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Las frías nevadas de junio

Madrid, 13/06/2008. Teatro Monumental. Helmut Lachenmann, narrador. Sarah Leonard y Elizabeth Keusch, sopranos. Yukiko Sugawara y Tomoko Hemmi, pianos. Tomoko Kiba, shô. Orquesta y Coro de RTVE. Matthias Hermann, director. Helmut Lachenmann: Das Mädchen mit den Schwefelhölzern. operadhoy 2008. Ocupación 60%
imagen Dentro de la extraordinaria programación que cada temporada nos presenta Musicadhoy, tiene un peso creciente el ciclo Operadhoy, dirigido por Xavier Güell y que en este su sexto año nos invita a propuestas tan interesantes como Das Mädchen mit den Schwefelhölzern (1990-96), de Helmut Lachenmann; Arbeit Nahrung Wohnung (2008), de Enno Poppe; Segismundo (2003), de Tomás Marco; o Cassandre (1994), de Michael Jarrell.

Primera ópera, así pues, del ciclo, aunque su propio autor la haya denominado ‘musik mit bildern’ (música con imágenes), Das Mädchen mit den Schwefelhölzern (La cerillera) vivía esta noche su estreno en España en formato de concierto, en la versión que Helmut Lachenmann preparó para su interpretación en el Suntory Hall de Tokio en febrero del año 2000, y que presenta ligeros cambios a lo largo de la obra, con una modificación “quirúrgica y beneficiosa” -según Lachenmann- sí muy sustancial del “… zwei Gefühle…”, Musik mit Leonardo (1992), esa joya instrumental que inserta la canícula volcánica e inhóspita meridional en un universo escandinavo glaciar en esta helada noche de fin de año, y que en la versión Tokio queda reducida prácticamente a un ligero fondo de cuerda y percusión en pianissimo dadas las dificultades fonéticas de una traducción a otro idioma del texto preparado en alemán por Gerstenberg a partir del original de Leonardo, y cuyas mayores irrupciones instrumentales ahora, de corte casi eruptivo, son algún crescendo de percusión; en la versión madrileña realizado de forma realmente impactante por parte de los músicos de la RTVE.

A lo largo de los últimos meses, Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935) ha sido una presencia recurrente en las páginas de Mundoclasico.com por diversos motivos, dando fe de su enorme relevancia en el panorama musical del presente, algo en lo que Xavier Güell se muestra de acuerdo al afirmar que la suya es “una de las voces, si no la voz, más poderosa que tiene hoy la música en estos inicios todavía titubeantes del siglo XXI”.

Das Mädchen mit den Schwefelhölzern
ocupa un lugar capital en la producción reciente de Lachenmann por diversos motivos. Para empezar, se trata de su primer trabajo para escena ‘operística’, en el que música, imágenes y gestualidad están profundamente intrincados; además, la especialización sonora en esta pieza es fundamental, con un contingente orquestal que rodea a los espectadores formando diversos grupos instrumentales; un camino que sería explorado de nuevo por Lachenmann en la extraordinaria Concertini (2004-05), y en el que se puede percibir cierta influencia del Prometeo (1981-85) de Luigi Nono, ejecutado en este mismo teatro no hace muchos años. El uso de la electrónica es también un factor diferencial respecto a obras anteriores, así como la utilización de la voz, que llevaba años ausente del catálogo del genio de Stuttgart. Junto a una ingente cantidad de técnicas de ‘música concreta instrumental’, a nivel conceptual -y a menudo fuertemente interrelacionadas entre sí de forma indisociable- encontramos una obra de fuerte compromiso político; quizás la más explícita del catálogo lachenmanniano, en un compositor siempre crítico con las sociedades capitalistas occidentales a todos los niveles, y cuya significación en esta ‘ópera-requiem’ -como la define Paul Griffiths- es clara y explícita.

