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Un Caserío desconcertado (que no desconcertante)

Oviedo, 31/03/2012. Teatro Campoamor. El Caserío, comedia lírica en tres actos con música de Jesús Guridi y libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw. Estrenada en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el 11 de Noviembre de 1926. Producción del Teatro Arriaga de Bilbao en coproducción con el Teatro Campoamor de Oviedo: Pablo Viar, dirección escénica; Daniel Blanco, escenógrafo; Jesús Ruíz, figurinista; Juan Gómez Cornejo, iluminación; Eduardo Muruamendiaraz, coreografía. Reparto: Javier Franco (Tío Santi); Mikeldi Atxalandabaso (José Miguel); Ana Nebot (Ana Mari); Alberto Núñez (Txomin); Izaskun Kintana (Inosensia); Itxaro Mentxaca (Eustasia); Lander Iglesias (Manu); Antonio Rupérez (Don Leoncio); Vicente Bustillo (Niño); Alicia Secades (Niña). Coro Capilla Polifónica de Oviedo. Aukeran Dantza Konpainia. Orquesta Oviedo Filarmonía. Marzio Conti, dirección musical. XIX Festival de Teatro Lírico Español Oviedo 2012. Ocupación: 95%
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El Festival de Teatro Lírico Español, con sede en Oviedo, sigue realizando una gran labor de difusión de un género como la zarzuela que, duele decirlo, cada vez es más difícil de ver programada en condiciones aceptables en cualquier casi teatro de nuestro país. Desde luego, programar una temporada de cuatro títulos a buen nivel medio supone un esfuerzo muy encomiable; y el público llena el teatro como prueba de que sigue habiendo hambre de lírica española.

En esta ocasión se ofreció El Caserío, de Guridi; una zarzuela grande, que solo ha comenzado a imponerse en los escenarios en los últimos años, en parte gracias a la presente producción procedente del Teatro Arriaga de Bilbao, en coproducción con el Teatro Campoamor. Una puesta sencilla y funcional, que acierta al plantear la historia en dos espacios -interior y exterior-, mediante una escenografía muy útil firmada por Daniel Blanco, de la que el director escénico Pablo Viar se sirve para crear alguna escena de gran plasticidad. Es un acierto, en este sentido, disponer ocasionalmente al coro en unas gradas desde las que hacen las veces de coro griego mudo, como queriendo manejar los destinos de los personajes; también es muy efectivo el recurso de hacer reaparecer a Ana Mari al final al fondo y junto a un árbol, en una escena que recuerda -salvando las distancias- a Gone with the Wind. Ayuda no poco en este aspecto la iluminación de Juan Gómez Cornejo.

Es un montaje ágil en el planteamiento -la obra se ofrece reducida a lo esencial, con muchos cortes en el texto hablado y sin solución de continuidad-, que cuida que el espectador siempre tenga a dónde mirar, e integra inteligentemente los números de danza a la acción, sin que necesariamente pasen siempre a primer término -las coreografías las firma Eduardo Muruamendiaraz-. Sobra algún gag excesivamente infantil que no aporta nada -la “pesca” de la partitura de la romanza del barítono-, pero, por lo demás, la propuesta funciona francamente bien.

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Hubo elementos de interés en el reparto vocal. Javier Franco no disimula en escena que es demasiado joven para resultar creíble en un rol como el Tío Santi, pero hay que decir que es un cantante que, vocalmente, está en un momento muy interesante: de sonido redondo, bien timbrado y con bello color indiscutiblemente baritonal, que hace justicia a su complicada partitura. Hay además también intentos importantes por cuidar la matización, que no siempre se consiguen, porque obviamente no es fácil plegar a sutilezas un instrumento de esta importancia. Hay que perdonarle un despiste puntual en su dúo con Ana Mari -que le hizo perder momentáneamente la afinación-, y solo se le podría reprochar una tendencia más o menos generalizada a cambiar algunas vocales; algo que quizá debería revisarse. Con todo, la voz, indiscutiblemente, está; y se agradece tener una voz de enjundia en estos repertorios.

