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El defecto del exceso

Múnich, 03/07/2008. Ópera del Estado de Baviera. Teatro Nacional. Doctor Fausto, ópera (“Poema para música en dos preludios, un entreacto y tres cuadros principales”) con música y libreto de Ferruccio Busoni. Dirección escénica: Nicolas Brieger. Escenografía: Hermann Feuchter. Vestuario: Margit Koppendorfer. Iluminación: Alexander Koppelmann. Marionetas: Peter Lutz, Lutz Grossmann, Rike Schubert. Reparto: Wolfgang Koch (Fausto), Steven Humes (Wagner), John Daszak (Mefistófeles), Raymond Very (Duque), Catherine Naglestad (Duquesa). Solistas y Coro de la Ópera del Estado de Baviera. Maestro del coro: Andrés Máspero. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical: Tomas Netopil. Festival de Ópera de Múnich.
imagen No es nada nuevo el hecho de que no pocas obras musicales de enorme interés hayan caído de modo más o menos inexplicable en el olvido. El rescate de tales partituras es una empresa que desde hace más o menos dos décadas ocupa a bastantes intérpretes, investigadores, editores y organizadores de eventos musicales. El ‘redescubrimiento’ de Doctor Fausto es un buen ejemplo de estos esfuerzos por ampliar el repertorio, en este caso operístico, saliéndose de los cauces habituales.

No cabe duda de que Busoni fue un compositor de importancia, sobre todo porque su quehacer sirvió de nexo entre Italia y Alemania (su verdadera patria musical, como queda claro en esta ópera germanísima) y entre corrientes históricas (romanticismo, barroco) y la vanguardia de comienzos del siglo pasado, cuyos principio en líneas generales siguen determinando de modo decisivo la creación musical aún en nuestros días. Doctor Fausto es, por otra parte, una obra enormemente ambiciosa y que pretende ser una especie de ‘bisagra’ entre la tradición y la modernidad. En el plano musical Doctor Fausto oscila entre tardorromanticismo postwagneriano, atonalidad vanguardista y matices que delatan un cierto impresionismo latente, al tiempo que contiene gérmenes de lo que será el expresionismo al estilo, por ejemplo, de Bartók en obras como El mandarín maravilloso. Desde un punto de vista técnico, la partitura es compleja y está concienzudamente elaborada: el desarrollo temático, la instrumentación, la estructuración del conjunto, etc. revelan el gran oficio del compositor. El libreto, del propio Busoni, se basa no en Goethe, sino en una versión anterior y popular del mito de Fausto, concebida para teatro de marionetas, con toda la carga simbólica que ello conlleva.



John Daszak (Mephistopheles), Wolfgang Koch (Doktor Faust), y Coro de la Bayerischen Staatsoper
Fotografía © 2008 by Wilfried Hösl


El elenco de solistas de la velada es de calidad excepcional. Wolfgang Koch hace frente al agotador papel de Fausto con energía en apariencia inagotable y sin merma de unas excelentes cualidades como cantante. El tenor John Dazsak traza un Mefistófeles impecable con voz bellamente seductora y con una resistencia física que puede medirse con la del protagonista. Muy correcto es el Duque de Raymond Very, mientras que la Duquesa de Catherine Naglestad es una combinación bastante ideal de dramatismo y lirismo en música. El resto de los solistas está a un nivel comparable. La dirección orquestal de Tomas Netopil es, musicalmente, el aspecto más interesante de la obra. El aún joven director checo conoce todos los recovecos de esta laberíntica partitura y sabe tanto desarrollarla plenamente en el difícil plano temático, como extraer de ella toda la inmensa gama de matices armónicos y tímbricos que forman su densa trama. Netopil consigue que el tejido musical se mantenga tupido y tenso, pero también transparente, limpio y sin fisuras. Para todo ello cuenta con una orquesta disciplinada, muy concentrada y que toca con entrega emotiva y perfección formal. El papel del coro es en esta pieza fundamental. Bajo la dirección de Andrés Máspero el Coro de la Ópera de Baviera vuelve a realizar una labor titánica en la que todo es irreprochable y que produce vedadero placer auditivo.

