Portugal

Mundoclasico.com » Criticas » Portugal

Durmiendo hasta el año que viene. Die Walküre de Graham Vick en el Teatro São Carlos

Lisboa, 05/03/2007. Teatro Nacional de São Carlos. Die Walküre, drama musical en 3 actos de Richard Wagner. Estreno: Munich, 1870. , dirección de escena. Timothy O’Brien, escenografía y figurines. Elenco: Susan Bullock (Brünhilde), Mikhail Kit (Wotan), Anna-Katharina Behnke (Siegliende), Ronald Samm (Siegmund) y Judit Németh (Fricka). Orquesta Sinfónica Portuguesa. Marko Letonja, dirección musical
imagen

Me he divertido leyendo algunos de los comentarios publicados a propósito de la segunda entrega del Anillo lisboeta, firmado por Graham Vick. Es asombroso darse cuenta de cuántos especialistas “saben” lo que “es” Wagner. También es sorprendente comprobar la función de ese “conocimiento” -bastante próximo de la creencia, dígase de paso- que sirve como fundamento de valor, a partir del cual son juzgadas las formas que adoptan las sucesivas recurrencias de la obra del compositor alemán en nuestra cultura. En este caso, tradición y gusto se confunden, determinando los discursos. Todos los que saben lo que es Wagner actúan como airados guardianes de la tradición, dispuestos a atizar sus palabras contra los aspectos en los que cualquier nueva propuesta contraría los elementos supuestamente auténticos que definen su obra dramática.

Se ha planteado, por ejemplo, la incongruencia de mostrar en el escenario -como ocurre en este montaje- una ‘Sieglinde’ blanca y rubia y un ‘Siegmund’ negro y corpulento. O la de presentar a las valquirias como vampiresas vestidas alla Yves Saint-Laurent (chez Zara).

Acto III. Ana Paula Russo, Qiu Lin Zhang, Stefanie Irányi, Andrea Dankova,
Dora Rodrigues, Ekaterina Godovanets, Gabriele May, Sara Andersson y figurantes
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

En cuanto a la primera cuestión, lo evidente es la extrañeza que hay en pensar en esos personajes como gemelos cuando las apariencias físicas los distancian tanto entre sí y, de forma subsidiaria, la dificultad de imaginar cualquier tipo de pulsión erótica entre ambos. Por su parte, la discusión de los figurines, concebidos por de Timothy O’Brien, plantea cuestiones que apuntan en varios sentidos. Retendré, por no hacer interminable esta crítica, sólo aquellos que se relacionan de alguna manera con la representación del cuerpo femenino (y, por ende, de lo femenino) en el escenario. Los elementos que acabo de mencionar se han interpretado como una amalgama de capricho, provocación y trivialización de la obra wagneriana. Lo que era sagrado, ya no lo es. En las manos de Vick, Wagner ha dejado de ser sublime. Se ha convertido en mero entretenimiento. Supongo que cuesta admitir que el wagnerismo sólo es trascendental como arma de seducción (he estado tentada de escribir que ocurre lo mismo con toda la ópera, pero no lo he hecho).


Acto I. Anna-Katharina Behnke y Ronald Samm
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

Poniendo frente a frente los cuerpos de Anna-Katharina Behnke y Ronald Samm, respectivamente en los papeles de ‘Sieglinde’ y ‘Siegmund’, Vick amplia nuestra percepción de la relación entre ambos personajes, sacándolos del mundo del mito donde el incesto, el tema del reconocimiento y la pulsión erótica antes mencionada acaban por ser inocuos. Vick, al contrario, coloca su relación en el mundo real, donde los prejuicios de raza y de género funcionan. Donde sabemos perfectamente cómo (no) se tiene acceso al poder cuando no se es ni hombre ni blanco. Donde empuñar una bayeta -a no ser que se sea ‘Fricka’ y, aún así, sólo en el momento en el que invade la privacidad de ‘Wotan’ en su retiro- no es precisamente una imagen de autoridad. Donde, diariamente, la violencia de género provoca muertes de seres humanos. La relación que se establece entre ambos se entenderá mejor teniendo en cuenta, que, en esta puesta en escena, ‘Hunding’ se presenta vestido de cuero negro, subiéndose permanentemente y de manera compulsiva los pantalones, armado con cadenas y subrayando con sus gestos el sometimiento total de su mujer a sus deseos. El bravo y sensible ‘Siegmund’ es el que seduce a ‘Sieglinde’, y también a ‘Brünnhilde’, precisamente en la medida en la que reúne cualidades masculinas y femeninas. Así, elementos como el erotismo y el reconocimiento de dos iguales pertenecientes a una casta descendiente de los dioses se queda en un segundo plano, al mismo tiempo que se subvierten y, curiosamente, se ennoblecen. Es como si Vick transfiriese parcialmente esta parte de la trama, por ejemplo, al guión de Far from Heaven, de Todd Haynes, o como si hubiera estado viendo toda la filmografía de Pedro Almodóvar.

