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La belleza acostumbrada

Salta, 24/07/2012. Teatro de la Fundación Salta. Cuarteto Stradivari: Mariana Sirbu (violín), Cristina Dancila (violín), Massimo Paris (viola), Mihai Dancila (violonchelo) y la participación de Alfonso Ghedin (viola). Wolfgang Amadè Mozart (1756-1791): Quinteto para cuerdas en Si bemol mayor K.174, Quinteto para cuerdas en Do mayor K. 515, Quinteto para cuerdas en Sol menor K. 516. Ciclo del Mozarteum Argentino Filial Salta.
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El infinito Mozart escribió diez quintetos de formaciones varias, seis de los cuales están compuestos para dos violines, dos violas y violonchelo, como casi exclusivo aporte para esta integración aún cuando puedan reconocerse antecedentes en páginas de Miguel Haydn o Giovanni Battista Sammartini. Muchos dicen que el músico de Salzburgo encontró la quinta voz que no pudo hallar Franz Joseph Haydn que fue el gran impulsor del cuarteto de cuerdas. Tal vez sea así o tal vez tenga valor el intento de mejorar el lenguaje del cuarteto. Cualquiera sea el motivo, lo hayan sido por encargo o por placer estético, lo cierto es que el compositor abre un lenguaje nuevo en el clasicismo de cámara.

El fenomenal Cuarteto Stradivari, integrado por antiguos conocidos que vinieron a Salta en años anteriores integrando el famoso grupo I Musici o el Cuarteto Beethoven de Roma, acompañados además por otro músico notable, el viola Alfonso Ghedin, derramaron tres de los seis quintetos mencionados. Son diferentes. El K. 174 lo escribió a sus diecisiete años, los otros dos, catorce años después. Tres instrumentos de grave sonido contra dos agudos son campo propicio para desarrollar páginas de mayor complejidad que el conocido cuarteto. La primera tiene una extensión menor y su entrelazado instrumental es, quizás, atractivo pero no muy complejo. Los otros dos, con Mozart maduro, ya son otra cosa. Sobre todo el K. 516 que mezcla aspectos sombríos con la conmovedora ternura de los pasajes lentos en sus dos esquicios finales. Hay un cierto dejo de tristeza que seguramente nada tiene que ver con la temprana desaparición del creador austríaco, pero que irónicamente casi representa un anticipo de la misma. Estos dos últimos duran exactamente lo mismo: treinta y dos minutos.

Otra vez pude apreciar la enorme vitalidad y la deslumbrante técnica de Mariana Sirbu (1998), la seguridad de Massimo Paris (1998), el enorme cimiento sonoro de Mihai Dancila (1999), la seguridad de su hija Cristina y la contribución de elevado nivel de Alfonso Ghedin (1981-1999). Los cinco brindan una conjunción más que agradable. Su volumen es perfecto para la sala. Son distinguidos, de categoría. No hay nada fuera de lugar. No hay nada que reprochar. Y sin embargo su música, su captura del espíritu mozartiano es exacta y también humana. A veces la perfección conlleva cierta sensación de automaticidad. Ellos no fueron así. (Entre paréntesis, los años observados fueron los de sus recordadas visitas a nuestra ciudad).

Cuando uno tiene la oportunidad de gozar de una presentación como ésta, surge como ráfaga la idea del bis, la espera de algo más, de un poquito más de música maravillosamente hecha. Pero no, no hubo bis y me fui, nos fuimos, con ese dejo de “que bueno hubiera sido…”. Sin embargo, que más se podría haber hecho luego de estas portentosas partituras. Qué mas se podía agregar si todo estaba dicho. Es bueno, a veces, quedarse con las ganas. Esta fue una de ellas.



Este artículo fue publicado el 26/07/2012

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