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¡Quédate, amado día!

Barcelona, 10/07/2011. Gran Teatre del Liceu. Daphne (Dresde, 15 de octubre de 1938, Staatsoper), libreto de Joseph Gregor, música de R. Strauss. Intérpretes: Robert Holl (Peneios), Janina Baechle (Gaea), Ricarda Merbeth (Daphne), Jörg Schneider (Leukippos), Lance Ryan (Apollo) y otros. Coro masculino del Teatro (maestro de coro: José L. Basso).Orquestra Simfónica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Dirección de orquesta: Pablo González. Versión de concierto
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Aparte de unas nuevas presentaciones de Carmen, que no reseñaré, la temporada del Liceu ha concluido con esta nueva versión de concierto. Más aún que en el caso de Tamerlano, y tras una experiencia ‘konwitschiana’ de la que he tratado de olvidarme rápido (confieso que no he podido del todo), a esta ópera del final de la carrera de Strauss (tras esta escribiría dos más) la beneficia la versión de concierto, ya que sin negar desigualdades o estatismo (las primera sobre todo en la primera parte, y seguramente gracias al libreto de Gregor), la partitura encierra muchas maravillas(la primera, tras el magnífico preludio y el coro, el monólogo de la protagonista que se presenta con la frase que he puesto de título y que da la clave de toda la ópera que, tratándose de Strauss, revela algo más que la pura ópera, la vuelta al mito griego de la luz y la pureza y la hermandad, o incluso el regreso al título con que se inauguró el género en Florencia en 1597, hoy perdido). Porque estamos en 1938, hace cinco que el compositor mantiene sus controvertidas relaciones con el nacionalsocialismo, y la obra se estrena (es el último estreno en un teatro tan unido con su creación) junto con la reposición de Friedenstag (no traduzco porque en ese momento habrá sonado aún más sarcástico tal título) bajo la dirección de Karl Böhm. En el programa hay alguna foto estremecedora aunque no de este día.

Como se sabe, el ‘amado día’ (por la luz, el sol) no se queda, ni en la ópera ni en la vida. Que las últimas palabras de disculpa de Apolo por haber matado a Leucipo se interpreten en un sentido o en otro (muy buen artículo de Jaume Radigales en el programa) si se las lee literalmente ya golpean bastante: el laurel (Dafne) será corona en la frente de “los mejores en la lucha, los más nobles en la paz”. ¿Cómo no se iba a aferrar a Grecia y sus mitos y dioses como a un clavo ardiendo el extraordinario Richard?

En cuanto a la versión en sí, trajo sorpresas agradables. La orquesta de Barcelona es mejor por más homogénea y más estabilizada (y lógicamente acostumbrada a los grandes sinfonistas) que la del Liceu, aunque no sea una formación notablemente virtuosa y probablemente en algunos momentos haya faltado brillo y en otros no haya logrado dulcificar cierta agresividad (tal como lo oigo, el problema reside en particular en las cuerdas). González tiene gestos un tanto extraños -sobre todo cuando usa las manos sin la batuta- y no pudo eludir en los momentos menos interesantes monotonía y alguna opacidad, pero en todo aquello que era clave dirigió bien y con respeto y atención por los cantantes. En todo caso, como el año pasado con El jugador de Prokofief (con una dirección allí francamente magnífica), una decisión acertada (sobre todo porque nos evitó al director musical de la orquesta del Teatro).

Respeto y valoro enormemente a Holl, pero me preocupaba su veteranía. Error. Estuvo estupendo; aunque el tiempo haya pasado para su cuerpo, no lo ha hecho para la voz.

Había escuchado a Baechle una Brangania no muy convincente; es cierto que Gea es muy diferente, pero estuvo pletórica, particularmente en centro y grave que es lo que más se le pide aquí. Muy correctos los pequeños papeles (en algunos casos miembros del coro) de los pastores y las muchachas (no por breves fáciles).

Leucipo tenía que ser Rainer Trost, a quien había escuchado, y muy bien por cierto, en Amsterdam. Canceló a última hora y hay que agradecer la profesionalidad y disponibilidad de Jörg Schneider, un cantante correcto, pero que por timbre y expresión ha estado siempre más cerca de un tenor característico que de un Dermota o un Wunderlich (para dar dos nombres históricos pero recientes, relativamente, que fueron ideales para la parte). Así, si bien no constituyó un obstáculo para seguir la obra, hizo que el nivel bajara y que el personaje no recibiera suficiente atención ni proyección.

Merbeth saltó a la fama internacional con este personaje. Confieso que no esperaba demasiado porque, tras una Donna Anna respetable y una excelente Marie/Marietta, lo que le había oído no me había entusiasmado o interesado. Ciertamente no es la voz ideal para la parte, no es lo bastante lírica, flexible, bella, luminosa; el agudo es siempre acerado y a veces rígido; algunas medias voces eran bruscas y la maravillosa cantilena final, sin palabras, le cuesta un poco y sobre todo no hace el efecto que debería, pero a partir del diálogo con Apolo estuvo francamente bien y su mejor momento, aunque más bien parecía una ‘Inmolación de Brunilda’ en miniatura, fue el lamento por la muerte de Leucipo, donde todo estuvo en su justo punto, salvo tal vez un ímpetu demasiado ‘salvaje’ para la ninfa. Sorpresa positiva mayúscula.

Tampoco lo que había oído hasta ahora en teatro a Ryan me hacían prever lo que escuché. La voz no será de una gran belleza, pero es claramente tenoril y esta vez corrió fácil, sin problemas en ningún registro ni desigualdades o tensiones (y la parte es criminal de la primera a la última nota), con expresividad en su punto (la presentación del dios fue sensacional, pero lo que siguió no le fue a la zaga).

Hubo aplausos para todos, incluido el coro de hombres, excelente, que he dejado para el final por una frase que canta y que esta vez -probablemente porque se trataba de una fecha para mí muy particular- revistió una resonancia particular (no sólo en la intimidad, pero en la visión de esta ópera, del momento de la vida de Strauss, y del momento actual, dentro o fuera de la ópera): “Voll ist die Dämmrung von seltsamen Wesen!” (El crepúsculo está lleno de criaturas extrañas)…Hay veces en que hasta un Gregor, sobre todo si le pone música un Strauss, da en el clavo mucho más que lo que se pudiera pensar …

Y observen ustedes que termino con puntos suspensivos y no un punto final



Este artículo fue publicado el 14/07/2011

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