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El bandido, el jugador y la dueña del ‘saloon’

Amsterdam, 06/12/2009. Het Muziektheater. La fanciulla del West (Nueva York, 10 de diciembre de 1910, Metropolitan), libreto de Guelfo Civinini y Carlo Zangarini (de la obra teatral de David Belasco), música de G. Puccini. Puesta en escena: Nikolaus Lehnhoff. Escenografía: Raimund Bauer. Vestuario: Andrea Schmidt-Futterer. Intérpretes: Eva-Marie Westbroek (Minnie), Zoran Todorovich (Johnson/Ramírez), Lucio Gallo (Jack Rance), Ronald Sadnik (Nick), Diogenes Randes (Ashby), Stephen Gadd (Sonora), Tijl Faveyts (Billy Jackrabbit), Ellen Rabiner (Wowkle), André Morsch (Jack Wallace) y otros. Orquesta Filarmónica de los Países Bajos y Coro masculino de la Opera de los Países Bajos (maestro: Martin Wright). Director: Carlo Rizzi
imagen Noventa y nueve años de esta ópera de Puccini, que se puede amar o no, que se puede considerar importante o menos, pero que es siempre interesante, no sólo por ser el segundo Belasco que adaptaba el autor luego de Butterfly, sino por ser su primer estreno en el Met (otro signo de su interés por el Nuevo Mundo; ya había ido a Argentina y Uruguay antes).

Lo que no sé es si le conviene la ironía en la puesta en escena todo el tiempo. El recurso al cine de Hollywood (legítimo por el argumento, el tono, las circunstancias mismas del estreno) ya lo había explorado Robert Carsen en su ciclo Puccini completo en Amberes y había logrado un gran momento al reservarlo para el final y para algún que otro instante anterior. Aquí la apoteosis llega al final, con el sello del león que preside la entrada de la protagonista vestida de Jean Harlow en una escalera típica de los musicales.


Fotografía © 2009 by  Het Muziektheater

No sé si el video inicial de la bolsa de Nueva York, los dólares que aparecen una y otra vez hasta llegar al final con un inmenso billete de veinte mientras el ‘sheriff’ nos apunta (¿alguna alusión a la crisis actual?) ayudan mucho a comprender ‘mejor’ o a ver ‘más en profundidad’ la obra. Ciertamente, Lehnhoff es inteligente, pero su inteligencia parece funcionar mejor, pongamos, en Schrecker o Henze que en Puccini. Que la gente se ría ostensiblemente y aplauda al cantor de baladas vestido de Elvis o de algún cantante country en la televisión, o al enorme cementerio de automóviles en que se convierte el tercer acto (tuvimos las dos pausas originales, pero forzadas por la necesidad de cambiar complicadas escenas) no parece un servicio a Puccini.

El bar ‘leather’ del primer acto con un cielo plagado de rascacielos (que se transforman en la Irlanda en tecnicolor de El americano tranquilo mientras canta Wallace) hace que uno se pregunte si estamos ante los mineros de un campo de búsqueda de oro o más bien los asistentes de un bar gay (la vestimenta y ciertos comportamientos de ‘Nick’, el encargado, avalarían esta última hipótesis, desmentida por texto y música). Mejor, en cambio, la cabaña (convertida en la caravana de una diva famosa del cine, bastante kitsch, con tele en color e imagen de la Virgen incluidas) del segundo acto a cuyos lados descansan, en primer plano, dos simpáticos bambis cuyos ojos se encienden cada vez que sube el voltaje amoroso de las escenas que se suceden.


Fotografía © 2009 by  Het Muziektheater

Pero en todo esto se pierde lo que la protagonista dice y tiene siempre presente, que la justicia no se sabe de qué tipo es, que lo que se impone es perdonar, sobre todo entre la ‘povera gente’ de su segundo arioso que, con tanta diferencia, sin embargo hace pensar en la ‘arme Leute’ de Wozzeck. En el momento de mayor tensión en el segundo acto le dice con amargura al sheriff la frase que he puesto como título (nadie se quejará de que no cito debidamente), luego de preguntar por qué clase de justicia es la que se busca obtener.

El público ríe las gracias y la sorpresa; no sé si era lo que Puccini buscaba aunque no fuera un pensador social o alguien profundamente conmovido por las desigualdades (tampoco lo era Belasco). Incluso hoy sería políticamente incorrecto el tratamiento de los indios.


Fotografía © 2009 by  Het Muziektheater

En el aspecto musical, la orquesta y el coro se desempeñaron bien, pero la primera fue más bien frenada por Carlo Rizzi en los dos primeros actos (casi inaudible el acompañamiento sordo y enervante de la partida de póquer, el mejor momento dramático de la obra), y sólo en el tercer acto se tuvo la intensidad y el lirismo requeridos (para citar un ejemplo, el tema más poético, el de ‘Or son sei mesi’, no tuvo nunca el relieve requerido, desde la introducción al aria misma).

Los comprimarios son muchos y todos estuvieron bien. Por extensión de los respectivos personajes se destacaron Sadnik, Randes y Gaad. El trío protagonista evidenció una gran diferencia entre los dos rivales y el objeto de sus deseos. Todorovich ha sido un cantante de medios interesantes; aún lo sigue siendo, y canta bien, pero en su elección de roles más pesados que los que le convienen se ve forzado a gritar los agudos, lo que no es de buen augurio para su carrera; fue un correcto bandido, pero nada memorable. Gallo es una voz más bien fea, de emisión abierta en el agudo y engolada en el grave, pero en un papel en que la composición y la expresión prevalecen logró un satisfactorio ‘Rance’ (si ‘Minnie, dalla mia casa’ no logró ese único punto de melancolía y amor que lo vuelve por un momento vulnerable y simpático, no se puede pedir que con su tipo de canto de relieve a la nota lírica y emocionada).


Fotografía © 2009 by  Het Muziektheater

La ‘diva’, cuya entrada es anunciada como la de una estrella de cine y que hace su última aparición bajo el sello del león vestida como una rubia estilo Jean Harlow, fue una excepcional Westbroek, capaz de moverse con la naturalidad y distancia requerida mientras en su canto -potente, bello, homogéneo- pasaba toda la pasión que Puccini puso en su criatura, ya fuera en los crueles agudos, los pianísimos o el registro central al servicio de un fraseo digno de una cantante peninsular de la gran escuela. De paso, se pudo comprobar cómo una sola gran figura puede sostener aún una ópera entera en medio de reservas, medias tintas y equivocaciones.


Este artículo fue publicado el 11/12/2009

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