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Apoteósico Pirata

Ancona, 28/01/2007. Teatro delle Muse, V. Bellini: Il pirata, melodrama en dos actos con libreto de Felice Romani (1827). Dirección de escena, escenografía y vestuario, Pier’Alli. Iluminación, Marco Filibeck. Mariella Devia (Imogene), José Bros (Gualtiero), Vladimir Stoyanov (Ernesto), Ugo Guargliardo (Goffredo), Luca Casalin (Itulbo), Nicoletta Zanini (Adele). Orchestra Filarmonica Marchigiana. Coro Lirico Marchigiano “V. Bellini”. Orchestra di Fiati della Banda Città di Ancona. Bruno Bartoletti, dirección. Ocupación: 100%
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Entre la enorme propuesta lírica que ofrece Italia siempre hay alguna que constituye un acontecimiento, y en los últimos seis meses Mariella Devia ha protagonizado dos: su adiós definitivo al papel de ‘Lucia di Lammermoor’ en la Scala, ya comentado Mundoclasico.com [ver crítica], y este debut como ‘Imogene’ en Il pirata de Bellini. Así lo ha entendido el público, no sólo el italiano, con llegadas de particulares desde Sicilia al Piamonte -además de los al menos cinco autobuses que colapsaban el tráfico a la salida del teatro- sino el venido del resto de Europa.

Devia no era la única atracción de la función, el propio título reviste gran magnetismo debido a la enorme dificultad de montarlo, no tanto por las exigencias del papel de la soprano cuanto por las del tenor, que tiene ya tintes míticos. Prueba de ello es, entre otras cosas, las pocas veces que se programa. Por ello al Teatro delle Muse hay que reconocerle la valentía de afrontarlo, pero sobre todo como lo ha hecho: con garantías en lo que se refiere a los tres protagonistas, hasta convertir el reclamo en un acontecimiento.

Muy comentados han sido los cortes infligidos a la partitura, considerables: se eliminaron todos los da capo de las cabalette y strette, salvo las dos escenas finales. También los coros fueron reducidos. Y digo yo, que una vez que decides montar esta ópera, y tienes los solistas que tienes, ¿por qué no representarla íntegra? O al menos ser un poco más coherentes: o se cortan todas las repeticiones o no se corta ninguna. Entiendo, en cualquier caso, que las dos últimas se mantuvieron para permitir el lucimiento de los solistas, y menos mal.

Comenzaré por la gran triunfadora de la noche, Mariella Devia. Si no me equivoco, tras la Lucrezia Borgia de la Scala era el segundo papel de Henriette Méric-Lalande que asumía sobre la escena. Sigo pensando -y soy consciente de que hay muchos que no están de acuerdo conmigo, pero otros tantos que sí lo están- que la parte no es ideal para los medios de la soprano de Imperia: incide mucho sobre un centro y un grave que no son lo mejor de su voz y requerirían un mayor cuerpo que ella, sencillamente, no tiene. En definitiva, ‘Imogene’ no se convertirá en un nuevo caballo de batalla.

Otra cuestión es, con sus medios, cómo ha cantado. Y es de obligado reconocimiento decir que cantó magníficamente: al límite de sus posibilidades en cuanto a la tesitura, no comprometió nunca la voz, que aun batiéndose constantemente en el registro medio-grave subía con facilidad pasmosa al registro agudo, tan luminoso y magnífico como siempre. Brilló en una de las condiciones básicas en Bellini, el canto legato -más todavía con los tiempos lentísimos escogidos por Bartoletti para las arias y los cantabiles de sus números con ‘Gualtiero’ y ‘Ernesto’, momentos de conjunto espléndidos- y ha estado magnífica en las coloraturas, espléndida en la alternancia de colores y la atención a las dinámicas. Si tuve la impresión de que en el Finale primo se reservó, desde luego en el segundo acto voló mucho más alta.

No estoy de acuerdo con quien no la encuentra expresiva -que es algo distinto a que resulte emocionante- porque su vía sea distinta de la que lloran “los viudos” (de la cantante del pasado que sea, no aludo a ninguna en concreto, aunque en este papel en tiempos recientes sólo dos han dejado huella indeleble), tantos de los cuales ni siquiera vieron en directo aquello que lloran. La escena final fue magnífica, 'Col sorriso d’innocenza' era espléndido, como la desesperación en 'Oh sole, ti vela'. Cuando acabó el público estalló en aplausos y bravos, cuya intensidad se duplicó hasta el delirio al levantarse de nuevo el telón. En los saludos finales el teatro, literalmente, se venía abajo.