Para componer su libreto -que no se desarrolla de forma lineal, sino por medios de interpolaciones y deconstrucciones diversas-, Lachenmann se basa en tres fuentes principales, que son el cuento de Hans Christian Andersen La cerillera; una combativa carta escrita en Stammheim en 1975 por Gudrun Ensslin, activista del grupo Baader-Meinhof en los años sesenta y amiga personal del propio Lachenmann antes de su detención -una suerte de cerillera moderna que pretendía desenmascarar las falacias del capitalismo y su desinterés hacia el Tercer Mundo, al tiempo que atentaba contra políticos de derecha o incendiaba centros comerciales, predicando la violencia contra la violencia y deshumanización del sistema económico y social-; y un texto deconstruido de uno de los Aforismos de Leonardo da Vinci, un escrito en el que el genio del Renacimiento habla de las ‘due cose’ (dos cosas) que éste sintió ante la oscuridad de una caverna en la naturaleza: “miedo de la amenazadora y oscura caverna, deseo de ver si allí adentro había alguna cosa de milagro”; un dualismo que, según Lachenmann, afecta especialmente a los creadores que se adentran en los territorios de lo incógnito en el terreno artístico. Este último texto es la base del citado Musik mit Leonardo, y en esta versión Tokio su dicción es mucho más rápida y continua que en la de Stuttgart, de forma que la duración del fragmento se reduce notablemente, como comprobamos esta noche en Madrid. Por otra parte, ya el pasado año, en Porto, Lachenmann me mostraba la nueva partitura que está recomponiendo para este pasaje, y en la que la voz se confía a un solo narrador definitivamente; opción ésta preferida por Lachenmann a día de hoy.

La cerillera no es sólo un recorrido por las últimas horas de la vida de una niña pobre, ni un alegato en defensa del valor ideológico de las palabras de Ensslin; es también una reflexión sobre el valor de la música y del arte para encender fósforos que iluminen nuestra conciencia y la prendan de un necesario activismo en tiempos de (inducida) pasividad colectiva en los que no escasean motivos para una acción global. No es la de Lachenmann una pieza aislada en la búsqueda de espolear nuestra (adormecida) conciencia, y quizás es por ello que el compositor alemán incluye sutiles referencias a otras obras ‘incendiarias’ de tiempos ‘pasados’, como lo fueron la Obertura Coriolano, de Ludwig van Beethoven; el acorde conclusivo de la Sexta Sinfonía de Gustav Mahler; la ‘Danse de l’élue’ de Le Sacre du Printemps, de Igor Stravinsky; el Wozzeck, de Alban Berg; el final de las Variationen Op. 31, de Arnold Schönberg; o el acorde inicial del Pli selon Pli, de Pierre Boulez; todos ellos prácticamente irreconocibles al aparecer descontextualizados y que, según Tomás Marco, aparecen en esta ópera “confrontados y asociados a la personalidad de la niña”. Cierto es que la dureza de esta obra queda un tanto ‘mitigada’ con la ausencia de su montaje visual, pero dada la fuerza y el carácter expresivo con que fue interpretada en su estreno español, estos elementos resultaron perfectamente audibles, además de favorecidos por el hecho de que parte de los textos pregrabados que suenan durante la ejecución fueran leídos en castellano, haciendo más comprensible las voces de Andersen y de Ensslin en sus diferentes intervenciones.

