Francia

Mundoclasico.com » Criticas » Francia

Sic itur ad astra

París, 26/06/2004. Opéra de Paris, Palais Garnier. Capriccio (Munich, Teatro de la Opera de Baviera, 28 de octubre de 1942), libreto de C. Krauss y R. Strauss, música de R. Strauss. Intérpretes: Renée Fleming (Condesa Madeleine), Franz Hawlata (La Roche), Dietrich Henschel (el Conde), Anne Sofie von Otter (Clairon), Gerald Finley (Olivier), Rainer Trost (Flamand), Anna Maria Dell’Oste y Barry Banks (dos cantantes italianos), Petri Lindroos (Mayordomo), Robert Tear (Monsieur Taupe) y otros. Escenografía: Michael Levine. Vestuario: Anthony Powell. Puesta en escena: Robert Carsen. Orquesta de la Opera de Paris. Dirección: Günter Neuhold
imagen

Si alguien por ventura recuerda algo de su latín, sabrá que la frase -tomada de Virgilio- durante mucho tiempo se utilizó, en el llamado mundo occidental, para indicar el camino que hay que recorrer para llegar a la excelencia. En la ópera que nos ocupa hoy, es un agudo dificilísimo para el pobre ‘La Roche’ que lo canta en medio de la disputa por el sentido y fin del teatro en general y del cantado en particular. A Hawlata, que es un bajo y no bajo-barítono, no le salió muy bien, aunque su interpretación fue de notable alto en lo vocal y escénico. Pero eso no es lo más importante. Lo importante es que esta reposición con nueva puesta (e iba a ser el debut en ópera de Thielemann en París, pero al final no lo fue, ignoro muy bien por qué) marca el final de los nueve años que el trasatlántico de la lírica francesa estuvo regido por las expertas manos de Hugues Gall que, con ella, se apuntó su último triunfo (y uno de los mayores, si no el más grande). Un verdadero hombre de teatro, un ‘La Roche’ me sentiría tentado de decir, quien deja como títulos más representados Tosca y Bohème (de ninguna de las dos recuerdo versiones apasionantes) tuvo el coraje y la visión de despedirse con la última obra de Strauss, esa meditación tan debatida -por el momento en que la realizó- sobre palabra y música y sobre la ópera en particular.

No es un título fácil ni popular, y sin embargo el cuidado que se puso en prepararlo hizo que fuera realmente titánico conseguir una entrada y la defección de Thielemann no hizo mella. Ayer seguía colgado el cartel “todas las representaciones agotadas” y afuera había caza y captura de entradas, algunas vendidas a precios también astrales. Pero es así como debe hacerse esta -y cualquier otra, pero sobre todo esta clase- ópera, espejo del género, reflexión, duda, ironía, crueldad, frivolidad y enorme amor y entusiasmo. Que todo eso, como el soneto que se repite una y otra vez, ya fusionadas palabra y música para siempre, es esta “conversación en música” de casi dos horas y media sin intervalo que se pasaron como un suspiro.

La puesta se confió a Carsen, un hombre inteligente que puede ser muy desigual en sus resultados, pero que esta vez hizo la que hasta la fecha -junto con su Alcina- considero su trabajo más notable (como lo tenía justo adelante -y hago notar que la obra se estrenó el 16 de junio, porque para seriedad es todo un signo- me permití al final apretarle fuertemente los hombros). Como la vida que defiende Capriccio - esa “evasión” en tiempos tremendos que, oh casualidad, se pone a ensalzar un momento -la Ilustración- y un país -Francia- como signo de búsqueda de nuevos puntos de partida y de nuevos reencuentros (la “armonía” se nombra mucho)- la ópera no empezó ni terminó propiamente: se vio la preparación, luego entró el ‘Mayordomo’ llevando a la ‘Condesa’ a un puesto entre el público para que escuchara el espléndido sexteto “inicial”. Y todos nos convertimos en la ‘Condesa’ y en los otros, y el escenario era, claro, una sala y el salón que justamente eran las bambalinas y la sala del propio Palais Garnier.

