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Leonidas Kavakos, Orfeo seductor

Frankfurt, 12/01/2006. Sinfoniekonzert del hr-SO. Leonidas Kavakos, violín solista. Sarah Fox, soprano. hr-Sinfonieorchester. Tadaaki Otaka, dirección musical. György Ligeti, Atmosphères, pieza para percusión y gran orquesta. Felix Mendelssohn Bartholdy, Concierto para violín y orquesta en mi menor, op. 64. Gustav Mahler, 4ª Sinfonía.
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Contrariamente a lo que uno hubiese esperado, la Cuarta sinfonía de Mahler no fue el punto cumbre al concierto del pasado doce de enero. El gran momento musical fue el Concierto de violín de Mendelssohn, una obra de madurez y de brillante factura musical para solista y orquesta. En la charla con Kavakos previa al concierto, éste destacó las cualidades de la pieza concertante diciéndome que no hay absolutamente ninguna duda sobre cualquier nota, la disposición y el material musical empleado. Se trata de un concierto que se toca de un solo golpe con un discurso musical que avanza con una lógica perfecta. El Concierto, compuesto por Mendelssohn en 1844, es sin duda exponente del elaborado romanticismo musical. Una de las cualidades es que las partes orquestales como en el final del ‘Allegro molto vivace’ son de verdadera complicación pues los instrumentistas tienen que acompañar el tema en varias voces instrumentales, cosa que le resultó a la orquesta un verdadero placer al poder musicar junto con un solista que pertenece a la actual élite internacional de su instrumento.

Pero en realidad habría que preguntarse qué es en realidad lo que distingue a un excelente solista de otro quizás no tan bueno. La diferencia es más que palpable y obvia, se trata simplemente de cómo hace sonar su instrumento. Dejemos por un momento de lado la técnica, el fraseo musical, que a veces pude resultar un tanto personal y peculiar. Si concentran su atención en la manera de cómo hace sonar un solista su instrumento, se pueden dar perfectamente cuenta de lo que intento exponerles. El que Kavakos haya conseguido encontrar su voz individual en el violín no es cosa del azar sino el resultado de una profunda dedicación ligada a una reflexión continua. El elegante y simple movimiento que acompaña al arco no dejan sospechar el grado de dificultad técnica que uno atraviesa en esta excelente página de Mendelssohn, pero Kavakos no da la sensación de luchar contra dificultades, todo lo contrario, lo que impresiona es la absoluta soberanía. Kavakos, aclamado con gran emoción por un público entregado a su arte, llenó de espíritu y poesía las notas de Mendelssohn con su Falmouth Stradivari (1692), instrumento que hizo resonar con una musicalidad de verdadero efecto hipnótico.

El público español también tendrá oportunidad de escuchar a este gran virtuoso en el concierto de Brahms durante el mes de Mayo con motivo de su gira por las principales ciudades españolas junto con la BBC Symphony Orchestra y Sir Andrew Davis (21 de Mayo en Oviedo, 22 de Mayo en Zaragoza, 23 de Mayo en Pamplona, 24 de Mayo en Valencia, 25 de Mayo en Madrid, 27 de Mayo en Murcia). Para más detalles me remito al reportaje-entrevista con Leonidas Kavakos que aparece en esta misma edición de Mundoclasico.com.

Atmosphères de Ligeti, obra con la que se abría el concierto, es un clásico de la música de vanguardia si se piensa que desde su exitoso estreno en 1961 en el festival avantgarde de Donaueschinger Musiktage siguió su rumbo para quedar inmortalizada en la obra maestra de Stanley Kubrick 2001: una odisea en el espacio. Una pieza orquestal en donde Ligeti renuncia al ritmo y principio melódico para dar cabida a un estático y sugestivo espacio tonal que emerge de un complejo entramado instrumental.

El veterano Tadaaki Otaka ofreció en la segunda parte del concierto una versión más bien plana de la Cuarta de Mahler. No es un secreto la dificultad que encuentran muchos directores de orquesta de calibre para abrirse paso en el mundo sinfónico del genial austriaco. Ricardo Muti o Christian Thielemann, por ejemplo, son dos de los grandes directores que han intencionadamente evitado incluir en su repertorio su música, o si pensamos en las dudas y largo camino de Daniel Baremboim hacia la música de Mahler, pues sólo hace poco tiempo ha empezado a interpretar su música en concierto con una versión de la Novena, que por cierto ha sido llevada al CD. La conclusión es que la música de Mahler exige total entrega e incondicionalidad, y que si uno no esta completamente convencido de lo que ocurre musicalmente, mejor será no hacer experimentos.

Esto es un poco lo que pasó en este concierto, pues a pesar de contar con una de las mejores orquestas mahlerianas de nuestro tiempo, piensen sino en la era Eliahu Inbal, Otaka no pudo atravesar la barrera del fenómeno tonal para ponerse en contacto con el espíritu musical de la obra. Aún así, una gran suerte la de poder oír la magia sonora de esta gran orquesta.

La soprano inglesa Sarah Fox, que cantó la parte final en sustitución de la enfermada Nancy Argenta, evocó una versión del mundo celestial llena de encanto y sosiego con una intachable línea vocal y cálido timbre. Y téngase en cuenta el carácter contradictorio de las palabras cantadas, describiendo el paraíso como el más mundanal matadero municipal. Pero no me voy a extender en más detalles de la obra que son más bien objeto de un ensayo literario.



Este artículo fue publicado el 03/02/2006

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