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Frialdad nórdica

Salzburgo, 09/08/2009. Grosses Festspielhaus. Angela Denoke, soprano. Orquesta Filarmónica de Viena. Esa-Pekka Salonen, director. Berg: Tres movimientos de la Suite Lírica. Cinco canciones orquestales sobre textos de postales de Peter Altenberg, Op. 4. Bruckner: Sinfonía N. 6
imagen Los cinco programas que la Filarmónica de Viena ofrece en cada edición del Festival de Salzburgo constituyen desde hace años el gran escaparate sinfónico del certamen. Las obras en programa se deciden con mimo, igual que las batutas invitadas. Sorprende por ello que un cocktail tan complejo como el de este concierto, marcado por la altísima exigencia técnica y la falta de tirón ‘comercial’, fuese confiada a un director como Esa-Pekka Salonen, quien a pesar de sus sólidas credenciales nunca se ha identificado demasiado con el sinfonismo de Bruckner ni con la Segunda Escuela de Viena.

Y ya fuera porque el de Helsinki no se sentía en su terreno, porque faltaba alguna hora más de ensayo o porque los planetas no estaban alineados, el concierto estuvo marcado en el mejor de los casos por la irregularidad. Ya desde el comienzo del ‘Andante amoroso’ de la Suite Lírica era posible percibir cierta atonía, agravada por algún que otro desajuste. Pero lo peor vino con un ‘Allegro misterioso’ deslavazado e indiferente, sin rastro de tensión o misterio. Por suerte, el ‘Adagio appassionato’ y su trepidante crescendo final sirvieron para animar algo la situación y maquillar hasta cierto punto la pobre impresión dejada hasta el momento.

Todo apunta a que las extraordinarias Cinco canciones Op. 4 podrían haber transcurrido por caminos parecidos de no haber contado con la presencia galvanizadora de Angela Denoke, suficiente de por sí para elevar la temperatura artística de la velada drásticamente. Y eso que las cosas no empezaron lo que se dice bien, con un ataque roto sobre el agudo en la primera de las canciones: ‘Seele, wie bist du schöner’ (Alma, eres más hermosa). A partir de ahí, sin embargo, todo contribuyó a cuajar una lectura memorable por parte de la soprano alemana: sonido grande y carnoso, aunque con un punto de acidez que le va de maravilla a este repertorio, dicción perfecta, expresividad al límite del desgarro… Hasta los pasajes semi-recitados poseían una intensidad asfixiante. La culminación llegó con un ‘Hier ist Friede’ (Aquí hay paz) extático y visionario, de esos que casi paran los relojes, acaso el momento más meritorio del concierto.

Lo de la segunda parte eran palabras mayores, con una Sexta que a pesar de sus numerosos atractivos ha sido tradicionalmente ninguneada entre las grandes sinfonías brucknerianas, y que sólo comenzó a oírse con regularidad tras la reivindicación realizada en los 80 por directores como Haitink o Celibidache. Y aunque no sería justo decir que la de Salonen fue una versión mediocre -entre otras cosas porque con un sonido como el de la Filarmónica de Viena parece casi imposible hacer un Bruckner sin alicientes-, tampoco fue una versión recordable por ningún aspecto concreto. El ‘Maestoso’ inicial tuvo energía y amplitud, pero los momentos climáticos llegaban más por acumulación sonora que por un auténtico crecimiento formal. Tampoco convenció el ‘Adagio’, cuyo aliento lírico no fue mucho más allá de un sonido bello y un fraseo correcto pero sin vuelo. El ‘Scherzo’, aun siendo uno de los menos sísmicos del último Bruckner, demanda una electricidad rítmica que Salonen no fue capaz de insuflar, y por lo que respecta al ‘Finale’, se repitió la historia del comienzo: más decibelios que verdadera grandeza. Al final, ovaciones con más reconocimiento que entusiasmo, y el regusto agrio de las ocasiones desaprovechadas.


Este artículo fue publicado el 03/09/2009

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