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Un bello cierre de un interesante Ciclo

Madrid, 02/03/2011. Fundación March. Ciclo “Tradición y vanguardia en la música latinoamericana (1930-1970)”. Ángel Luis Quintana, violoncello; Carmen Martínez-Pierret, piano. Programa: Heitor Villa-Lobos, Divagação para piano y violoncello, y Sonata nº 2 para violoncello y piano OP. 66; Cláudio Santoro, Sonata nº 2 para violoncello y piano (estreno en España); Alberto Ginastera, Pampeana nº 2, Op. 21; Astor Piazolla, Le grand tango. Asistencia de público: lleno
imagen Como suele hacer, la Fundación March ha organizado en paralelo una exposición plástica (en este caso, América fría. La abstracción geométrica en Latinoamérica, 1934-1973) y un ciclo de conciertos relacionado con aquella. En este caso, el ciclo ha constado de cuatro veladas, a cargo de Claudia Yepes, soprano, y Duncan Gifford, piano; Trío Arbós; Humberto Quagliata, piano; y este que aquí reseñamos. Ante la imposibilidad de trasladarnos los cuatro días a Madrid, escogimos la sesión de clausura, por la magnífica conjunción de sus dos intérpretes, por su programa en conjunto, y porque era la única vez, en todo el ciclo, que se producía un estreno en España (del no muy conocido entre nosotros Cláudio Santoro). Y ciertamente que no nos arrepentimos de nuestra elección.

Tras la breve (3:50 min) Divagaçāo para piano y violoncello (1946) de Heitor Villa-Lobos (1887-1959), sonó su Sonata nº 2 para violoncello y piano, Op. 66  (1916), de 32 min de duración. Se trata de una pieza de amplia extensión y gran despliegue, de estilo romántico tardío, sin huellas nacionalistas ni aspiraciones vanguardistas. Cuatro movimientos, según la tradición del género, pero con predominio de la expresión rapsódica sobre una planificación “clásica”. El primero, 'Allegro moderato', se abre con una extensa introducción pianística romántica: Carmen Martínez-Pierret muestra en ella su exquisita sensibilidad. Hay algo de singular, muy poco frecuente, en esta pianista: ante el teclado, se sumerge en un “trance” contagioso (como el que experimentó quien esto escribe, viéndola y oyéndola), que parece hacer brotar la música de otro mundo, de su fondo oculto, arcano. Ese comienzo da paso a un hermoso tiempo cantabile del cello con acompañamiento de arpegios, que nos sirve con precisión y delicadeza Ángel Luis Quintana, brillante y hondo solista de la ONE. Hay “parejas” musicales cuasi “milagrosas”, y esta es una de ellas. Prosigue el movimiento con ornamentaciones de la melodía, que se desarrollan incesantemente, unificadas no obstante por la permanencia de las texturas. El segundo movimiento, 'Andante', es nuevamente introducido mágicamente por el piano, y se expande en un ambiente sereno, a ratos nostálgico, impregnado de ese sentimiento intraducible que en portugués se llama saudade. De manera fuertemente contrastante, el movimiento siguiente, 'Scherzo', muestra una vitalidad rítmica continuamente renovada, a veces entrecortada, con leves reposos. El virtuosismo, more decimononico (pero qué conmovedor) del piano llega hasta los tuétanos del alma. El 'Allegro vivace sostenuto' final construye un motivo rítmico en el que juguetea un tema lineal de la cuerda, sostenido por los arpegios del piano. Qué dos grandes intérpretes, que obra más rica (más en el campo de la tradición que en el de la vanguardia, pero ¡cuánta belleza!).

Y de la música aún algo tradicional, a la vanguardia brasileira de post-guerra (la Segunda Mundial): Cláudio Santoro (1919-1989), no muy conocido entre nosotros, pero sí en su país. De tendencias ideológicas izquierdistas, en 1947 viaja a París para estudiar con Nadia Boulanger, después de que en los EE.UU. de Norteamérica le negaran el visado para perfeccionarse allí con la beca Guggenheim que había obtenido. De ese año es la Sonata nº 2 para cello y piano, escrita probablemente en la capital francesa; obra que refleja, como otras de ese período, su adhesión a las técnicas atonales y dodecafónicas introducidas en Brasil por el alemán Hans Joachim Koellreutter (1915-2005), emigrado, huyendo de los nazis, al país sudamericano en 1937, con el que estudió Santoro en 1940-1941. En 1948 participa como delegado brasileño en el II Congreso Internacional de Compositores y Críticos Musicales realizado en Praga, y se “pasa” a los postulados del realismo socialista, basado en su caso en elementos de músicas populares del Brasil; estilo en el que compone hasta 1960, año de la inauguración de Brasilia como capital, adonde Santoro se traslada y fija su residencia hasta su muerte en 1989 (con estancias en Berlín y en Baden-Baden, Alemania Occidental, y viajes como Director invitado a numerosas Orquestas de Europa y todas las importantes brasileñas). En Brasilia se convierte en el compositor “oficial” de la nación: funda el Departamento de Música y las Orquestas de Cámara de la Universidad de la nueva capital, las Orquestas Sinfónicas de Rádio Club de Brasil, el Teatro Nacional de Brasília (rebautizado, por Ley, en 1989, pocos meses tras su muerte, como Teatro Nacional Cláudio Santoro); recibe numerosos premios y distinciones (ahora sí bastantes de USA, y de todo el mundo). Póstumemente, se crea, en 1995, la Associação Cultural Cláudio Santoro, y es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Brasilia en 2005. En suma: junto con Heitor Villa-Lobos y Francisco Mignone (otro desconocido para nosotros), la “trinidad” de los compositores de Brasil del siglo XX, en la que Villa-Lobos tiene mayor proyección internacional y Santoro más “reconocimiento” oficial nacional (la nueva capital, Brasília, frente a la antigua, Río de Janeiro; bueno, hay una Sala Villa-Lobos en el Teatro Nacional Cláudio Santoro). Aunque las comparaciones son odiosas, para nosotros el primero es Villa-Lobos; pero tampoco creemos justa, de ningún modo, nuestra ignorancia sobre Santoro.