Acto I. Maxim Mikhailov, Anna-Katharina Behnke y Ronald Samm
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

No me extraña, por eso, que quienes adoptan una visión de la obra de Wagner tintada por el patriarcalismo no se hayan sentido demasiado cómodos con los stiletti que deambulan por el escenario prácticamente durante toda la representación. Y no por empatía con las cantantes, calzadas con tacones que debían de medir cerca de 10 centímetros… Zapatos que son, tanto plataformas sobre las que se expone con fragilidad el cuerpo de ‘Sieglinde’, como una parte de las armaduras exhibidas por las Valquirias-Vampiresas de esta puesta en escena, vestidas con trajes negros entallados y protectores sombreros de ala ancha y velo. Al contrario: ‘Sieglinde’ se entrega a ‘Siegmund’ vestida con su traje de novia y con los pies descalzos, así como ‘Brünnhilde’ se quita los zapatos para entregarse al castigo de ‘Wotan’, el pesado sueño del que la despertará aquél que será su dueño.

Me pareció inteligente que el poder de las Valquirias se recalque en esta puesta en escena manipulando las marcas de su feminidad, y no mediante accesorios guerreros y, por lo tanto, demasiado obviamente masculinos (tales como lanzas, escudos o yelmos). Su autonomía es sólo posible en el mundo de las tinieblas, el que está más allá de la vida y la muerte, como buenas hijas de ‘Erda’. El peor castigo que ‘Wotan’ les puede infligir es el sometimiento a las leyes de la vida doméstica, bajo el yugo de un humano que hasta podría ser un cobarde. Aquí, Vick consigue transferir otra parte de la trama wagneriana a las convenciones del cine negro. Incluso ‘Wotan’ - a quien en el segundo acto hemos visto en la piel de un atractivo sesentón, confortablemente refugiado en la sala de juego de su castillo- aparece en el tercer acto vestido con sombrero y gabardina alla Bogart… O sea, las Valquirias son una especie mutación benigna del tópico cinematográfico de la mujer fatal. Por supuesto, la que se perfila como la verdadera mujer fatal de esta película -que tiene como esencial atributo la capacidad de manipular con las palabras a su víctima masculina- es ‘Fricka’. A través de este personaje, Vick, conecta La Valquiria con la puesta en escena de El oro del Rin, donde ya se había revelado en toda su imponente y mezquina majestad.

Acto III. Mikhail Kit, Qiu Lin Zhang, Ana Paula Russo,
Dora Rodrigues, Ekaterina Godovanets, Andrea Dankova y Stefanie Irányi
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

Precisamente, la ‘Fricka’ de Judith Neméth fue, en una palabra, magnífica. Presa en las redes de las jerarquías y del decoro social, Neméth compone dramáticamente un papel sin fisuras, vocalmente impecable. Los otros dos vértices del triángulo de dominación femenina (parafraseando a Pierre Bourdieu: de hecho, esta crítica podría haberse titulado "Wagner según Bourdieu") sobre el que, en realidad, se construye esta Valquiria, estuvieron a la altura. Tanto la ‘Brünnhilde’ de Susan Bullock, como la ‘Siegliende’ de Anna-Katharina Behnke (esta última, consiguiendo dominar un dolor muscular agudo producido por un accidente durante los ensayos), estuvieron soberbias en sus papeles, desde el doble punto de vista vocal y dramático. Éste ha sido el estreno de Susan Bullock en el escenario del São Carlos, demostrando las razones por las que se ha convertido en una de las sopranos dramáticas más interesantes de la actualidad. El casting vocal acertó de lleno en estos papeles combinando la contundencia metálica de la Neméth, el lirismo de la Behnke y el brillo de la Bullock.


Acto III. Susan Bullock, Judit Németh y Mikhail Kit
Fotografía © 2007 by Alfredo Roch

Los elogios son extensibles a las restantes valquirias, entre las cuales voy a destacar a las dos portuguesas: Ana Paula Russo y Dora Rodrigues. Hacía tiempo que no escuchaba a la primera y fue un placer reencontrarme con el timbre inconfundible de su voz. De Dora Rodrigues y de su bella voz: siempre pienso que hubiera tenido cualidades suficientes para, con algún empeño, convertirse en una cantante de proyección internacional. Aparentemente, ese tipo de ambiciones no le tientan demasiado.

