Castilla-La Mancha

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El mago de la expresividad

Cuenca, 10/04/2006. Iglesia de San Miguel. Ludwig van Beethoven, An die Hoffnung, op. 49. Sechs Gellert-Lieder, op. 48. Frank Martin, Sechs Monologes aus Jedermann. Darius Milhaud, Poèms Juifs, op. 34. Antonín Dvorkák, Biblische Lieder, op. 99, B 185. Dietrich Henschel, baritone. Michael Schäfer, piano. Asistencia, 60%.
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Resulta un tanto pintoresco contemplar un Steinway  sobre una tarima dispuesta en el transepto de una iglesia del dieciocho bajo la trompetería de un órgano, y a su vez, a un personaje como Dietrich Henschel con su figura esbelta y su rostro, de expresividad resaltada por luces cenitales. Esta fue la puesta en escena y el escenario que albergó al séptimo de los conciertos de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, de nivel musical bien alto y de marcados y variopintos contrastes, propiciados por un espacio como el que brinda la ciudad manchega.

El de Dietrich Henschel y Michael Schäfer fue un concierto extraordinario del que los propios intérpretes salieron muy satisfechos. Desde la elección del programa, pasando por supuesto por la interpretación, el espacio y un público silencioso y entregado, todo fue sublime. El repertorio elegido tenía que estar vinculado a la temática del festival centrada en músicas religiosas, místicas o sagradas. Y aprovechando esto, los intérpretes optaron por una música de gran variedad, riqueza y belleza, además de gran originalidad con la elección de lieder de compositores mas conocidos en otras facetas, como ocurre con todos ellos.

Henschel es un barítono de timbre más bien oscuro, que domina por encima de todo el control sutilísimo de los matices y que sabe extraer de cada palabra un sinfín de significados y expresiones. Su técnica es asombrosa y hace que el paso de registro sea imperceptible. Además, es capaz de cantar en los pianísimos más delicados y de emitir un chorro de voz de una gran potencia cuando la música lo requiere. Pero como complemento a este control de su aparato vocal, Henschel sobrecoge y llega aún mucho más por su talento dramático. Antes de comenzar a escuchar ninguna nota es capaz de transmitir y de crear un clima determinado o de convertirse, literalmente, en el personaje que tenga que interpretar. De su figura esbelta, imponente, con una enorme presencia, y su mirada penetrante y géstica corporal, uno no se puede escabullir.

Técnica y dramatización están dispuestas en todo momento al servicio de una musicalidad que se centra en la máxima expresión de la palabra cantada. En este sentido, la música de Frank Martin con textos de Hofmannshtal le vino como anillo al dedo. Música de recitativos sobre sonoridades oscuras y disonantes del piano que estremece con sus silencios y su concentración de la emoción. En Ach Gott, wie graust mir vor dem Tod (¡Ay, Señor, cómo me espanta la muerte!), el segundo de los lieder de Martin, el barítono llegó a cotas de altísima tensión en un texto que habla de la angustia ante la inevitable muerte. O en el cuarto de ellos, So Wolf ich ganz zernichtet sein (Bien quisiera estar aniquilado) en donde sobre la palabra Qual (tormento) Henschel recurrió a un piano súbito que luego hinchó hasta llegar a un fortísmo provocando incluso el sobresalto de los asistentes.

Más ligero en cuanto a densidad dramática por las propias características de la música fue el Beethoven, a excepción del lied An die Hoffnung (A la esperanza), con que comenzó el concierto. En éste último los cambios de humor son continuos y las posibilidades expresivas de texto y música son muy amplias, y sobre todo mayores que en el ciclo Sechs Gellert-Lieder (Seis canciones de Gellert) que fueron interpretados tras él. Funciona como un monólogo dramático y comienza con un recitado plagado de silencios que enfatizan las preguntas sobre la existencia o no de Dios.

La segunda parte del concierto estuvo destinada a Milhaud y a Dvorák. En Milhaud, gran parte de las piezas funcionan con un acompañamiento de ostinati sobre el piano. Michael Schäfer desplegó su habilidad para crear diferentes colores tímbricos sobre el teclado. Se trata de un pianista que conecta perfectamente con Henschel y que busca antes que nada decir cosas con la música. El entendimiento entre ambos fue perfecto y el balance fue impecable entre el piano, con la tapa levantada al máximo, y la voz.

Y para terminar, los Biblische Lieder de Dvorák, que sorprenden a quienes los escuchan por primera vez debido el talento del compositor más bien poco conocido para este género. Estas piezas, de una bellísima factura y de gran expresividad, ofrecieron a los intérpretes toda una gama de posibilidades. El control de los matices alcanzó aquí un punto brillante en el concierto. El final de la sexta canción en un registro agudo y pianísimo fue asombrosamente bello, o los casi imperceptibles Vater del mismo. En estas piezas, para nuestro gusto las mas interesantes, junto a las de Martin y a An die Hoffnung de Beethoven, el piano pudo desplegar todo un abanico de coloridos y de matices. Los intérpretes celebraron sus aciertos con un abrazo emotivo mientras la gente aplaudía con emoción al final del concierto. Der Schrei der Wachtel de Beethoven fue la propina con que nos obsequiaron.

Haciendo promedio de los siete primeros conciertos del festival que hemos podido presenciar, y exceptuando el bache del primero, tengo que manifestar mi gran satisfacción por este ciclo. El nivel de los intérpretes, la variedad en la programación que va desde estrenos absolutos al Triduo Sacro y la misa gregoriana para el día santo de Pascua, además del encuadre geográfico que brinda esta ciudad, hacen que sea ésta una semana muy atractiva para los amantes de la música. Después de un gran concierto, uno puede asistir a las turbas. O puede presenciar una procesión con sus cofrades desfilando en brillantes trajes coronados por el afilado capuz y ver al poco un espectáculo bien diferente, de hombres transportando un Steinway por las encrespadas cuestas de las calles tortuosas. Su éxito lo puede avalar la presencia del público que llenó el aforo de los siete primeros conciertos a los que asistimos, prácticamente al 100%, salvo en éste último en que hubo menos gente. En cualquier caso, felicidades.



Este artículo fue publicado el 21/04/2006

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