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El Barbero de Jerez

Jerez, 26/11/2005. Teatro Villamarta, Gioacchino Rossini, El Barbero de Sevilla. Libreto de Cesare Sterbini. Dirección escénica: Alejandro Chacón. Escenografía e iluminación: Enrique Bordolini. Vestuario: Adán Martínez. Ayudante de vestuario: Sandra Patricia Díaz. Elenco: Domenico Balzani (Fígaro), María José Montiel (Rosina), Ismael Jordi (Conde de Almaviva), Iñaki Fresán (Bartolo), Miguel López Galindo (Don Basilio), Leticia Rodríguez (Berta), Juan Guerrero (Fiorello), Juan Luis Lorenzo (Ambrosio), Pedro Castro (notario). Orquesta Arsian. Coro del Teatro Villamarta (director Ángel Hortas). Dirección musical: Gianluca Martinenghi. Asistencia: 100% del aforo
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Cuatro cantantes muy apreciados en Jerez, Maria José Montiel, Iñaki Fresán, Doménico Balzani e Ismael Jordi, conformaron el elenco de un Barbero de Sevilla que quedará para el recuerdo de los que allí estuvimos.

El comienzo de la orquesta, con la tan conocida 'Obertura', de la mano de Gianluca Martinenghi, no ofreció nada novedoso. Tal vez un comienzo falto de esa chispa propia de Rossini, aunque con una interpretación correcta y precisa por parte de la orquesta. Decir que el director, en general, se adaptó al tempo marcado por los cantantes. Hubiese estado mejor una mayor independencia de aquellos, en busca de una visión más fluida de la partitura rossiniana.

Empezando por "nuestro conde", Ismael Jordi. Se mostró poderoso y enérgico en todo momento a lo largo de toda la obra con una buena interpretación, tanto vocal como escénica. Su timbre, adecuado para dicho papel, y un cuidado estudio de la partitura hicieron las delicias del público. Verdaderos triunfos va cosechando este cantante en la tierra que le vio crecer.

En cuanto al 'Barbero' de Domenico Balzani, tuvo una entrada muy acertada y una interpretación vocal buena a lo largo de los dos actos. Un timbre poderoso, lleno pero mesurado dado el talante de la interpretación rossiniana. En algunos momentos pudimos echar de menos un poco más de picardía en su papel, creyendo a menudo que el conde de Ismael Jordi le iba a quitar el puesto como el 'arreglalotodo' sevillano.

En cuanto a la 'Rossina' de Maria José Montiel, supo llevar a buen puerto su interpretación. Muy correcta y estudiada. Muy equilibrada, y sobre todo muy hermosa, aunque faltaría un poco más de ingenuidad en su papel. No obstante, de este hecho, en parte la culpa la ha tenido un Rossini que ha establecido el papel principal de su ópera en manos de una mezzo, una tesitura donde se exige una voz grande para alcanzar los registros más agudos. Las dificultades encontradas en su papel se notaron cuando debía 'Berta' entonar dichas tesituras. Allí la gesticulación excesiva y forzada hizo que perdiera parte de credibilidad. Por lo demás, supo mover e interpretar perfectamente su rol.

En el papel de 'Bartolo', se notó un Iñaki Fresán un poco carente de fuerza en los pasajes rápidos. Aquí, donde el Rossini más genuino hace gala con largas recitaciones a toda velocidad, la voz de 'Bartolo' se perdió entre las escalas ejecutadas por la cuerda. No obstante la interpretación escénica fue correcta y buena a lo largo de toda la representación.

En los papeles de 'Don Basilio' con Miguel López Galindo y 'Berta' con Leticia Rodríguez nos encontramos con trabajos convincentes, apoyado este hecho por una puesta en escena bien simpática y muy trabajada.

Alejandro Chacón como director de escena y Enrique Bordolini como escenógrafo y luminotécnico, demostraron su buen hacer. La acción se vió adornada en muchos momentos por un equipo de figurantes que hicieron las delicias del público con sus coreografías acompasadas a la acción de los diferentes números. De esta forma se logró entretener y dar una nueva visión a la trama a modo de elementos externos que vigilaban y mantenían la atención del público en los números musicales. En concreto son personajes sacados de la commedia dell'arte muy del gusto italiano de los siglos XVII y XVIII. Estos elementos estéticos hacen entroncar la tradición del Barbero de Sevilla en esa corriente de la dramaturgía italiana. Tenemos a Arlequín, a Mazzetino, Meopataca y Brighella, como esos personajes sacados del baul de los recuerdos.

En cuanto a la escenografía general, contextualizada en lo que podría ser un cortijo andaluz de la época, resultó muy atractiva por cuanto se trataba de una estructura circular en dos niveles que se veía resuelta en el tiempo por su apertura en escena. Esto permitía al espectador contemplar el interior de la vivienda. Unido a un juego de escaleras móviles y decoración bien cuidada, hizo que se ofreciera un bello escenario para la trama.

El coro (masculino) hizo un alarde de buen hacer que, salvo pequeños desajustes rítmicos en momentos muy puntuales, demostró buenas cotas interpretativas.

Otro aspecto a tener en cuenta fue la gran acogida que tuvo entre el público la puesta en escena de este título. Un lleno absoluto hizo que se disfrutara una noche más en el Villamarta. No obstane una reflexión que podría hacerse es, si sería posible que este éxito se llevara a otras obras no tan "típicas", en busca de ampliar la oferta lírica. De seguro que, conociendo la política del teatro, se podrían representar obras no tan conocidas, pero de igual belleza, y obtener muy buenos resultados frente al público.



Este artículo fue publicado el 12/12/2005

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