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Aristócratas del canto

Birmingham, 20/03/2009. Symphony Hall. Verdi, Messa da Requiem, Milán, iglesia de San Marco, 22 de mayo de 1874. Barbara Frittoli, Olga Borodina, Piotr Beczala e Ildar Abdrazakov. Orquesta y coro (preparado por Renato Balsadonna) de la Royal Opera House (Covent Garden). Director: Antonio Pappano
imagen Tal vez he escrito demasiado, o mucho, ya sobre esta obra. Bueno o malo, original o no, a ello me remito. Esta crónica será más corta porque en realidad no debería hacerla. Para evitarme molestias de acreditaciones y respuestas tardías o a último momento, me compré un par de entradas para conocer esta enorme y bella sala (sobre la acústica hay opiniones diversas, desde los aficionados hasta el director del coro de esta oportunidad, que me confirmó que sin el público hay un reverberación excesiva, pero con el público él la considera ideal. Personalmente, he encontrado diferencias en las dos localidades y me parece que para las voces solistas el sonido corre de forma más bien unidireccional, pero los habitués me aseguran que si hubiera ido a las alturas habría escuchado magníficamente). Y aproveché que había ligeros pero importantes cambios de nombres con respecto a las ejecuciones anteriores en Londres.

Dos ‘requiems’ en dos días. Ya hablaré del siguiente, porque he decidido escribir. Pese a que, aparte de situaciones ‘burocráticas’ como la acreditación o no, en estos particulares momentos de mi vida prefiero escuchar un ‘requiem’ y pensar en todas mis ausencias con la compañía de la música que siempre ayuda, antes que en tener que escribir si me pareció bien o no y por qué.

Tenía expectativas sobre el nivel de la interpretación, aunque hace tiempo que sé que siempre se encuentra uno con sorpresas (y pocas veces las más gratas). Lo que me ha decidido a escribir es lo que va por delante como título de esta reseña. Ya estoy resignado a escuchar, si tengo suerte, a uno o dos grandes cantantes juntos (mejor, buenas voces y artistas). Pero escuchar a un cuarteto equilibrado para esta obra, que no hizo ejercicio (habría podido) de individualismos competitivos a ver quién cantaba más (fuerte) y mejor, que hizo música ‘para’, ‘por’ y ‘con’ simplemente me desestabilizó. Para bien, claro, pero entonces este Requiem puede convertirse -justamente cuando no se lo convierte en ópera o en lucimiento personal- en algo tan maravilloso como insoportable.

Casi fue una suerte que el maestro Pappano hiciera una lectura excelente, musical, pero no de mucha hondura o desgarro (como yo la prefiero) porque me habría desbordado totalmente. Y si la orquesta fue una maravilla técnica- cuánto trabajo y seriedad en esta orquesta de ópera y ballet, qué ejemplo para tantas otras- y la interpretación del director (yo destacaría sobre todo el ‘Sanctus’ y el ‘Agnus Dei’) muy buena, el reencuentro con la mano del maestro Balsadonna (que tanto hizo y tan bien en La Monnaie) me llevó al recuerdo de lo que hacían sus maestros italianos, Tullio Boni y Romano Gandolfi, con el coro del Colón de Buenos Aires: hubo colores, matices, y un calor en el canto que no había vuelto a escuchar tan directos y meridianos. Y esa fue la primera sorpresa grata que no me esperaba (hasta ese punto).

Los solistas, que pertenecen a la flor y nata de los cantantes de hoy, no son, sin embargo y por suerte, mediáticos. Son por empezar músicos y por seguir músicos y por terminar músicos. Y habrá que comenzar por fuerza por la señora Borodina, que no tuvo un grave de más, un agudo mantenido y que convirtió sus intervenciones, desde un memorable ‘Liber scriptus’ en algo que nunca había escuchado a una cantante en esta parte: la música fluía natural, con emoción contenida (le dicen fría algunos, los que necesitan mucho más que la partitura para conmoverse y quieren ver gestos y si es posible contorsiones ‘expresivas’) pero fulminante por eso mismo (su ‘Lux perpetua’, por citar un momento, cosa que no debería en una labor de semejante enjundia, provocó uno de esos silencios totales, de respeto ante el arte que se despliega y se nos ofrece y de absorta escucha). El terciopelo de una voz igual hizo estragos en todo el mundo (pero conste que no se trató sólo de belleza sonora).

