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El Ricci maduro, más interesante que el primer Verdi

Federico Ricci: Corrado d’Altamura, drama lírico en un prólogo y dos actos. Libreto de Giacomo Sacchèro. James Westman (Corrado, conde de Altamura), Dimitra Theodossiou (Delizia), Dimitry Korchak (Roggero, duque de Agrigento), Ann Taylor (Guiscardo Bonello), Andrew Foster-Williams (Giffredo), Mark Wilde (el marqués Albarosa di Navarra; un caballero), Cora Burggraaf (Margarita), Camilla Roberts (Isabella). Geoffrey Mitchell Choir. Philarmonia Orchestra. Roland Böer, director. Jonathan Stokes y Andrew Hallifax, ingenieros de sonido. Un disco compacto (DDD) de 79 minutos de duración, grabado en el Henry Wood Hall, Londres (Reino Unido) en junio de 2008. Opera Rara ORR 246. Distribuidor en España: Diverdi.
imagen La impagable labor de Opera Rara en la recuperación de títulos no siempre fundamentales en el repertorio, pero desde luego siempre claves para el mejor conocimiento de ese mosaico musical que es la primera mitad del siglo XIX italiano, tiene uno de sus puntos fuertes (aunque ¿cuál no lo es en realidad?) en la colección Essential Opera Rara. Los cinco lanzamientos anteriores (del propio Federico Ricci La prigione d’Edimburgo; dos Mercadantes: Zaira y Maria Stuarda; Meyerbeer: L’esule di Granata; Paër, Sofonisba, los tres últimos ya reseñados en Mundoclasico.com) hacen pensar en un interés parcial de cada ópera en el catálogo general de su compositor -con la excepción de Sofonisba, aunque aquí el riesgo comercial era muy alto- como confirmarían de alguna manera los ensayos que los acompañan. No sería ciertamente el caso de este Corrado d’Altamura, considerado por el experto musicólogo Julian Budden la obra seria maestra de su compositor, según escribe en el New Grove Dictionary of Opera.

Personalmente, aun entendiendo que no se puede grabar todo, por más que nos gustara -a la casa discográfica la primera, me consta- en esta colección de selecciones mantendría obras menores de interés relativo de autores consagrados (como los Mercadante, el Meyerbeer y el Ricci que hasta ahora la integran; I Normanni a Parigi del primero que se graba estos días, pero también algún Pacini) pero no ciertamente óperas de la entidad y el juicio que merece este caso concreto. O quizás otros autores menores como Alessandro Nini (La marescialla d’Ancre), Carlo Coccia (Rosmonda d’Inghilterra, Maria Stuart), Nicola Vaccaj (¿qué tal Giovanna Grey?). En cualquier caso, las piezas que integran los tres volúmenes de 100 Years of Italian Opera sugerirían multitud de títulos (a bote pronto pienso también en autores como Michele Caraffa o Giovanni Mayr, aunque este último ciertamente no puede calificarse de autor menor y está espléndidamente representado por Opera Rara con Medea in Corinto y Ginevra di Scozia).

Vaya por delante que considero que Corrado d’Altamura no es una “nueva obra maestra olvidada”, como ocurre con tantos títulos desempolvados de la mano de una de las muchas Renaissance, no siempre recuperados con las garantías musicológicas y musicales necesarias. Pero se trata de una ópera de madurez de incuestionable interés, superior, sin duda, al de algunos títulos donizettianos y verdianos primerizos que han merecido representaciones y grabaciones, y de vez en cuando aun se asoman a los escenarios; de hecho, el catálogo del segundo está íntegramente registrado y títulos como Giovanna d’Arco o Alzira cuentan con varias grabaciones comerciales cada uno, con repartos de primera fila. Para el bergamasco hay demasiados títulos, incluso de madurez, que todavía esperan su oportunidad en condiciones (Les martyrs sin ir más lejos).

La memoria musical contemporánea de Federico Ricci está ligada a la ópera cómica que escribió con su hermano Luigi Crispino e la comare, culmen de la carrera de ambos y cuya aria ‘Io non son più l’Annetta’ cantaría de manera sistemática y grabaría varias veces al principio de su carrera la gran Joan Sutherland. La ópera conoce una única grabación comercial (hasta donde conozco) de bastante interés en el sello Nuova Era. Pero dado el sistema de trabajo de ambos hermanos resulta difícil saber qué aportó cada uno de ellos.

De manera individual Federico recibió la atención de Opera Rara con el segundo volumen de esta colección, La prigione d’Edimburgo, obra perteneciente al género semiserio que ofrecerá un oportuno contraste con la presente a quien quiera profundizar en el arte de su autor. En todo caso, considero que Corrado d’Altamura es un producto mucho más interesante, no sólo porque la música es menos convencional, sino por la originalidad de las soluciones aportadas a un libreto con una trama que resultará conocida a más de uno -el argumento es el mismo de Oberto, conte di San Bonifacio, la primera ópera de Verdi-. Su autor, Giacomo Saccherò ha pasado a la historia por alumbrar asimismo el texto de la Caterina Cornaro donizettiana, aunque con menor fortuna que en esta ocasión, sinceramente: la fuerza de las situaciones dramáticas que ofrece este Corrado habrían hecho las delicias de todo compositor de la época.