Al final, en el intermedio sinfónico de la noche de luna, bajó el telón -el famoso telón del teatro- y cuando volvió a subir había varios telones idénticos que conducían a una lejana sala -la “nuestra”- en la que ante un gran espejo, de espaldas a nosotros, se miraba la Condesa, que, terminado ese monólogo genial, se convertía en la soprano que hablaba con tramoyistas y empleados de la Ópera.  Mejor evocación de la ópera como género que se piensa a sí mismo y que nos refleja, mejor “espejo”, imposible. Van a hacer un DVD, pero dudo de que puedan captar la atmósfera de la sala.

Aunque ha hecho del monólogo final una de sus especialidades en concierto, Fleming no había abordado, hasta donde se me alcanza, la parte en su integridad. Puede mejorar en claridad de articulación de su alemán, podrá ahondar aún más la parte, pero lo que hizo fue, sencillamente, memorable. La voz lució tan sana, dorada, esmaltada que era casi demasiado (y supongo que es el pecado que tiene que expiar la artista ante quienes consideran algo superfluo una voz bella constantemente y blindada por su técnica) y la artista fue refinada, coqueta, con un punto de artificio sin llegar a extremos, y de un porte tan soberano y seductor en sus dos elegantísimos vestidos, que justificaba que los dos artistas -y no sólo- estuvieran locos por ella. También fue inteligente (y mucho más que eso) dar la oportunidad de hacer algo nuevo y especial a quien desde 1990 con otra ‘Condesa’ (la de Mozart) ha sido una de las glorias mayores de la Opéra. Regalo en todo caso recíproco, como el público se encargó de recordarle con una ovación interminable al final.

El siguiente triunfador fue Hawlata y de él ya he hablado. Hubo también muchísimos bravos para la magnífica ‘Clairon’ de Von Otter: una artista inmensa, de dicción impecable y gran expresividad aunque la voz no parezca ya contar con la lozanía de antes. Henschel superó con su actuación e inflexiones las limitaciones de un timbre poco agraciado para el ‘Conde’. Lindroos cantó un ‘Mayordomo’ de lujo y Tear hizo de su ‘cameo’ como el traspunte el momento único que debe ser (en esta ópera caben todos, hasta los sirvientes, como se encargan de decir un tanto escandalizados los propios sirvientes- todos muy en carácter: como para que les gustara a los jerarcas del partido…). De los dos pretendientes, salió mejor parado el poeta -un Finley entusiasta y espontáneo, con un canto entregado y sin problemas- que el músico (Trost sigue evidenciando tiranteces y problemas de emisión en la zona aguda, aunque fue un excelente actor). Los dos cantantes italianos (como siempre en Strauss, cuánta ciencia y cuánta nostalgia de los otros “estilos”) fueron dos graciosos y muy capaces Barry Banks y, sobre todo, la debutante Anna Maria Dell’Oste.

Neuhold, que llegó para las funciones de junio (en julio las dirigirá Schirmer), no lo hizo mal, pero, contando con una orquesta perfecta, dirigió más bien un Strauss de la primera época, áspero y fuerte, contraviniendo el texto de la ópera. En cualquier caso, salí (y no fui el único, me consta) mejor como ánimo y como persona del teatro, mirándomelo con una familiaridad que pocas veces había sentido. Es difícil que una obra “pasatista” pueda provocar esas sensaciones por mejor que esté puesta. Y eso es justicia reconocérselo a Gall como mérito. Al final de este recorrido, sumando y restando, ha dejado un teatro en plena marcha y con grandes aciertos. Que el último sea quizás el más grande es como para agradecer y seguir creyendo en la posibilidad de la ópera cuando se la hace como debe hacerse, cuidando todos los elementos y por empezar el musical. Chapeau y telón.



Este artículo fue publicado el 01/07/2004

Más información


Esta foto se publica por cortesía del Teatro. Copyright by Eric Mahoudeau

Compartir


Bookmark and Share


Envía un mensaje
Nombre:
Comentario:
Control:
Arrastra el nombre de MOZART hasta el contenedor naranja
  • Mozart
  • Brahms
  • Beethoven
  • Wagner