El señor Beczala (del cual también se dice que es frío) me pareció el de menos volumen o al menos el más penalizado. Es un lírico puro y de un timbre precioso. Pocos tenores se resisten a cantar su ‘aria’ como tal. Pero el ‘Ingemisco’ lo es y no lo es. Nunca lo había escuchado en vivo con tanta naturalidad, tan poco exhibicionismo (y sí, estaban las notas, y por suerte no se le ocurrió cantarlas como la trompeta del juicio final: me tengo que remontar a las grabaciones de Nicolai Gedda para encontrar un símil) para culminar su labor con un ‘Ostias et preces’ luminoso y…. contenido, bendito sea. Pero que mezzo y tenor se ‘contengan’, con ser milagroso, no lo es tanto como que el bajo, el más joven de todos, haga lo propio y se convierta en una fiesta de matices y medias voces: nunca había oído así al señor Abradzakov (y supongo que no fue extraño el resto de sus compañeros, la labor de Pappano y de Balsadonna), que por supuesto dio volumen y sonido cuando hizo falta (que no es todo el tiempo).

La señora Frittoli cantaba apenas restablecida de una gripe. No sé si atribuir a ello los dos problemas con que tropezó en el terrible ‘Libera me’ (curiosamente, en las notas filadas, que suelen ser su especialidad, no en el agudo sobre el coro que sonó seguro, así como contuvo casi todo el tiempo el vibrato que a veces aqueja sus prestaciones). Pero todo lo anterior lo cantó con nobleza, buen timbre (cuidando eso sí al milímetro las notas sostenidas) y con verdadera musicalidad. No sólo porque cantó sin partitura, sino porque -nunca lo había visto antes- siguió con la cabeza y la boca prácticamente todas las partes del coro y algunas de sus compañeros. Observar eso no sólo es un placer y un privilegio, es simplemente -¿simplemente?- poner las cosas en su sitio, del que se las saca todo el tiempo, requiem o no, Verdi o no. Yo lo usé, además, para distanciarme un poco del terremoto que sentía llegar. No pude ni siquiera gritar ‘bravo’ porque me pareció insuficiente o mezquino; casi hubiera preferido el silencio (obviamente la sala se desató, y si Frittoli regaló una de sus flores a una viola, Borodina dejó su ramo a la orquesta).

Pero, empecinado en poner distancia para no dejarme ir, tuve la buena idea de mirar a mi alrededor (hay un público no sólo de todas las edades, sino que los mayores lo son mucho y más todavía los que tienen algún impedimento claro). Un señor de edad avanzada, aún alto y de bastón muy verdiano, aplaudía y sonreía. En ese aplauso, esa sonrisa, el brillo de esos ojos, que -supongo que él no lo advirtió- hacían que el tiempo se esfumase y reapareciera el joven que una vez descubrió esta obra única, estaba la mejor reseña de lo que tuvimos la suerte de vivir.

Nunca se puede decir, pero tengo la impresión de que tardaré en volver a asistir a un ‘Requiem’ (a menos que sea imposible de evitar por razones ‘profesionales’). De hecho, no me importaría que este fuera el último que presenciara. Si nunca lo escuché así hasta ahora, en cuarenta y siete años, salvo alguna actuación aislada, la suerte no suele repetirse. Nunca había podido darme el gusto de referirme a los cuatro solistas como ‘señora’ y ‘señor’ sumándoles los ‘maestro’ encargados de coro y orquesta. Pretenderlo otra vez sería pecado de soberbia y gula.


Este artículo fue publicado el 26/03/2009

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