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¿De qué iba esto de la música?

imagen ¿Puede afectar la actual crisis económica a una actividad que, como la música clásica, es tan dependiente de las aportaciones que hacen los Estados a su sostenimiento?. Tal vez sea esta una buena oportunidad para que la ‘Alta Cultura’ acometa un periodo de reflexión que le permita una supervivencia que no está, ni mucho menos, garantizada.

Ya en 1984 el crítico norteamericano Christopher Lasch (1932-1994) se quejaba de que la democratización del ocio no había conllevado la democratización de la alta cultura, tal vez hoy cambiaría de opinión al ver como se va deshaciendo la madeja ideológica que ha llevado a la música clásica al limbo de un interesado aislamiento social.

Los conocimientos acumulados en los últimos años por disciplinas como la Sociología, la Antropología o la nueva Musicología no permiten mantener el antiguo autismo de conveniencia. La música clásica, al igual que el resto de las expresiones artísticas, ha devenido política y se ha hecho social. Así, el tabú que impedía relacionar el gasto en la música con las inversiones en la atención sanitaria se ha quebrado, y hoy críticos culturales como John Carey, de la Universidad de Oxford, no encuentran mayor obstáculo en definir el arte culto como “el que agrada a una exclusiva minoría cuyo estatus social la exime de la lucha por la supervivencia”.

¿Y la esencia musical?


El Romanticismo acuñó la expresión ‘El arte por el arte’, que permite la legitimación institucional de la música, como señala Thomas Regelski, profesor emérito de la Universidad de Nueva York. Las cuatro palabras clave que servirán para definir la música en el siglo XX serán "estética, desinterés, libre y puro". La música instrumental, que hasta el Renacimiento era la propia de las clases más bajas, pasó a ser considerada “la más autónoma y soberana de las artes debido a su relativa abstracción de la naturaleza y libertad de los conceptos”. El Romanticismo culmina así el ideal del ‘hombre galante’ de la Ilustración: universalmente culto, formado en los gustos y “capaz de entender los términos teóricos, con el fin de discutir sobre música con entendimiento", como había fijado Kant.

Surge entonces en Francia el culto a la sistematización del conocimiento musical, cuya estrategia es “analizar, reducir la música en partes; agrupar estas partes de acuerdo a sus similaridades; y etiquetar pendiendo nombres”. Y así nace el ‘catecismo’ del buen melómano, compuesto de toda esa jerga musical que ha llegado hasta nuestros días: filato, legato, fiato, forma de sonata, agógica, rubato. Palabras mágicas para mantener a un populacho, demasiado ocupado con ganarse la vida, lejos de la sala de conciertos. Hagan su propio test con lo que se leía en un programa de mano del Festival de Música de Canarias: “... con una armonía cromática fácil de captar, cuyo factor dominante es el tritono, del elemento humano representado por una armonía diatónica". Ni el erudito autor sabía lo que estaba diciendo.

La defensa

Solo hay un problema con este paradisíaco planteamiento. La ‘exclusiva minoría’ a la que se refería Carey no tiene suficiente dinero para pagar los excesos musicales: los 40.000 euros de Joshua Bell por un solo concierto en el Auditorio Alfredo Kraus de Gran Canaria, el cuarto de millón de euros por noche de la Filarmónica de Berlín en el Festival de Música o los dos millones de euros para cuatro noches, sin alcanzar nunca el lleno, del Anillo de Valery Gergiev en el Teatro Pérez Galdós. Solución: que lo paguen todos los contribuyentes.

La financiación vía impuestos obliga a responder a dos preguntas: ¿Es la música clásica un bien de interés general? ¿Contribuye en algo al bien común? Como en otros sectores donde las subvenciones parecen obedecer a caprichos políticos, la poderosa industria de las relaciones públicas lucha por mantener el ‘status quo’: el arte por el arte no debe saber nada de política, ni de dinero. Puede que las mujeres española no puedan alcanzar la igualdad por falta de un sistema público de guarderías y centros de atención a las personas dependientes, ¡pero, en cambio, tienen a Wagner!

La contestación a los ‘defensores de la cultura’ no viene de la socialdemocracia, tan amante de snobismos y elitismos como liberales y conservadores. Ni siquiera llega desde selvas ignotas, sino de los propios círculos universitarios. Regelski expone su punto débil: “Si la música como arte fuera tan evidentemente valiosa como dicen los músicos y educadores musicales, su importancia para la sociedad no tendría que ser continuamente defendida.” Y es que no es tan sencillo demostrar de manera convincente cómo la ‘Cabalgata de las Valkirias’ puede mejorar el sistema de pensiones.

Atletismo vocal

 “¿Cómo explicar (justificar, en el sentido económico) las enormes inversiones, aportadas muchas veces por el erario, que son necesarias para sufragar a los divos, si no fuera porque su divinidad se constituye gracias, precisamente, a esas grandes inversiones?”, se pregunta el filósofo el Gustavo Bueno en su libro El mito de la Cultura: “No quiero decir que los melismas o fermatas de un divo de ópera carezcan de todo interés (aunque no sea más que desde el punto de vista del atletismo vocal). Lo que afirmo rotundamente es que el valor intrínseco de esa cultura selecta es prácticamente nulo y que el  atletismo vocal de un divo de ópera no tiene más importancia (ni tampoco menos) que el atletismo muscular de un héroe de halterofilia”.

Tal vez, después de todo, esta crisis suponga el mejor servicio que la política haya prestado en los últimos años a la música pomposamente llamada ‘culta’: ha ayudado a que los contribuyentes que llevan años pagando la 'Alta Cultura', comiencen a hacerse las inocentes preguntas de ¿Para qué sirve una orquesta?¿De qué iba esto de la música?

Este artículo fue publicado el 14/11/2008

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