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Una apasionada velada bohemia con Mariss Jansons

Berlín, 08/06/2012. Gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín. Orquesta Filarmónica de Berlín. Solista Frank Peter Zimmermann (violín). Director invitado Mariss Jansons. Obertura de La novia vendida, de Bedřich Smetana (1824-1884). Concierto para violín y orquesta nro. 2, de Bohuslav Martinů (1890-1959). Sinfonía nro. 9, op. 95, Del Nuevo Mundo, de Antonín Antonín Dvořák (1854-1928). 100% del aforo.
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Lleno total, por supuesto, como era de esperar, en la gran sala auditorio de la Filarmónica de Berlín esta tarde del viernes 8 de junio de 2012 (y, esto, pese a la jornada inaugural del Campeonato Europeo de Fútbol en Varsovia), con entradas reservadas o vendidas desde hace largo tiempo y extensas listas de espera para conseguir algún codiciado billete remanente.

Nada menos que el letón Mariss Jansons (director principal de la Concertgebouworkest de Amsterdam, así como de la Sinfónica y Coro de la Radio de Baviera) sube hoy al estrado. Es un día especial, porque la Orquesta Filarmónica de la capital alemana interpreta por primera vez en su historia el Concierto para violín nro. 2 de Bohuslav Martinů, compuesto en 1943 en su exilio en Estados Unidos y estrenado ese mismo año en Boston, por aquel entonces considerada como su obra de despedida de Europa.

Estamos ante un magnífico programa, lleno de pasión, pero también imbuído de una cierta porción de nostálgica melancolía, dedicado a tres grandes maestros checos. La primera parte comienza con la obertura de La novia vendida, de Bedřich Smetana, que precede y enmarca al Concierto de Martinů. Tras el intermedio, el concierto concluye con la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonín Dvořák.

La vibrante Obertura de Smetana transmite enorme energía y vitalidad, con la magistral labor de cuerdas, maderas y vientos, entre ellos la centelleante intervención del flautín (Jelka Weber), que dan forma acabada a esa inspiración en las danzas tradicionales y en el cancionero folclórico bohemio, implícita en esta ópera cómica, compuesta entre 1863 y 1866.

Jansons es uno de esos peculiares directores que deja tocar a los músicos, pero alternativamente los controla y modela hasta su último suspiro, creando un aura, una atmósfera que los envuelve mágicamente y subyuga al espectador. Así ocurre, por ejemplo, en el segundo movimiento (Andante moderato) de la pieza de Martinů: muy sosegada en algunos momentos, danzarina en otros y profunda al final, con un excelente trabajo de cuerdas y maderas.

La virtuosa interpretación del solista Frank Peter Zimmermann, con el Stradivarius Lady Inchiquin de 1711 que perteneciera al legendario Fritz Kreisler (1875-1962), es fresca, clara, extrae impecablemente la esencia de la obra. En el primer movimiento (Andante - Poco allegro - Moderato - Cadenza - Andante) transmite mucho sentimiento y emoción, y en el tercero (Poco allegro - Cadenza - Allegro) fibra, dinamismo. La cadencia morava que personaliza a Martinů tiene su fuente en la música popular eslava que inspirara asimismo a Leoš Janáček (1854-1928) para su sinfonía Taras Bulba (1918).

Aclamado por la platea durante varios minutos, Zimmermann tocó como propina variaciones sobre la melodía del antiguo himno a Francisco II, último emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y primero del Imperio Austríaco, compuesto en 1797 por Joseph Haydn, hoy himno de Alemania.

La Sinfonía nro. 9 en mi menor de Dvořák, tal vez la más conocida de sus obras, compuesta en 1893, durante su visita a Estados Unidos, exhala gran vitalidad y fuerza en la ejecución de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Es una pieza entrañable también para Jansons que lleva (sin partitura delante) esmeradamente dominada hasta el final.

Dvorák trabajó en ella concretamente durante su estancia en Nueva York, en el número 327 de la calle 17 (East Side). La casa fue demolida en 1991, pese a las exhortaciones en contrario de un grupo de presión formado por Václav Havel, Miloš Foreman, Kurt Masur y Yo-Yo Ma. En compensación, la ciudad erigió finalmente en el parque de enfrente una estatua en honor al compositor checo nacido en Nelahozeves en 1841 y fallecido en Praga en 1904.

Su visión de la pradera norteamericana (magníficamente ejecutada por la Filarmónica de Berlín, excelente desempeño del anglocornista Dominik Wollenweber) en el segundo movimiento (Largo - Un poco più mosso - Meno mosso, Tempo primo) es genial, si tenemos en cuenta que hasta entonces Dvořák no había salido de Manhattan.

Algunos elementos de temas indígenas y afroamericanos, recibidos indirectamente a través de artículos de prensa e interpretaciones de un alumno suyo (Harry T. Burleigh, quien cantaba spirituals) se atisban en ciertos compases del primer movimiento (Adagio - Allegro Molto) y del segundo.

El Scherzo: Molto vivace - Trio - Scherzo da capo e poi la coda (tercer movimiento), tocado aquí con gran vigor y nervio por la orquesta, se nutre, en cambio, claramente de las danzas tradicionales bohemias (destacada intervención otra vez de la flautista Jelka Weber y también de su colega suizo Emmanuel Pahud).

Bajo la experimentada batuta de Jansons la Filarmónica de Berlín se sumerge por último en el desenfreno del clímax final (Allegro con fuoco), pero sin descontrolarse en este fortísimo torbellino, sin perder jamás ni la forma ni la musicalidad que hacen de ésta una obra maestra. Los aplausos, ovaciones y aclamaciones del público fueron agradecidos por el director con cinco apariciones consecutivas sobre el escenario, visiblemente complacido y satisfecho.

El vídeo del concierto estará disponible en el archivo de la página de internet de la Orquesta Filarmónica de Berlín cuando esta crítica se publique en Mundoclasico.com



Este artículo fue publicado el 15/06/2012

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