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Elegante acogida de Boris Godunov

Baden Baden, 20/07/2012. Festspielhaus. Boris Godunov, drama lírico en cuatro actos de Modest Musorgski sobre la homónima obra de Aleksander Sergeyevich Pushkin. Graham Vick, director de escena. Stuart Nunn, decorados y vestuario. Elenco: Nikolai Putilin (Boris Godunov), Yevgeny Akimov (Boyardo Wassilijj Schujskij), Mikhail Kit (Pimen), Sergei Semishkur (el Falso Dmitrij), Alexei Tanovitski (Varlaam), Nikolai Gassiev (Misaíl). Coro (dirigido por Pavel Petrenko) y Orquesta del Teatro Mariinski. Valery Gergiev, director musical
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Las noches del 20 y 22 de Julio han visto el Festspielhaus Baden Baden el estreno de la que se podría considerar como obra maestra del compositor ruso Modest Musorgski. Si el evento es siempre noticia de por sí, en esta ocasión ha contado además con suficientes alicientes como para que el suculento pastel se considerase más que apetitoso: la escena de Graham Vick y la afamada compañía del Teatro Mariínski, bajo la batuta de su también director artístico Valery Gergiev.

Es bien sabido que hablando de ópera uno de los aspectos que más prosa alienta es la puesta en escena, y esta, viniendo de la mano de quien venía y abordando un tema político donde los haya, no podía ser menos. Su estreno en San Petersburgo, el pasado mes de junio, ya había acaparado algún que otro titular internacional sin llegar a haberse siquiera producido, a través de la mera publicación de diversas imágenes del ensayo que el fotógrafo moscovita Rustem Adagamov mostró en su blog. Es cierto que la presencia en escena de policía antidisturbios disuadiendo con teatral violencia a manifestantes, que enarbolaban lemas -escritos en las paredes de lo que pretendía ser el parlamento ruso- como “La gente quiere un cambio”, no dejan a nadie indiferente, aunque nada más sea por la cantidad de escenarios reales en las que se han dado imágenes semejantes. Si a todo esto le sumamos la bien sabida cercanía del director artístico del Teatro Mariínski -y director en esta representación- al actual presidente Vladimir Putin la situación se presentó en San Petersburgo más que propicia para que aflorasen, de nuevo, las protestas contra el Kremlin, protagonizadas seguramente por aquellos mismos se manifestaron tras las pasadas elecciones parlamentarias en Diciembre del año pasado.

© 2012 by N. Razina

 

La ópera, ya simbólicamente rica de por sí -polémica y víctima de la censura desde sus albores literarios-, tienen en efecto una inusitada contemporaneidad apenas pasada la centuria de su composición. Sus ingredientes principales son el pan nuestro de cada día: malestar social, problemas económicos y el cuestionamiento de la legitimidad del gobernante de turno.

La acogida en el sur de Alemania ha sido otro cantar, o mejor dicho, ni la puesta escena causó sensación ni los evidentes paralelismos movieron sentimiento alguno, más allá del que transmite la propia partitura, que no es poco. Tampoco el aire hippie que se le ha querido dar ayudó a conectar con un público tan conservador -y elegante en su estética- como exigente.

© 2012 by N. Razina

 

Quizás una situación política tan compleja como la que se presenta en Boris Godunov no era del todo apta para un regista británico, que podría haber incluso pecado de cierta banalidad a la hora de afrontar el argumento. El número de fallecidos que reivindicaciones similares ha generado en este convulso planeta merecía desde luego algo más de tacto al tratarlo en el escenario. Sea como fuere, lo cierto es que es más que evidente que Graham Vick estuvo bien lejos de sacar todo el jugo a un libreto de posibilidades extraordinarias y una manifiesta (y triste) contemporaneidad. Técnicamente tampoco ayudó el eterno punto de fuga del escenario, cansino donde los haya, ni el incómodo vacío que se creó sobre todo en el cambio de decorados -con telón bajado- entre las escenas de los últimos actos, cuya excesiva duración no encontraba además justificación en el paupérrimo resultado. Y digo bien, resultado, porque en sí la escena pecaba quizás de todo lo contrario, pudiéndose incluso caracterizar por su manifiesto horror vacui con ciertos aires diogenianos.

La siempre elegante respuesta del público de Baden Baden se tradujo en aplausos sin vehemencia y solo al final de la representación, como cabía esperar cuando el producto se antoja de calidad en casi todos sus ingredientes. Orquesta, coro y dirección fueron dignos de la partitura, y los roles principales también, si bien la capacidad escénica de ciertos de sus componentes (como Nikolai Putilin) estaba algo lejos de ser meritoria de reconocimiento alguno.



Este artículo fue publicado el 31/07/2012

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