Esta Sonata nº 2 para violoncello y piano (la segunda de cuatro para estos instrumentos), debido a esa ignorancia, ha sido, como hemos señalado, el único estreno en España de todas las obras interpretadas en este Ciclo. De una duración aproximada de 17 min, está dividida en tres movimientos, y sigue la premisa primordial de ser un objeto musical autónomo, sin referencias nacionalistas ni programáticas explícitas. El primer tiempo, 'Allegro moderato', parte, esencialmente, de un material atonal desplegado en un arpegio ascendente y descendente del piano compuesto por intervalos de novena menor intercalados, con los que la pianista sostuvo, con levedad y densidad al mismo tiempo, la línea del violoncello. Los papeles se invierten antes de desarrollarse en una acción concentrada, de emotiva expresividad. La exposición introduce progresivamente, aunque sin sistematizaciones seriales, la totalidad cromática, mediante interacciones de sonidos. El segundo movimiento, 'Lento (Recitativo)', se relaciona con el anterior a través de la conservación de sus intervalos característicos y la mayor jerarquización de cuartas y quintas, que renuevan la sonoridad del conjunto. El 'Allegro' final, comenzado vigorosamente, presenta un “estribillo” que aparece entre episodios siempre diferentes (algunos muy desarrollados en sus elaboraciones, sus cambios métricos y de tempo), a la manera de un rondó. La pieza de más difícil escucha de todo el recital para el gran público, pero que mereció la pena ser conocida, sobre todo por la extraordinaria comunión musical de los dos intérpretes.

El resto del programa fue pura delicia. Ya grabada por Ángel Luis Quintana y Carmen Martínez-Pierret, en el CD Requiebros (ver reseña publicada en Mundoclasico el 17/12/2009), Pampeana nº 2, Op. 21 (1950), -unos 9 min de duración- de Alberto Ginastera (1916-1983) tiene -decíamos en esa reseña- "toda la tensión, la hondura y la intensidad de la inmensa Pampa. Un mundo rudo y grandioso, en el que la cadencia del cello es contrastada por el ritmo del piano, en una galopada gauchesca contra el ‘pampero’, temible viento de las llanuras, como tormenta en el océano terrestre. Ahí se alteran los límites de la percepción, hasta alcanzar el trance de la inmensidad, peligro fascinante del que no se quiere salir”. Pues bien: si esta obra, en la grabación discográfica (que seguimos recomendando) produce esas emociones, en la audición directa se multiplican en intensidad y delicadeza por obra y gracia de esta pareja musical, para nosotros ya un dúo “clásico” de cello y piano a tener muy en cuenta. No siempre se encuentran combinaciones semejantes.

Y lo mismo podemos decir de la última obra del concierto, presente también en el mencionado CD. “Para terminar el viaje, del campo sin fin a los suburbios porteños. Astor Piazzolla (1921-1992), viajero de Norteamérica y Europa, pero siempre (hasta para morir) de regreso a Buenos Aires, experimentador y creador del “tango contemporáneo”. Su “cosmopolitismo rioplatense” le hace titular, en francés, el año 1982, uno de sus grandes tangos: Le Grand Tango (unos 12 min) para cello y piano, que dedicó a Rostropovich, quien no la estrenó hasta ocho años más tarde. De carácter marcadamente sinfónico, esta obra es la cumbre de la “arquitectónica” piazzolliana: la unión de la gran forma desarrollada y de la más prístina autenticidad bonaerenase: trágico, violento, atormentado, lírico, febril, hasta el torbellino final: de la mano el piano y el cello, desembocan en el huracán urbano, contrapunto de la tempestad pampera”. En ese punto, fin del recital, Carmen y Ángel Luis nos dejaron, definitivamente, sin aliento. Una velada inolvidable.

Este artículo fue publicado el 19/04/2011

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