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Estreno mundial de la primera ópera de Pergolesi

Montpellier, 28/07/2008. Opéra. Salustia. (1732). Libreto de S. Morelli y música de G-B.Pergolesi. Concepción y puesta en escena: Jean-Paul Scarpitta. Intérpretes: Maria Ercolano (Salustia), Raffaella Milanesi (Giulia), José Maria Lo Monaco (Alessandro), Marina De Liso (Marziano), Cyril Auvity (Claudio) y Valentina Varriale (Albina). Cappella della Pietà de’ Turchini. Director: Antonio Florio.
imagen Tras el estreno mundial de La Esmeralda (1836) de Louise Bertin en forma de concierto (que me fue imposible ver por fechas, así como el King Arthur escenificado, uno de los exitazos de ‘localidades agotadas’, como el concierto de Ciccolini con orquesta –no así el que ofreció en solitario, como habría sido esperable), el Festival de Radio France en Montpellier y región (en crecimiento con respecto a años anteriores, no sólo por cantidad y diversificación de conciertos y géneros músicales, además de lugares) presentó, como último espectáculo escenificado, en el edificio ‘Comédie’ (o sea, el tradicional) de la Opéra de la ciudad occitana, lo que parece ser a todas luces una primera mundial de la primera obra dramática de Pergolesi.


Maria Ercolano y José-Maria Lo Monaco
Fotografía © 2008 by Marc Ginot

Aunque con páginas admirables, este primer esfuerzo del gran compositor mira mucho aún hacia el modelo barroco de la ópera seria. Es estimable, pero habría hecho falta mucho para convertirlo en un triunfo. Así, se quedó en un éxito modesto, y una velada que resultó muy larga. Eso, pese que a la ‘concepción’ (?) y régie de Scarpitta intentó, dentro de una tónica de belleza y ligero perfume de época atractivos, ‘dinamizar’ la partitura. Tal vez no sea la forma la de agregar figurantes y bailarines, un rol mudo para una historia homosexual que no tiene ninguna justificación en el texto y que complica innecesariamente todo, o sobre todo, la espectacularidad de la escena de las termas, donde el agua cae cada vez con más fuerza (y más ruido), mientras las únicas que se desnudan son las señoras.


Maria Ercolano
Fotografía © 2008 by Marc Ginot


Tampoco la marcación de personajes pareció tal. Que la dominante y furibunda ‘Giulia’ aparezca todo el tiempo con los ojos muy abiertos por furor y disgusto no es mucho como actuación. Y Milanesi, una sólida cantante, no tiene todos los resortes musicales para la tremenda parte, lo que termina incluso por restar fuerza a los recitativos (el agudo pierde esmalte sin que por ello el centro o el grave resulten vigorosos). La protagonista tiena una música menos problemática, bien cantada por Ercolano, pero de modo que resultó más monótono aún que lo que debe ser, y con algún sobresalto provocado por un vibrato rebelde. Tampoco controlaba el agudo Varriale, una cantante de buenos medios que cantaba el rol de la amante contrariada, disfrazada de hombre, y en busca del amado (que es el que, según esta versión, le ha preferido un bello muchacho).


José-Maria Lo Monaco
Fotografía © 2008 by Marc Ginot


Como intérprete no destacaba mucho nadie, aunque hay que señalar el excelente gusto en el canto y el movimiento del ‘Alessandro’ (ese pobre emperador Severo marioneta de su madre) de la mezzo Lo Monaco (un timbre muy rico en si mismo, aunque no sé bien cuál puede ser su extensión). La mejor fue De Liso en un rol de padre intrigante y severo(previsto para un tenor, luego un castrato y finalmente pasado a una contralto –en realidad una mezzo). Su ‘Marziano’ tuvo credibilidad y en el canto fue la que estuvo más cerca de las exigencias de la parte –tremendas agilidades- aunque se la notó más de una vez al límite. No sé qué decir del ‘Claudio’ del tenor Auvity, ya con discos, presentado como una esperanza del canto barroco (espero que no se le ocurra ir más lejos) y que, además de un timbre tenoril indudable pero poco grato, desafinó durante toda la noche y no sólo en las partes cantadas sino en los más simples recitativos en algo que resultó un verdadero tormento auditivo).

En fin, que hemos tenido la oportunidad de ver esta ópera inédita, pero que, personalmente, no sólo no me quedan deseos de volver a verla, sino que su contribución a la fama de Pergolesi y al género lírico en particular me parece mínima.

Cuando en la misma época –no hay casualidades- se presenta una magnífica muestra de Courbet que, entre los elementos ‘musicales’, ofrece el famoso retrato de Berlioz (que por algún motivo que con la programación actual se me escapa ha dado su nombre a la otra sala más grande y más moderna para la ópera aquí mismo, el ‘Corum’), el de una ‘sonámbula’ y, con nombre y apellido, el del famoso tenor Louis Gueymard en Robert le diable de Meyerbeer, tal vez habría que ampliar el campo de elección de las ‘rarezas’ en otras direcciones…


Este artículo fue publicado el 07/08/2008

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