La puesta en escena de Nicolas Brieger se apoya fundamentalmente en la estupenda iluminación de Alexander Koppelmann y en la escenografía de Hermann Feuchter. Ésta, que tiene la enorme virtud de favorecer la acústica, presenta un espacio abstracto, de color gris, en cuyo extremo derecho, montada sobre una plataforma giratoria, se halla la estrecha y modesta habitación de Fausto, un poco perdida en el escenario vacío. Considerada desde una perspectiva puramente visual, la puesta en escena es la epopeya de la salida de Fausto de entre las angostas paredes de su cubículo a un mundo ancho y en continua transformación. Precisamente estas transformaciones (iglesia, palacio, taberna, etc.) implican un verdadero derroche de complicada técnica escénica.



Wolfgang Koch (Doktor Faust)
Fotografía © 2008 by Wilfried Hösl


La presencia de marionetas (en alusión a los orígenes del libreto, pero también para significar el desdoblamiento psíquico de Fausto), así como la aparición de demonios desnudos con el cuerpo dorado que descienden sobre la vivienda del protagonista en la primera escena, añade aparatosidad a esta versión y requiere un personal adicional de gimnastas y titiriteros. La dirección de actores en sí misma es convencional y bastante pálida. Fausto aparece como figura adusta, huraña, que cae en la trampa de su propia exagerada austeridad. El resto de las figuras, si exceptuamos a Mefistófeles, resulta algo falto de relieve.

Por supuesto, no falta la ‘provocación’, de rigor en cualquier puesta en escena contemporánea que se precie de moderna: durante la fiesta en el palacio del Duque la marioneta doble de Fausto se baja los pantalones, exhibe sus posaderas y da rienda suelta a sus ventosidades, exteriorizadas en forma de nube marrón o rocío de excrementos lanzado sobre los invitados a la boda. Pero en una puesta en escena tan anodina como la que nos ocupa y a estas alturas del siglo XXI, ni tales ordinarieces llegan a inmutar a los acaudalados y añosos burgueses que llenan la sala durante este festival de verano.

En efecto, a pesar del casi barroco despliegue de medios técnicos, a pesar de unos intérpretes de muy alto nivel, a pesar de una música bien escrita, a pesar de una materia literaria clásica y versátil, este Doctor Fausto no acaba de convencer, no entusiasma y termina por aburrir. ¿Es culpa de la dirección escénica? Sólo en parte, pues si bien ésta no es brillante, en este caso tampoco se la puede cargar con tanta responsabilidad. El problema está, sin ninguna duda, en la obra misma. El libreto de Busoni carece de verdadera intensidad dramática, no hay un hilo conductor que cree tensión verdadera. Todos conocemos la historia de Fausto y el libretista es incapaz de hacernos olvidar que es así y que ya sabemos el final. La prolijidad con la que se expone la acción, la mala estructuración de ciertos pasajes, el incluir demasiados episodios sin restringirse a los verdaderamente necesarios, pero sobre todo el carácter filosófico-discursivo (en el que no faltan ideas interesantísimas, pero expuestas de modo más académico que dramático) hacen del libreto un texto teatralmente muerto.

Con la música ocurre algo semejante, pues está magníficamente escrita, pero temáticamente desarrollada en exceso, como si el autor no hubiera querido dejar ni una idea, ni un matiz, viniera o no a cuento, al margen de la partitura. Esta prolijidad y falta de concisión se apoya, qué duda cabe, en el ejemplo de Wagner. Pero Busoni, desgraciadamente, no es ni Wagner ni Strauss. Y lo que en música podría haber sido un excelente poema sinfónico o acaso un notable oratorio breve; y en literatura un cuento o ensayo filosófico de gran hondura, acaba convertido en dos horas y media de ópera tediosa donde las haya. Y es que a veces menos es más. Y más, demasiado.


Este artículo fue publicado el 21/08/2008

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