Gran función de Mikeldi Atxalandabaso, que, aún sin poseer un instrumento especialmente atractivo, firmó sin embargo un José Miguel vocalmente elegantísimo, forjado en una sólida técnica, con una cuidada línea de canto y cuidado en los efectos: el ascenso al agudo es muy fácil, la media voz está muy bien trabajada, y fue generosamente aplaudido -con toda justicia-tras su romanza 'Yo no sé qué veo en Ana Mari', pues consiguió poner de relieve una página que quizá no sea de lo más inspirado de la partitura. En los concertantes saltaron chispas con Franco. La voz, además, está muy bien proyectada. Un tenor que avanza con fuerza como una firme realidad dentro del panorama español: esta función volvió a corroborarlo una vez más. Escénicamente, se notó que se divertía.

Como Ana Mari, Ana Nebot hizo valer su inteligencia como cantante para abordar un rol que a priori quizá pueda resultar demasiado lírico para sus medios naturales de lírico-ligera de timbre luminoso. Así, a las notas más graves va sin temor pero con cierta prudencia, por otra parte, perfectamente comprensible. A pesar de todo, es una cantante inteligente, y se nota que el papel está trabajado; puesto que supo dosificar medios y cantar con elegancia y musicalidad -su mejor arma-. Al agudo asciende segura, y dejó detalles de elegancia en su romanza del tercer acto, 'En la cumbre del monte', coronada con una sfumatura muy bien ejecutada sobre el agudo final.

En el resto de personajes hubo ante todo un grandioso elenco de actores cómicos. Itxaro Mentxaca -interesante contralto en otros repertorios, especialmente el barroco-, se encargó de la parte de Eustasia -fundamentalmente hablada-, de la que hizo una creación que, a falta de dejarla cantar, la consagró como una extraordinaria actriz cómica. También Izaskun Kintana realiza una descacharrante creación de Inosensia, la hija de Eustasia, en lo actoral, aún cuando su material vocal parezca más bien limitado. En cualquier caso, esta cierta carencia quedó sobradamente compensada por su creación del personaje. También el Txomin de Alberto Núñez funcionó a las mil maravillas como personaje; vocalmente, empezó muy flojo, pero se entonó a partir del segundo acto, donde sacó un buen partido de su dúo con José Miguel, 'Chiquito de Arrigorri'. Como Manu, Lander Iglesias supo aprovechar sus breves intervenciones para aportar un plus de comicidad a la acción. El resto del reparto -Antonio Rupérez, Vicente Bustillo y Alicia Secades- cumplió sin problemas en cometidos menores.

Más bien desigual la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo -mejor en el interno inicial que en el resto de la función, donde surgieron esporádicos desajustes de afinación y empaste especialmente en las cuerdas masculinas-.

Problemas serios en el foso. Primero porque Marzio Conti demostró ser bastante ajeno a la música de Guridi: una música de marcado carácter regional, que debe llevarse en la sangre, y que es difícil de entender casi para cualquier director no vasco; más aún para cualquier director foráneo como es este caso. No es el caso del maestro italiano, que tuvo muchos problemas para llevar a tempo los muchos zortzikos presentes en la partitura, que a menudo quedaron alicaídos –y, dicho sea de paso, descuadrados con respecto al tempo del conjunto de baile-. Quizá esta notoria falta de control sobre la partitura fuese una de las causas principales de que el maestro descuidase a unos cantantes que tuvieron que buscarse la vida: nada pudo hacer por ejemplo para ayudar a Javier Franco cuando se perdió, y no siempre planteó los tempi más idóneos para facilitar el canto. No dudo de su capacidad para otros repertorios más afines a la tradición, pero desde luego esta zarzuela no parece haberla entendido del todo, y su contratación -por más que sea el nuevo titular de la orquesta- no parece demasiado acertada. Al margen de todos estos aspectos, habría que señalar que tuvo un detalle bastante feo al cortar bruscamente el aplauso de la romanza de Ana Mari, haciendo entrar a la orquesta antes de que terminase. En el foso, la Oviedo Filarmonía hizo lo que pudo visto el panorama, sin poder disimular algún problema de empaste en cuerdas -cosa que empieza a ser por cierto marca de la casa-.

El público -que prácticamente llenaba el teatro- disfrutó, aplaudió generosamente y mostró que hay ganas de zarzuela, y un público potencial como para programar zarzuela de calidad no solo en Oviedo, sino casi en cualquier punto de España. La iniciativa de la temporada estable de Oviedo -prácticamente la única ciudad española que tiene actualmente algo de este estilo, excepción hecha claro de Madrid con el Teatro de la Zarzuela- debería hacer reflexionar a muchas otras ciudades: el público quiere zarzuela, es necesario programarla y se puede -y se debe- hacer en condiciones.



Este artículo fue publicado el 07/05/2012

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