Como acabo de señalar, la interpretación estuvo a una gran altura, sinceramente mucho mayor de lo que esperaba a priori, en parte favorecida por el rejuvenecimiento de la Orquesta de la RTVE, así como por el intensísimo trabajo desarrollado con el propio Lachenmann en los días previos a este estreno, y por la seguridad y entrega de Matthias Hermann, un extraordinario director al que nunca había escuchado en vivo y cuya autoridad en esta música es algo más que evidente, como el propio Lachenmann me confirmaba al concluir el concierto, hablándome de este antiguo alumno suyo como una de las batutas más competentes en la actualidad para dirigir esta ópera. Pocas veces he visto a un director de música actual manejar una orquesta con la convicción y comunicatividad que esta noche he encontrado en Matthias Hermann, con un dominio total de la proyección espacial de los grupos, de sus interrelaciones sonoras (ayudado por monitores que marcaban los compases a los distintos grupos instrumentales mediante un circuito cerrado de televisión), de las dinámicas, de los elementos expresivos, de la dualidad entre visceralidad y sutilidad extremas, etc., etc., etc. Esperemos que no sea su último Lachenmann en España, si bien sus enormes dotes como director creo lo hacen válido para muchas otras obras del presente. Toda una revelación, la del director alemán.

Dispuesta alrededor al patio de butacas del Teatro Monumental formando un círculo, la orquesta se dividió en pequeños grupos, lo mismo que el Coro de la RTVE, en mi opinión por debajo en calidad interpretativa respecto a sus compañeros de la orquesta; algo más limitados por aspectos de dicción, un elemento para Lachenmann muy importante, y en la que siempre exige una fidelidad absoluta con cada fonema y con su perfecta ejecución, dada la integración que estos tienen en el entramado musical, a menudo asociados a timbres concretos, cuyo empaste y fusión cambia de no ser la vocalización perfecta.

Completando al coro en el apartado vocal, nos encontramos con las extraordinarias sopranos Sarah Leonard y Elizabeth Keusch, que estrenaron la pieza en su día y que ya la han grabado para el sello Kairos (0012282 KAI). Como podemos apreciar en dicho registro fonográfico, su dominio de las técnicas vocales demandadas por Lachenmann es absoluto, ya sea con proyecciones en el piano, con tesituras extremas, con acciones gestuales de incidencia vocal, como sus palmeos en la cara mientras cantan, etc. No sólo técnicamente su calidad es deslumbrante, sino que a nivel expresivo su canto es idóneo para la obra, al tiempo cortante, desgarrador y con cierto toque gélido y robótico. Su constante uso del diapasón dio buena muestra de la perfección de estas cantantes en la búsqueda de cada tono, de cada timbre, de su perfecta inserción en el conjunto sonoro, en el cual son dos verdaderos cuchillos que sobresalen a cada paso para cortarnos el alma con la voz de las víctimas de las diversas sociedades.

Si ya de por sí el estreno español de una obra de tal calibre es un acontecimiento de primer nivel, más aún lo es el que éste cuente con su propio compositor realizando la narración; como fue el caso del ya mencionado Musik mit Leonardo. La versión Tokio resulta mucho más sencilla a nivel instrumental, algo que habrán agradecido los miembros de la RTVE, que de esta forma se han ‘librado’ de uno de los pasajes más complejos de toda la obra de Lachenmann. Sin embargo, en esta versión es la voz la que lleva el peso fundamental del discurso musical, y en ella destacó el propio compositor con su habitual precisión y fluidez en un texto nada sencillo de recitar. Es cierto que la amplificación de este fragmento resultó algo deficiente, perdiéndose presencia de su voz; algo que no ocurrió, por ejemplo, el pasado 13 de mayo de 2007, cuando en Porto la voz de Lachenmann aparecía mucho más en primer plano, lo cual ayuda mucho al impacto que esta produce y a la reintegración/comprensión del texto en cada oyente.

Completando el elenco de este estreno español, nos encontramos a las pianistas japonesas Yukiko Sugawara y Tomoko Hemmi, dos verdaderas máquinas de precisión en cada uno de sus pasajes, destacadamente en todo el recorrido final de la obra, con sus pianos en martellato y sus acciones dentro de la caja del instrumento. Las últimas piezas de Das Mädchen mit den Schwefelhölzern: ‘Himmelfahrt’, ‘Shô’ y ‘Epìlog’ se ejecutaron de forma muy apreciable en esta velada, con unas rachas de viento helado y con una caída de la nieve sugeridas de forma muy sutil por las cuerdas de la RTVE, al tiempo que hacía aparición al fondo de la escena el shô de Tomoko Kiba, quizás la solista que menos me convenció esta noche, algo insegura en sus entradas y con una proyección sonora de este órgano de boca japonés algo entrecortada y poco uniforme.