Ricci concentra la tensión dramática con un recurso muy particular, presente desde el breve preludio: alternar el fortissimo y el piano de manera repetida. No faltan tampoco los ostinati, como en el dúo -no podía faltar- entre soprano y mezzo en el primer acto; todos estos recursos no pasarían de ser meramente efectistas si no sostuvieran ideas melódicas interesantes, agradables y con clara intención dramática, como ocurre en el interesante final del primer acto con su correspondiente concertato, o el dúo entre los protagonistas, ‘Delizia’ y ‘Roggero’, que cierra la ópera en su versión revisada.

Probablemente Ricci quiso aprovechar al máximo las cualidades que le ofrecía el primer reparto, con cantantes que se han hecho un nombre en los anales de la ópera italiana decimonónica: no tanto por la protagonista, Luigia Abbadia -descrita más habitualmente como mezzosoprano, aunque cantara en ambos registros- recordada como ‘Inès’ de Maria Padilla de Donizetti y como ‘Giulia’ de Un giorno di regno de Verdi, como por los demás cantantes. El tenor, Carlo Guasco, descrito como tenore di grazia, protagonizaría en 1843 y 1844 los estrenos de I lombardi alla prima crociata y Ernani, lo que haría pensar en una voz más lírica; más conocido es Felipe Varesi, creador del papel de ‘Antonio’ en Linda di Chamounix del bergamasco y primer Rigoletto y ‘Giorgio Germont’ para Verdi. Por último, aunque la selección haya recortado mucho su intervención, Marietta Bambrilla está más ligada a Donizetti, habiendo sido la primera ‘Maffio Orsini’ y ‘Pierotto’.

El reparto reunido por Opera Rara, aunque desigual en los resultados, cumple de manera eficaz -como poco- con los cometidos asignados: Dimitra Theodossiou es una soprano irregular que tan pronto es capaz de proporcionar retratos entre notables y sobresalientes -Anna Bolena, Roberto Devereux, Norma- como no supera la medianía -el reciente dvd de Lucrezia Borgia-. Por fortuna su ‘Delizia’ recoge una de las grandes prestaciones de las que es capaz, gracias a un buen estado vocal, una interpretación matizada, involucrada desde el punto de vista dramático, atenta como siempre al fraseo. Estando en gran forma podría ser la sucesora de Nelly Miricioiu en la casa para los papeles más dramáticos.

Por su parte, Dimitry Korchak tendrá una voz demasiado ligera para ‘Oronte’ o ‘Ernani’, pero para este ‘Roggero’ sobra y basta. Con un timbre incisivo, un canto musical y una línea cuidada -se nota la frecuentación del bel canto inmediatamente anterior- sale más que convincente con un personaje cuya vocalidad le conviene más que ciertas partes rossinianas que requieren otro tipo de flexibilidad.

Aunque por motivos diferentes, encuentro menos adecuado -aunque sin desfigurar el resultado final- el rendimiento de James Westman y Ann Taylor, si bien ambos tienen claramente a su favor la juventud y la frescura de sus voces. El barítono canadiense posee una voz poderosa, en realidad no tiene necesidad alguna de forzar su canto -en ocasiones estentóreo, a costa de la dicción- para transmitir autoridad. Hubiera sido deseable una interpretación más matizada, sobre todo teniendo en cuenta que representa una figura paterna. Por el contrario, Ann Taylor canta muy bien, aunque considero que como mezzo es demasiado ligera para recrear la vocalidad de reflejos más contraltiles de Marietta Bambrilla, algo evidente sobre todo en el registro grave. A su favor cuenta con la uniformidad de los registros y consigue que el dúo con la Theodossiou fluya como debe, evocando el antecedente evidente de ‘Norma’-‘Adalgisa’.

El Geoffrey Mitchell Choir participa con la excelencia acostumbrada, como la orquesta Philarmonia, que vuelve a confirmar una vez más su categoría. El tremendo juego de dinámicas, tan bruscas como solicitadas, queda puesto plenamente de relieve, ofreciendo el oportuno contraste con el canto de los intérpretes a la vez que subraya el drama que representan: se erige por derecho propio en protagonista de la grabación. Es de imaginar que en el resultado final tendrá que ver la mano del director alemán Roland Boër, que busca por todos los medios ofrecer una visión vibrante, confirmando las buenas críticas obtenidas tras el debut en el Covent Garden con La flauta mágica el año pasado.

Como en los demás volúmenes de la colección, el libreto se ofrece íntegro en inglés e italiano, acompañado del habitual historial de representaciones elaborado por Tom Kaufman y el ejemplar ensayo de Jeremy Commons. Y como es norma de la casa, la presentación no tiene rival en el mercado discográfico. Obligado para todo coleccionista.


Este artículo fue publicado el 05/06/2009

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