Memoria viva

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Mi Colón

imagen Conocí por primera vez el teatro Colón -un mito en Buenos Aires, mi ciudad natal- en la legendaria temporada del cincuentenario (la de Beecham, Vinay, Taddei, Schöffler, Stella, Labó, Brouwenstijn, Lorengar, por mencionar a algunos y olvidándome sin querer de muchos otros, y circunscribiéndome a la opera). No llegaré -no lo deseo tampoco- al sesquicentenario, en el caso de que llegue para el gran teatro. Demasiadas fechas simbólicas para pasarlas por alto o en silencio, como sería quizá lo más sabio u oportuno.

En aquel lejano entonces no podía suponer que fuera a convertirse en uno de mis lugares más frecuentados y favoritos, donde me encontraba “bien” (aunque me enfadara por esto o aquello). De haberlo supuesto, no habría imaginado que iba a llegar al centenario con el monumento cerrado y en estado más que preocupante (no me refiero sólo a los trabajos pendientes o interrumpidos, ni a la parte material o física, con todo y ser la base del resto, como sucede con nuestro cuerpo). Tampoco en mis momentos de imaginación más febril habría podido adivinar que haría mucho tiempo que no viviría en la Argentina.

Pero ahora que llega este centenario sobrio a la fuerza (por decirlo de algún modo), y sin querer agregar leña a la hoguera de lamentos, críticas, protestas, justificaciones -creo que todo es parcialmente o casi totalmente cierto- y para que nadie me espete “no tenés derecho a hablar porque no vivís aquí” (como ocurrió durante la infausta y lamentable guerra de las Malvinas), simplemente voy a evocar ‘mi’ Colón, ese que sin duda pertenece al pasado, a la historia y la leyenda, y que, como todo pasado, no vuelve por irrepetible. Si se repite, no lo digo yo sino Marx, la historia no lo hace como tragedia sino como farsa. Que, modestamente, me parece que es lo que le pasa no sólo al Colón sino a mi país de origen. Las culpas, que tendemos a adjudicar a los últimos o penúltimos, vienen de más lejos, y los errores acumulados acaban por llevar a callejones sin salida. Claro que si además se le agrega la actitud de ‘laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même’ (que me permito no traducir), además de inquietud se puede sentir angustia.

Porque el Colón es un viejo amigo, un pariente querido, un excelente maestro o profesor que incluye entre sus ejemplos el de las malas lecciones o las opciones equivocadas. Real como la vida misma, aunque con el dinero del contribuyente (tal vez le haya llegado la hora de seguir el camino -distintos a su vez pero en la actualidad convergentes- de la Scala, el Liceu, el Real, o incluso, más lejos de su posición histórica, Viena o Berlín).

Para mí fue todo eso, pero sobre todo me enseñó. A oir, a ver, a escuchar por mí mismo; sobre todo a ser curioso, a preguntar, a ver qué era ese pasado glorioso y qué otras cosas había en ese presente rico en el que ya no todos los que contaban estaban presentes, o no con tanta frecuencia como ‘antes’. Alguno de sus directores fue memorable (por lo general, no suelen serlo los mismos que se dedican al oficio en algunas de sus especialidades). Eran las épocas de los doce a catorce/quince títulos, aunque alguno fuera un oratorio. La época en que debutó Nureyev de la mano de Fontayne y en compañía de la malograda Norma Fontenla, el mismo teatro al que el gran Rudolf volvió para una de sus primeras coreografías (¿la primera?), un Cascanueces que además bailó con los solistas y cuerpo de baile estable del teatro (recuerdo agradecido para Olga Ferri, su partenaire).

Cuerpos estables. Qué buenos eran, cuánto trabajaban y ensayaban, qué buenos directores tenían. Nunca hubo un director de orquesta estable, pero supongo que estaba cercano el recuerdo de Erich Kleiber, y todavía tengo presentes a un joven Bartoletti, a Leitner, a un no tan joven Gavazzeni, a Previtali, a Molinari-Pradelli (muy por encima de algunos extranjeros que al parecer gozan de fama internacional tan sólo en la Argentina). Todos veían y vieron, hasta que a alguien se le ocurrió quitarlo de su sitio inicial (y natural) el ‘lema’ del gran Erich: “La rutina y la improvisación son los dos enemigos mortales del arte.” Parece que, de no verlo, todos lo hemos olvidado. Los que tratamos de no olvidarlo, sólo podemos ser, al parecer, espectadores dentro o fuera de un país del no me acuerdo que está extendiendo su ejemplo al mundo.

