Valencia

Mundoclasico.com » Criticas » Valencia

La peligrosa doma del trombón

Alicante, 10/09/2008. Casino. Carlos Gil, trombón. Ricardo Climent, electrónica. Electroacústica LIEM. José Iges: Music Minus One II: Alegrías. Voro García: Multaqa. Cuando el desierto deja aflorar... Alejandro Trapero: Sult op.26. Gabriel Brncic: Relumbre. Ricardo Climent: Voyages Extraordinaires: Le Gyrosbone. Asistencia: 40 personas aprox.
imagen Carlos Gil es un trombonista sobresaliente y un avezado intérprete de música contemporánea, con un evidente interés por la experimentación. En Alicante se presentó con un programa de algo más de una hora de duración, con cuatro piezas de bastante elevada exigencia técnica. Conociendo un poco las características del trombón, solamente el hecho de sobrevivir físicamente a este maratón ya resulta admirable. Y sus interpretaciones resultaron, en todo momento, muy convincentes desde el punto de vista de quien no conoce las obras con anterioridad.

Tras la tan inofensiva como divertida Music Minus One II: Alegrías de José Iges -un breve chiste musical en el que una voz informática tipo loquendo va impartiendo graciosas instrucciones al instrumentista, con música flamenca de fondo-, llegaron los dos estrenos de la jornada, ambos encargo del CDMC. El primero fue Multaqa. Cuando el desierto deja aflorar..., de Voro García, pieza en la que “líneas difuminadas y suspendidas en el espacio recorren un determinado paisaje sonoro -según el autor-. Líneas a mezza aria como horizontes suspendidos construyen el discurso sonoro de esta obra. Se recorren dimensiones distintas como expansión orgánica de un germen inicial: superposición de materiales que se despliegan como en un caleidoscopio, gravitaciones polifónicas, islas de sonidos, ‘teatro de la imaginación’..., en busca de un cromatismo sonoro.”

¡Qué pasada! Pero lo cierto es que las islas de sonidos fueron un tanto rutinarias, bastante previsibles dentro del estilo elegido por García; las dimensiones distintas que recorrimos no destacaron por una articulación sutil, transitando entre secciones de forma un tanto obvia o fácil; y las gravitaciones polifónicas tampoco resultaron especialmente llamativas, a pesar de su expresividad un tanto inflada. Los horizontes suspendidos de la parte electrónica, bien realizados, tampoco pudieron elevar el interés de una propuesta correctamente realizada pero un tanto aburrida.

Aunque quizá esta impresión fue causada por la flagrante comparación con la obra que llegó después, la absolutamente brillante Sult op.26 de Alejandro Trapero. Se trata de una música de escucha muy exigente y, además, los derroteros poéticos que transita no son especialmente alegres, inspirados por la atmosfera un tanto obsesiva de la novela a la que rinde homenaje, Hambre de Knut Hamsun. Pero, al margen de gustos personales, lo cierto es que tanto la parte instrumental como la electrónica -especialmente esta última- están excepcionalmente bien realizadas, Trapero maneja con maestría y discreción un buen número de recursos que le permiten sacar adelante el discurso de una manera coherente y convincente y, además, y lo más importante, consigue imbuir al oyente de ese sentimiento algo desolador que sobrevuela toda la pieza. Como experiencia puede ser algo deprimente, pero, desde luego, también intensa.

A los estrenos les siguió Relumbre, de Gabriel Brncic. Y, como casi siempre me ocurre con las músicas del argentino, me pareció una obra de impecable factura pero de un arduo formalismo -a pesar de que aquí, según se extrae de las notas, da cabida a una cierta indeterminación-. En Relumbre hallamos nuevamente la sobria imaginería electroacústica tan carecterística de Brncic y que tan bien sabe realizar. La parte de trombón también está escrita con pericia y conocimiento. Dicho lo cual, Relumbre me sonó un tanto anticuada.



Momento del concierto
©2008 by Xavi M. Miró

El recital de llegó a su fin con Voyages Extraordinaires: Le Gyrosbone, de Ricardo Climent, quien también se encargó de las partes electrónicas durante todo el recital. Explica el autor que “el Gyrosbone [Gyroscope-trombone] es un instrumento híbrido que trasciende los aspectos puramente mecánicos del trombón como son las siete posiciones de la vara o la mera inclinación y giro del instrumento. Mediante tecnología de sensores incorporados al trombón y con ayuda computacional, la interpretación tradicional del instrumento tiene ahora un impacto en su resultado sonoro que puede sutil o dramático.” Había podido ver anteriormente instrumentos de viento con sensores, pero estos solían reaccionar a la presión de las teclas o al roce. Pero este Gyrosbone reacciona, por ejemplo, a la luz que entra por la campana, al ángulo en que se encuentra el instrumento sobre su habitual posición horizontal o a su cercanía con respecto al suelo. Es interesante porque la calidad del resultado musical depende, más que de la técnica interpretativa, de la coreografía del intérprete, ya que el gyrosbone, como artefacto, parece funcionar muy bien. Carlos Gil se peleó con un trombón gruñente, que realmente parecía tener vida propia visto como respondía sonoramente a cada movimiento al que le sometían. Tras diez minutos de fiera pelea, el gyrosbone finalmente murió sobre el suelo con un grave ronquido perdiéndose en la lejanía. Fue una propuesta original y embaucadora, muy bien escenificada por Carlos Gil.


Este artículo fue publicado el 23/09/2008

Compartir


Bookmark and Share