En una producción donde ‘Wotan’ parece perdido, enredado a su pesar por las decisiones que van tomando los personajes femeninos protagonistas, tuvimos una construcción de este personaje que primó por su vulnerabilidad. En este sentido el ruso Mikhail Kit compensó con sensibilidad el escaso interés que tiene su voz, contrariando, desde luego, las expectativas de quien pretendiese escuchar una composición aterrorizante del personaje. Finalmente, Ronald Samm, a pesar de su bonito timbre, fue el hilo más débil de esta representación desde el punto de vista vocal, aparentemente cansado, roto a veces en agudos. Si Kit fue vulnerable, Samm fue esforzado, también en sentido doble, positivo y negativo.

Acto II. Susan Bullock y Mikhail Kit
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

Como ya ocurrió en el montaje de El oro del Rin, reseñado en 2006 por Mundoclásico [ver crítica], el escenario montado para el efecto se situó en donde habitualmente se encuentra el patio de butacas. Además, el propio Teatro de São Carlos tiene las limitaciones -y también las virtudes- de un teatro de finales del siglo XVIII. Es un espacio centenario que ya no está para estos trotes. Gran parte de los problemas de esta puesta en escena se derivan del choque entre la utopía de acercar los cantantes al público y la realidad de las características del teatro. Las nuevas condiciones acústicas creadas por Vick perturban tanto la distribución del sonido orquestal, como su volumen, y también afectan la percepción de las voces cuando, por ejemplo, los cantantes dan la espalda a quien los escucha. Sin embargo, esta experiencia teatral y musical es tan fresca y estimulante que, para disfrutarla, vale la pena poner en suspenso parte de nuestras exigencias acústicas. No obstante, las opiniones a este respecto se han dividido.

Escena del Acto III
Fotografía © 2007 by Alfredo Rocha

Al menos, esta vez los instrumentistas no tuvieron que soportar temperaturas de cerca de 40 grados en el foso improvisado, debajo de la mencionada plataforma que, a la altura del primer piso de camarotes, hace las veces de escenario. Y lo cierto es que su prestación ha estado varios puntos por encima de la del año pasado. Asistí a la quinta representación, por lo que me beneficié de la experiencia adquirida en los días anteriores por un elenco formado en parte por intérpretes noveles de la partitura. En este caso se encontraban tanto la Orquestra Sinfónica Portuguesa como el maestro de esta ocasión, el esloveno Marko Letonja. Contando con escasos ensayos e habiendo sido incorporado en el proyecto por sorpresa, debido a la desistencia del director previamente contratado, mantuvo, no sólo la cohesión de la orquesta, sino también su moral. Respetando la centralidad de la palabra dramática en la obra, arropó a los cantantes con mimo, sin minorizar el papel de la orquesta. Evidenció con transparencia y elocuencia la red de motivos y nos brindó con magníficas sonoridades. Estos elementos se fundieron con una fluidez asombrosa, casi mágica, en el segundo acto de la obra, que fue el momento alto de la velada. Se supone que una crítica debe dar cuenta de lo que ya ha ocurrido en un acontecimiento musical concreto, sin embargo el nivel alcanzado en ese segundo acto permite presagiar resultados todavía mejores para la siguiente entrega de esta Tetralogía. Destaco, una vez más, la entrega con los que los músicos de la Sinfónica Portuguesa dieron cuenta del recado, y las excelentes intervenciones de la generalidad de los solistas.

De momento, no es posible saber si con todos estos mimbres Vick y, ahora, también Letonja serán capaces de tejer un Anillo verdaderamente redondo. Tendremos que esperar hasta 2009, fecha en la que se dará por concluida esta Tetralogía. ¡A ver cómo acaba! Sólo espero que las llamas en el Ocaso no sean tan decepcionantes como las lucecillas plasma que rodearon, al final del tercer acto, la mortaja dentro de la cual hemos dejado a ‘Brünnhilde’… durmiendo hasta el año que viene.



Este artículo fue publicado el 30/03/2007

Compartir


Bookmark and Share


Envía un mensaje
Nombre:
Comentario:
Control:
Arrastra el nombre de MOZART hasta el contenedor naranja
  • Mozart
  • Brahms
  • Beethoven
  • Wagner