su lectura de ese abismo de serenidad meditativa que es el Prélude op. 18 de César Franck.

Finalmente los dos artistas ofrecieron cuatro propinas que llevaron al público a la apoteosis; encomiable desparpajo y perversa insolencia en La Diva de l'Empire, de Satie; la Nana para un negrito, de Montsalvatge; la casquivana y virtuosística Havanaise de Pauline Viardot y, de nuevo, Sombrero, de Chaminade, en un hilarante ejercicio de transformismo vocal mediante la intercalación de algunos fragmentos en un registro grave.



Este artículo fue publicado el 17/02/2012

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