Castilla y León

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Lo que el vendaval se llevó

Valladolid, 16/04/2010. Auditorio de Valladolid. Eldar Nebolsin, piano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Lionel Bringuier, director. Salonen: Helix, para orquesta. Prokófiev: Concierto para piano y orquesta nº 2 en Sol menor, op. 16. Dvořák: Sinfonía nº 7 en Re menor, op. 70 / B 141. Ocupación: 80% de 1700
imagen Un programa que incluya composiciones que a la mayoría del público que acude a los conciertos de la OSCYL no van a entusiasmar no está reñido con el éxito, siempre que se sepa elegir y ubicar los elementos del cóctel. Ni la obra (2005) de Esa-Peka Salonen ni el Concierto para piano nº 2 (1913) de Prokófiev suscitaron reacciones entusiastas, siquiera por el virtuosismo que exigen ambas composiciones. No así la Sinfonía de Dvořák (1885), llena de reminiscencias populares pegadizas que facilitan el disfrute y la ovación del público asistente.

Helix es una pieza potente que combina los sonidos desinhibidos encomendados esencialmente a los metales con una estructura rígida de ritmos sincopados y superpuestos que la dotan de una especie de obstinada y siempre audible coherencia interna, sin momento de respiro alguno. Se trata de una obra muy técnica, en la que puede ser complicado lograr la preeminencia de los elementos rítmicos esenciales, donde la cuerda tiene mucho que decir. La de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León no es demasiado sólida, y si a eso le sumamos que Bringuier es un director al que le gusta explotar todas las posibilidades dinámicas posibles, tenemos una combinación muy expresiva pero desequilibrada. Falta compactar y diferenciar el sonido de las familias, definir y matizar las líneas para conseguir más refinamiento técnico y que la información llegue al público sin que trate de imaginar lo que está diciendo la cuerda o las maderas (de nuevo ‘música visual’, como mencioné en mi anterior reseña, dedicada al Parsifal de la Semperoper: sabemos que tocan porque se ve que tocan).

En el lado positivo tenemos que Bringuier sabe sacar partido a los puntos fuertes de la orquesta, y tiene la suerte de que éstos casan muy bien con las cualidades que lo han convertido, pese a su juventud, en un notable maestro: la exactitud rítmica y la potencia sonora y expresiva. Así, aunque a veces se ‘comió’ a Eldar Nebolsín, el Concierto n.º 2 de Prokófiev dejó buen sabor de boca, pues se exprimieron al máximo todas las inusuales combinaciones tímbricas y se supo contrastar, en rapidísima sucesión, los estados anímicos que contiene una obra concertante cuyo efecto improvisatorio en realidad está perfectamente calibrado. Nebolsin, después de interrumpir su interpretación al comienzo porque al parecer algún elemento del piano no estaba perfectamente encajado, y superar algunos momentos de duda seguramente provocados por este hecho inusual, firmó una versión estupenda, muy en la estela del carácter antirromántico, satírico y juguetón de la obra, pero sin olvidar esos momentos de reposo llenos de colorido. Técnicamente, impresiona la ‘gimnasia’ del solista en este concierto, y Nebolsín, pese a algunas notas falsas casi inevitables, dejó patente su espectacular mecánica y precisión (no tanto variedad) en el ataque.

El estilo de Bringuier, anteriormente glosado, funciona muy bien en las obras ‘de largo recorrido’ del romanticismo y siglo XX, pero quizá las simplifica en demasía. Es decir, el efecto se consigue siempre, pero es el mismo efecto. Con Dvořák lo anterior es evidente: ritmos subrayados y metales algo sobredimensionados, con una buena organización del discurso musical pero sin demasiadas sutilezas. Tengo la impresión de que no faltan ideas, sino algo más de reposo, o ensayos. Dvořák, además, no es Brahms, ni siquiera una perpetua fiesta, y aquí sonó, para entendernos, como una perpetua fiesta brahmsiana. Faltaron chispa, encanto, guiños o melancolía. Los tempi fueron vivísimos, a veces en exceso (segundo tema del cuarto movimiento), con lo que tampoco hay espacio para definir los ambientes y así el gran final no consigue el efecto de lo que, al contrario, haya sabido prepararse con mayor paciencia. No hay tiempo para que las maderas fraseen, por ejemplo. Sin embargo, es imposible permanecer ajeno a toda la esforzada energía y el entusiasmo que despliega Bringuier y su orquesta, si exceptuamos a algunos violines primeros, tan estáticos como siempre (una lástima); y la de esta sinfonía es una música que se presta perfectamente al vendaval de esta interpretación ciclónica y a su éxito asegurado. Dependiendo de la circunstancias puede ser la mejor opción, sin duda.


Este artículo fue publicado el 26/04/2010

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