Y hablando estos maestros y los que los precedieron, y alguno que los sucedió, y en general de los artistas extranjeros, casi todos llegaban invitados por su propio peso (tal vez no siempre justificado), pero raramente para obtener o devolver favores (era imposible que algún artista de cierta importancia debutara en Chile sin pasar también por Buenos Aires; desde hace mucho más que dos años, ese es el caso, incluso en figuras de, tal vez, segunda magnitud pero sólidas).

Tomen ustedes, por ejemplo, la temporada 1962, rubro sopranos: se iba Victoria de los Ángeles (concierto y ópera), pero simultáneamente estaba Régine Crespin (idem, además de cantar la Marsellesa el 14 de julio antes de la representación -estreno sudamericano- de Pénélope de Fauré: ¿cuándo se repitió? Ciertamente, sin garantías mejor no repetir las cosas). Cuando empezábamos a añorarlas, debutaba Amy Shuard en Macbeth (agosto era el mes de las tres óperas verdianas); luego venía el ciclo alemán (cuatro a cinco títulos por temporada) y entonces llegaban Birgit Nilsson y Gré Brouwenstijn para la Tetralogía wagneriana completa (la primera producida por el Teatro, que la repetiría en 1967. Desde entonces, ¿cuántas veces y a qué nivel se dio el Ring completo? ¿Por qué se interrumpió el último, que iba al ritmo de un título por año?). Además, ahí estaba el Wotan de Hans Hotter para compensar el tosco Sigfrido de Hans Hopf, que hoy quizá valoraríamos más. Todavía veo ojos incrédulos cuando hablo de esa Tetralogía a mis amigos europeos…Ese era el Colón que no podía faltar en la agenda de ningún gran artista. Hace mucho que no es así.

Y ya han visto, si han leído detenidamente, ballet, ópera, concierto (de cámara, sinfónico, vocal). Sábados por la tarde de solistas instrumentales y vocales, lunes por la noche de orquesta sinfónica.

La ‘mala’ temporada de 1966 hoy sería de primera o de segunda alta no sólo en Buenos Aires; y debe su 'fama' prácticamente a una desdichada Aida, con nombres ciertamente, menos en dos casos, más importantes que la ahora anunciada para 2010, y programada en principio para estas fechas, porque con ella se inauguró en 1908 el Teatro. “Aida, dove sei tu? Possa tu almeno viver felice e la mia sorte orrenda sempre ignorar". Ojalá que esa frase maravillosa no sea de mal augurio.

El gesto más emotivo que le recuerdo a Muti fue, en el centenario de la muerte de Verdi, señalar el lugar destinado para el nombre del gran compositor, que está justo en el centro, sobre el foso, aunque no sea el que tiene más espacio (excelente símbolo de como era, tal vez, el ‘gran Vegliardo’). Aprendí a amar y a respetar a los grandes músicos gracias a los grandes artistas. Arrau, Szering, Kempf, Walewska, Segovia, Richter Haaser, Karl Richter, Magaloff, lista absolutamente incompleta y escasa y para nombrar instrumentistas que aún no he tenido tiempo. Las grandes orquestas invitadas con sus directores (casi siempre por el mérito del Mozarteum o de Amigos de la Música).

Muchas de aquellas interpretaciones siguen siendo para mí -y no sólo, ni sólo para los 'coloneros' porteños- referencia absoluta (no puedo ver un ‘Radamés’ sin que se me superponga la cara y la voz de Bergonzi, un ‘Scarpia’ sin las de Taddei; para qué voy a hablar de las ya nombradas sopranos, o de Berganza, o de Gedda, que me hicieron descubrir mundos y actitudes artísticas). Sin esa política de excelencia sin carnet ni amiguismos -lo que es propio de mediocres o menos que eso- nunca los habría conocido; sería no sólo, con mucha probabilidad, otra persona, sino, seguramente, más pobre. Y pese a la distancia, al tiempo transcurrido, a que vivo en otros países y acudo con mucha más frecuencia que nunca a los teatros de ópera y concierto (por ahora he abandonado el ballet), saludar y agradecer tanta cosa buena o meritoria o importante (vayan a dar un repaso a los títulos de 1965, además de los repartos) ‘a media luz’ no sólo causa pesar o rabia. La ‘ausencia con aviso’ del Colón, como su decadencia comenzada y acentuada no hace un año ni tres, empobrece incluso de lejos, y ensombrece cualquier perspectiva, no sólo del a vida cultural, del mundo lírico, de Buenos Aires, o de la Argentina. Para hablar en términos de gramática, ya que empecé hablando de presentes y pasados, se trata de un sujeto tácito de pretérito pluscuamperfecto y de futuro, si lo hay, y en el mejor de los casos, imperfecto.

Este artículo fue publicado el 30/05/2008

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