Castilla y León

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La tranquilidad de la sola escucha

Valladolid, 28/05/2007. Auditorio de Valladolid. Gioacchino Rossini: Tancredi (versión de concierto). Bernarda Fink (Tancredo); Rosemary Joshua (Amenaide); Lawrence Brownlee (Argirio); Anna Chierichetti (Roggiero); Federico Sacchi (Orbazzano); Elena Belfiore (Isaura). English Voices. Orquesta de los Campos Elíseos. Director: René Jacobs. Ocupación 30 % de 1.700
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Pese a no ser una obra ni mucho menos olvidada, no es demasiado habitual escuchar un Tancredi, y menos en versión de concierto, con el más que sólido aliciente -aunque resulte triste decirlo- de librarnos de esos delirios a los que muchos creadores escénicos nos van acostumbrando. Hoy acudir a escuchar una buena ópera como esta en un auditorio sin escena supone un impagable ejercicio de relax musical, aunque sepamos que nos faltará un elemento importante, el visual, que el público habrá de suplir con su imaginación. Y es que las mentes del patio de butacas funcionan francamente bien cuando no son bombardeadas con creativas y originales estupideces. Reinvindiquemos -¿por qué no nombrarnos adalides de la modernidad con ello en un panorama donde todo vale?- la "no puesta en escena", con el precedente de las felices horas pasadas junto a vinilos y cedés, como mal menor ante tanto desvarío, y disfrutemos con aquello que nunca debió ser aparcado: instrumentistas, directores. Voces.

La interpretación que motiva estas líneas se movió a regulares niveles con respecto a lo que cabría exigir en obra tan inspirada, pero excelentes si utilizamos el baremo de lo que suele escucharse en la actualidad. Es muy habitual encontrarnos con cantantes de apreciable materia prima pero de educación técnica bastante discutible, y la noche del 28 de mayo no fue una excepción, sobre todo por parte de la mezzo Bernarda Fink, buena voz modelada desde cierto descoloque que provoca una zona medio-baja casi siempre poco audible y desimpostada, en claro contraste con un registro de pecho sobredimensionado y peligroso para la salud de su mecanismo. La presencia de la boca es excesiva, lo que enturbia la pureza de un sonido que consigue sea importante en ciertas notas. La capacidad para las agilidades es excelente, aunque pierda proyección. Asimismo, el fraseo que percibimos -parte no llegó a nosotros por estos problemas- nos señaló a una artista de personalidad importante, en la justa frontera entre pasión y sobriedad, selectiva con el matiz y capaz de entregarse en los momentos álgidos.

El resto del reparto quizá fue digno de mayores loas técnicas, pero sí se le podría haber pedido un puntito más de creatividad y desenvoltura. Es el caso del tenor Lawrence Brownlee (histórico apellido), voz de pequeño caudal pero perfectamente puesta, sin problemas en ninguna parte -a no ser la falta de punta arriba- y de agradable color. Entre lo más reseñable estuvo una larguísima messa di voce en la primera sílaba de su aria ‘Pensa, pensa che sei mia figlia’, no canónica pero sí animosa y que mostró claramente de lo que puede ser capaz este más que prometedor cantante.

Rosemary Joshua no desmereció en el papel de la atribulada ‘Amenaide’ con su excelente movilidad y meritoria adecuación estilística, aunque se adelantara un compás en un dúo con ‘Tancredi’ (error que sorprende más que importa). Muy bien el ‘Roggiero’ de Anna Chierichetti, ejemplo de voz mediana estupendamente servida, y el ‘Orbazzano’ del bajo Federico Sacchi, de buen caudal casi siempre aprovechado. Deficiente, sin embargo, la ‘Isaura’ de Elena Belfiore, supuesta mezzo en labores de contralto erigida en absoluto ejemplo de lo que no hay que hacer para llevar buena carrera: decir que sí a un papel que sólo le permite mostrar tremolantes guturalidades.

Jacobs debió cuidar más a sus pupilos, máxime cuando él mismo ha sido cantante no precisamente sobrado en varios aspectos. Pero optó por ser fiel a su concepto y desató la orquesta en muchas ocasiones, sepultando tranquilísimamente a los cantantes (también cuesta tomarle el punto a la acústica de la sala), que nada pudieron hacer contra el recio coro masculino de The English Voices, por ejemplo en el maravilloso concertante que cierra el primer acto, por otra parte muy bien planificado e intachablemente resuelto (fue lo mejor de la noche). La articulación fue clara y a la vez rotunda, los sonidos punzantes sin llegar a lo hiriente, el romanticismo sobrio, el marcado rítmico alegre y elegante. Se optó por el final feliz, pero sin excesos que remarcaran el momento, un poco hueco y forzado por otra parte. La orquesta, que toca como es sabido con instrumentos de época, se mantuvo en apreciables niveles, sin descollar tampoco por algunos desequilibrios entre cuerda y metales (patentes ante todo al principio de la interpretación). Destacaron los timbales de la siempre estupenda Marie-Ange Petit y la fabulosa presencia de los contrabajos, ubicados al fondo de la orquesta pero en su disposición más elevada.



Este artículo fue publicado el 05/06/2007

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