Se trató, así pues, de una interpretación que se saldó con un buen notable por parte de las orquesta madrileña, más allá de algunas cuestiones de estilo y fluidez, algo que no está nada, pero que nada mal para una ejecución en vivo de una obra de tal calibre y con muchas de cuyas técnicas no están familiarizados estos instrumentistas, al menos por lo que a su programación anual como orquesta se refiere. Ello no nos habla sino de las buenas cualidades de esta rejuvenecida formación y de la apertura de oídos, mente y corazón de sus miembros, lo cual pide a gritos el programar una mayor cantidad de obras del presente, al contar con un potencial de este calibre. He de decir que Helmut Lachenmann se mostraba muy satisfecho al concluir este estreno español, hablándome en términos muy positivos del sonido y de la capacidad de trabajo de esta orquesta, por más que en su rostro era reconocible el cansancio producido por una durísima semana de trabajo. Ahora sería de agradecer que todo este esfuerzo no se quedara en un hecho puntual y que en conciertos venideros otras composiciones de estas estéticas fueran programadas, junto a otras de lo más diverso que den buena idea de la heterogeneidad del presente, así como de nuestros diversos pasados musicales. Se trata de un reto de altura para esta formación y para su dirección artística; un reto que los situará en el hoy de la música y del arte o que los devolverá a una rutina en la que languidecen la mayoría de orquestas españolas, aferradas a una tradición que está convirtiendo, día tras día, nuestras flamantes salas de conciertos públicas en los más retrógrados y anquilosados contenedores culturales de este país... Suerte que aún quedan iniciativas como éstas que nos regala Musicadhoy con todo su empeño y sacrificio.

Para Helmut Lachenmann, componer es principalmente un intento de superar traumas, y entre los que él sufre me consta que se encuentra la situación decadente del capitalismo en este recién nacido tercer milenio, con cuya sociedad se encuentra el compositor de Stuttgart en constante confrontación; algo que me confesaba en su día ser el reto y el motor de su vida. No sé si para los presentes en el estreno madrileño tal grado de compromiso humano y artístico es un leit motiv vital, pero desde luego sí se mostraron unánimes en reconocer la altura de la composición hoy presentada en España, con una larga y cerrada ovación que se prolongó durante minutos, después de haber mantenido un silencio lleno de interés y atención a lo largo de sus dos horas de duración... un silencio de esos que hablan de forma elocuente, y que nos transmite la madurez y altura de un público que existe y que merece más posibilidades de confrontarse a su vez con situaciones musicales, artísticas, culturales, políticas, éticas y reflexivas como la que hoy hemos vivido.

Con todas estas sensaciones en nuestro interior, partimos de un Teatro Monumental en el cual aún resonaban entre sus paredes los bloques de polispán frotados desde todos los atriles de la orquesta para recrear los efectos de la caída de la nieve, al tiempo que en el aire aún fluían lo sueños de la pequeña cerillera, emergiendo desde su cadáver congelado, olvidado en la calle en medio de la opulencia que reinaba en buena parte de Madrid en esta noche de final de primavera, mientras que veíamos a las muchas nuevas cerilleras de esta sociedad de infinitos vacíos e injusticias vagar por las calles, cubiertas por las frías nevadas de junio, despertando (espero) nuestra conciencia crítica, o al menos aferrándonos a una utopía quizás tan lejana como nostálgica, que diría el maestro veneciano de Lachenmann... Caminantes ejemplares, sin duda, creadores de una música siempre necesaria, siempre viva...

Este artículo fue publicado el 27/06/2008

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