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Por goleada, el ermitaño

Barcelona, 21/05/2011. Gran Teatre del Liceu Der Freischütz (Berlín, Königliches Schauspielhaus, 18 de junio de 1821), libreto de F. Kind y música de C.M. von Weber. Puesta en escena: Peter Kowitschny. Escenografía y vestuario: Gabriele Koerbl. Intérpretes: Petra-Maria Schnitzer (Agathe), Christopher Ventris (Max), Ofèlia Sala (Ännchen), Albert Dohmen (Kaspar), Rolf Haunstein (Kuno), Manel Esteve Madrid (Killian), Lauri Vasar (Ottokar), Matti Salminen (Ermitaño), Alex Brandemühl (Samiel) y otros. Coro (preparado por José Luis Basso) y orquesta del Teatro. Director: Michael Boder
imagen Sólo decir que la versión de la obertura fue aún más anodina, irrelevante y aburrida que en la otra versión sin que se notaran mejoras en el resto. Tampoco las cuatro doncellas esta vez fueron algo más que estridentes. Pero, para estridencias, las de la protagonista. Schnitzer tuvo a Agathe en sus comienzos como personaje. Ha pasado mucho tiempo y sobre todo demasiadas Tiefland y otras obras que, si no se es un grande, impiden que la voz siga flexible. Y, en efecto, aquí estuvo rigidísima, incapaz de pianísimos, entre el grito y el calante, con un centro y grave huecos e inaudibles, de afinación dudosa (el final de ‘Leise leise’ fue un ejemplo total) y logró que la maravillosa aria del tercer acto fuera absolutamente insignificante por la falta de media voz. Supongo que, como la considero una cantante inteligente, sepa evitar el rol en el futuro.

Su marido y anunciado protagonista, Peter Seiffert, con fotos incluso en los ensayos, canceló por razones de salud según se explica en la hoja adjunta al programa de sala (esperemos que se mejore; en las fotos de los ensayos parecía encontrarse en inmejorable forma física). Por fortuna su sustituto ha sido un excelente Christopher Ventris en inmejorables condiciones vocales y físicas, magnífico protagonista.



© 2011 by A. Bofill. Gentileza del Teatro Liceu de Barcelona

Magnífico también, salvo algún agudo algo ingrato y duro, el ‘malvado’ de la película, Albert Dohmen, al que Kaspar parece irle casi como anillo al dedo. Sala fue una excelente Ännchen, de voz tal vez no demasiado bonita ni caudalosa, pero extraordinaria artista y muy buena cantante, de notable rendimiento, emisión, estilo y dicción. Los otros repitieron con parecida fortuna sus partes, y el diablo, idéntico a la función anterior, logró evitar los abucheos dirigidos no a su interpretación sino a la forma de entender la parte desde la puesta en escena (me he fijado bien: en los subtítulos en tres lenguas su alocución del tercer acto, mero resumen y preparación del coro inicial del segundo acto, sólo figura traducida al alemán. Vaya con las tonterías del director de escena).



© 2011 by A. Bofill. Gentileza del Teatro Liceu de Barcelona

Pero…siempre hay un ‘pero’, el Ermitaño recibió la ovación de la noche. Tal vez fue exagerada para la extensión de la parte e injusta para Ventris y Dohmen, pero el público premia también con afecto la fidelidad a la casa y el nivel invariable de excelencia. Salminen estuvo sentado haciendo las reverencias y advertencias (más algún ‘bravo’ fuera de la partitura) durante todo el espectáculo hasta que cantó en el final de la ópera. Su caudal y su color siguen siendo enormes, aunque en algún punto se note el paso del tiempo. Su figura es majestuosa y al mismo tiempo cordial. Ha dado tanto este gran bajo, dentro y fuera del Liceu, que los aplausos y vítores que saludaron al final de la función su aparición en el escenario, tal vez exagerados en sí mismos, tenían plena razón de ser. A uno le parece soñar cuando para un rol difícil pero secundario se contrata a semejante cantante en época de recortes y de protagonistas, en uno y otro reparto, no siempre a la altura. El género lírico tiene estas cosas, que tal vez no debería tener. Y a ver si pasa casi otro cuarto de siglo hasta la próxima reposición (entonces, seguramente, la reseña la hará otro).


Este artículo fue publicado el 01/06/2011

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