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Juan Diego Flórez y el loro antillano

Valencia, 23/01/2011. Palau de Les Arts Reina Sofía. Auditori. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Wolfgang Amadé Mozart, La clemenza di Tito: Se all’impero, Del più sublime soglio. Gioachino Rossini: La gita in gondola, La promessa, Tirana alla spagnola, Musique anodine. Prélude; Il barbiere di Siviglia: Cessa di più resistere. José Serrano, La alegría del batallón: Canción y guajiras de Tajuña, ‘Aquí está quien lo tiene tó'. Agustín Pérez Soriano, El guitarrito: Serenata, ‘Suena guitarrico mío'. Rafael Calleja/Tomás Barrera, Emigrantes: Granadinas. ‘Adiós Granada, Granada mía'. Luis Gustavo Prado: Agua me daban a mí, A pie van mis suspiros, No por amor, no por tristeza. Giuseppe Verdi, Un giorno di regno: Pietoso al lungo pianto. Aforo: 1490. Ocupación: 90%
imagen Cuenta Ignacio Aldecoa que a Doña Frasquita, sesentona a principios de los cincuenta, mujer de orden y desfiles, propietaria de un estanco, asidua al teatro, a las radionovelas y amante de las partidas de julepe que con sus cuatro amigas montaba en su casa los fines de semana, le regalaron un loro antillano que sabía bastante gramática. Hasta allí se acercaban dos carcamales que coqueteaban con las señoras y todo transcurría con extremada cordialidad y camaradería, hasta que al cabo de unos días, el loro, que tan educado resultaba al principio, llegó a hacer la vida imposible a tan amigables tertulianos, opinando a grito pelado sobre la colonización española -vamos, una especie de Eduardo Galeano transmigrado. Tanto irritaba la situación a las españolísimas señoras que empezaron a discutir entre ellas y a sacar trapos sucios las unas de las otras, cosa que el dichoso loro reiteraba con sus gritos para desespero de todas. Los dos carcamales dejaron de aparecer por allí por lo que les pudiera caer. Finalmente, se dieron cuenta de que la causa de tal apocalipsis era el loro agitador y Doña Frasquita decidió llevarlo a una pajarería. Lo que sucede a partir de ahí al loro antillano, no lo desvelaré por si el lector intrigado desea acudir al divertidísimo cuento de Aldecoa.

Como en el cuento, en el recital de Juan Diego Flórez se coló un loro antillano en forma de crítico musical. El emérito, locuaz y enciclopédico colega de la prensa local, del cual no diré el nombre, sentado dos butacas a mi derecha, se encargó de airear, para medio patio de butacas, las bondades técnicas de Flórez y lo que históricamente otros habían hecho con tal o cual romanza, con tal o cual aria, tras cada una de las intervenciones del peruano. Incluso llegó a canturrear a la vez que el tenor. Que si controla muy bien la respiración intercostal y eso le permite aguantar unas frases casi eternas, que si emite sobre la máscara y no engola nunca, que si tiene unos agudos fáciles, aunque el timbre no es de los más bonitos que ha escuchado, etc., etc., etc. Por allí acudieron Alfredo Kraus, que cantaba una de las arias de tal forma y medía su inicio en corchea o semicorchea para preparar el agudo, Victoria de los Ángeles, que algo hizo con alguna de las canciones de Rossini, Carreras, Plácido Domingo…

Así, el recital se convirtió en una especie de “Ars Canendi o el arte de cantar”, programa de Radio Clásica-RNE “que tiene la voz humana como protagonista” (desconozco si la voz puede ser una cualidad no humana), en vivo y en directo, afortunadamente sin el soporífero Reverter. Y a diferencia del desastre que sucedió en casa de Doña Frasquita, los comentarios fueron recibidos educadamente, con una actitud entre exasperante y divertida, y la sangre no llegó al río. Una curiosa vecina de butaca hasta preguntó al cronista dónde escribía, pues le debieron parecer instructivos los comentarios.

Y didácticos resultaron, aunque a destiempo -y más precisos que los análisis del citado locutor-. Debo reconocer que al principio me irritaba un poco, pero después le llegué a coger el punto y no me resultó desagradable del todo. Lo único, que hubiera preferido dejarlos para una charla de después de concierto, con cerveza y picoteo, pues me hubiera gustado paladear todo lo bueno que el peruano aportó.

Me subyugó la exquisita musicalidad de Flórez; el gusto con que canta los diferentes estilos -la zarzuela como si de un tenor de los arriba mencionados se tratase, es decir, como si toda la vida se hubiera dedicado a representarla, además con un inteligente guiño al tendido en forma de romanza de Serrano-; la forma en que transmitió cada uno de los sentimientos que las piezas contienen: la sensibilidad y generosidad, a la par que determinación del clemente Tito, el amor de Almaviva por Rosina o el lastimero llanto del enamorado Eduardo en Un giorno di regno; o la frescura con la que acabó tras regalar una emotiva ‘L'amour, l'amour...Ah! lève-toi, soleil', cavatina del Romeo de Gounod, la siempre arriesgada ‘Ah, mes amis!' de La fille du regiment, en la que el público contó con regocijo los nueve do de pecho y una trepidante ‘La donna e móbile’ final.

También me gustaron mucho las tres piezas del puertorriqueño Luis Gustavo Prado, presente en la sala, de fuerte aroma criollo -quizá un guiño a su herencia musical paterna-, elaborado acompañamiento e interesante armonización en la que se lució Vincenzo Scalera, igual que en el delicioso preludio de Musique Anodine.

Al hilo de los comentarios del veterano comentarista y de lo que de la escena surgía, me dio tiempo a reflexionar -íntimamente- sobre la relación entre técnica y arte. Es paradójico, pero a la vista de la solvencia técnica de Flórez y a sabiendas de que de ahí parte todo, la facilidad con la que construye el discurso musical, eso se olvida y hace que lo técnico no se vea. De ahí que se disfrute de la música que hace: además de lo dicho anteriormente, de esos sonidos filados hasta el piano extremo en el registro que sea, de esos cambios de color en el timbre para iluminar el texto, de la corporeidad de sus agudos o de la claridad, agilidad y afinación con la que dice la coloratura.

El recital tuvo todo lo que se espera de un divo como Flórez y el público disfrutó de lo lindo, bueno, algunos no tanto, porque según se quejaban en el descanso, en la primera parte del concierto no habían oído nada, o muy poco y mal. Estaban sentados en la zona alta de la sala, anfiteatro. Fue divertido ver como parte del público buscaba los asientos vacíos en la zona baja, butaca, pues no hubo el lleno absoluto que se había publicitado -por suerte para los que encontraron sitio. En el intermedio se produjo una auténtica emigración en una sala de casi 1500 localidades, acabada hace cuatro años -con los acostumbrados retoques inmediatos a la inauguración-, con acústica de salón de actos de conservatorio decimonónico enmoquetado, oscuro y empolvado.

Aquí si que estuvo a punto de liarse como en casa de Doña Frasquita, pues los precios de la entrada no indicaban que se tratase de una zona de audibilidad reducida, como pasa en la sala principal con las zonas de visibilidad nula o reducida.


Este artículo fue publicado el 04/02/2011

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