Con todo, mi verdadera sorpresa fue José Bros. Habiéndole escuchado en diversas ocasiones, me podía hacer una idea de cómo afrontaría el papel, otro más de Rubini -después de ‘Elvino’ y ‘Arturo’ del propio Bellini (¿podemos soñar con su ‘Fernando’?) y el ‘Percy’ donizettiano (¿para cuando Marino Faliero?)- en una lista que llama la atención por la cantidad y la dificultad de los papeles asumidos y mantenidos en el repertorio. El tenor catalán no sólo ha demostrado que maneja con absoluta soltura una de las tesituras tenoriles más arduas, de latitudes estratosféricas, sino que, sobre todo, ha exhibido el cuerpo vocal que la parte requiere, en mayor medida incluso que el complicado ‘Arturo’ de I puritani (cualquiera diría que el ‘Arnoldo’ de Guillaume Tell podría estar a la vuelta de la esquina).

Además, ha cantado con un gusto exquisito -la pertinencia estilítica ya la daba por descartada a estas alturas-, con la dosis de arrojo justa para el papel, evidente a través de un fraseo de gran relieve. Son elementos que quedaron claros desde la mítica ‘Nel furor delle tempeste’, que arrancó ya una cantidad de bravos inusitada tan al comienzo de una ópera (más porque el aria no es tan conocida como ‘Celeste Aida’ o ‘Questa o quella’, se ve que el respetable sabía perfectamente a lo que iba). Tiene más mérito todavía si tenemos presentes los tiempos lentísimos que hacían de ‘Tu vedrai la sventurata’ una melodía interminable, los res naturales disparados con una seguridad de poner los pelos de punta y la fluidez de la coloratura en ‘Ma non fia sempre odiata’, muy bien variada. Magnífica prueba en definitiva -la de mayor interés a mi juicio- que, en justicia, se llevó también la ración de aplausos y bravos que le correspondía.

El tercero de este trío de ases fue el barítono Vladimir Stoyanov, igualmente estupendo como ‘Ernesto’. Con una voz homogénea y un canto sólido, de agudos firmes y agilidad desenvuelta -y bien que la requiere la parte- retrató un ‘Ernesto’ orgulloso, altivo, con un punto de crueldad al tratar a ‘Imogene’ que dieron interés a su cavatina y sobre todo al dúo del segundo acto. No es de extrañar que esté asentando una carrera internacional que sigue subiendo con cada nuevo papel, puede convertirse en un nombre importante.

Lástima que los demás elementos no acompañaran como se esperaba a tan ilustre compañía de canto. Bien en sus comentidos Ugo Guargliardo (‘Goffredo’) y Nicoletta Zanini (‘Adele’), regular Luca Casalin (‘Itulbo’). El coro, por muy comprometido que estuviera, apenas suficiente, no me extenderé más. Correcta la banda interna. Lo que nos deja la orquesta, la dirección y la puesta en escena.

Bruno Bartoletti nunca ha estado especialmente ligado al repertorio belcantista en su larga carrera -81 años son muchos años- y personalmente se me ocurren otros nombres entre los directores de orquesta italianos cuya visión me habría despertado más curiosidad. El maestro toscano se decantó por unos tiempos muy contrastados, de una enorme lentitud en las arias -que no sufrieron sin embargo caidas de tensión- y expeditivos en las strette (el Finale primo me resultó un tanto atropellado). Con la orquesta que tenía a disposición, absolutamente entregada, todo hay que decirlo, obtuvo un resultado correcto en mi opinión. En los saludos finales se le veía visiblemente emocionado, el público le reconocía como parte esencial del triunfo de la función.

Queda la puesta en escena, el elemento peor resuelto. De una parte es cierto que la falta de acción de la trama puede convertir algunos momentos en exasperantes desde el punto de vista dramatúrgico, así que éste es otro elemento más para añadir al mérito del Teatro delle Muse, que ha recurrido a un director de escena, Pier’Alli, ligado al repertorio romántico, en el que ha obtenido notables éxitos. Los medios a los que ha recurrido eran muy sencillos, un fondo perennemente grisáceo con el mar encrespado o el cielo encapotado; juegos de luces para alternar columnas o paredes y un espacio fundamentalmente libre; buena la idea de hacer participar el coro siguiendo el modelo de la tragedia griega (ya que lo tiene quieto sobre la escena, al menos que participen), aunque tenga poco que ver con el melodrama. El fallo fundamental que resta muchos enteros al resultado final es la pésima iluminación que incluso mantenía a los cantantes en las sombras durante sus intervenciones. El vestuario predominantemente oscuro (con un Bros a medio camino entre Mad Max y Matrix, Devia propia de Jane Austin) no ayudaba mucho más. Había buenas ideas, buenas intenciones, pero a mi juicio no estaban resueltas y a la postre resultó insatisfactoria. Un elemento que pierde algo de importancia si, como parece, el dvd previsto no saldrá por discrepancias.

Pero, en defintiva, qué quieren que les diga: yo sigo convencido, en la parte vocal, de haber asistido a un estupendo Pirata. Y el público también, a juzgar por su reacción apoteósica.



Este artículo fue publicado el 02/02/2007

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