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Entre el drama y la fe

Valencia, 12/04/2000. Palau de la Música, Johann Sebastian Bach: La Pasión según San Mateo. Howard Crook, Evangelista. Raimund Nolte, Cristo. Sopranos: Mairéad Sheerin, Ruth Gomme, Nicola Jenkin, Carolyn Sampson. Contraltos: Frances Bourne, Diana Moore, Deborah Miles-Johnson, Frances Jellard. Tenores: Robert Johnston, Geraint Roberts. Bajos: Daniel Jordan, Michael Bundy, Colin Cambell, Brinley Sherratt. The English Concert. The Choir of the English Concert. Director: Trevor Pinnock.
imagen La más conocida de las pasiones bachianas no tuvo, en la versión ofrecida por Pinnock el pasado miércoles en Valencia, un arranque impactante. Siempre se espera que el número inicial de La Pasión según San Mateo mueva todos los resortes emocionales del oyente, y que, a través de uno de los halagos más sublimes al sentido del oído que nunca se haya escrito, se trascienda una solemnidad majestuosa y profunda, de naturaleza casi telúrica. Quizá se espere que así suceda en virtud de una tradición interpretativa romántica que ha dejado sobre todos un poso incuestionable. Pero el caso es que se espera, ya venga de un grupo con instrumentos de época o de otro sin ellos. Por desgracia, el conjunto de Pinnock, uno de los abanderados, como es bien sabido, de la tendencia historicista, no logró convencer en la elevación de este impresionante pórtico. Se podría reprochar tal o cual desajuste concreto, pero no sería tan importante como el hecho de denunciar un desmadejamiento general y la intuición, entonces sentida, de que los músicos no estaban aprovechando al cien por cien todas sus posibilidades. No tengo certezas, pues desconozco la trayectoria de la gira de The English Concert, sino sólo la impresión de que tales carencias fueron debidas al cansancio del grupo. La consecución de una obra exigente en tan reducidos lapsos de tiempo y, además, en lugares lejanos (si en Valencia tuvo lugar el concierto el día 12, el 14 se había de desarrollar en Santiago y el 15 en Bilbao) puede ocasionar cierto hastío.Dicho esto, hay que destacar a continuación que uno de los méritos de Pinnock fue el de saber sobreponerse al dubitativo comienzo. Es cierto que éste hizo que se resintiera la concepción dramática de la Pasión en buena parte de su primera mitad: la falta de un sólido cimiento se proyectó posteriormente en unos tempi algo pesados y en una tensión interpretativa con altibajos, no sólo en el encadenamiento dramático de los números, sino también dentro del discurso de algunas arias, debido a pequeñas deficiencias técnicas por parte de los solistas vocales (singularmente, la primera contralto y el tenor) y a su no completa identidad con el instrumento obligado. Pero poco a poco, y sobre todo a partir de los dos coros previos al coral con el que concluye la primera parte de la obra, se advirtió que sí que quedaban energías y ganas de persuadir. ¿Aleccionaría Pinnock a sus músicos en el descanso, cual entrenador deportivo, para que continuaran por esa senda?.El caso es que la segunda parte resultó, a mi entender, mucho más atractiva, con todos más metidos en su papel. Si la primera ofreció momentos de singular belleza, tales como la segunda aria para soprano y la destinada al bajo, en la segunda mitad éstos se multiplicaron. Destacaría las arias Ach, nun ist mein Jesus hin! y Erbarme dich, mein Gott, muy expresivamente cantadas por las contraltos que las emprendieron, el aria para soprano Er hat uns allen wohlegetan y su recitativo antecedente, con el atractivo acompañamiento del oboe de caza, y las últimas apariciones solistas del tenor y del bajo. También el coro afianzó la tendencia activa que había mostrado al final de la primera parte, haciendo que no sólo los coros madrigalescos resultaran bien engranados como parte indispensable del devenir dramático, sino también los corales (magnífica la quinta y última aparición de la melodía coral Oh, sagrada cabeza, ahora herida, tras la muerte de Cristo). El último número no fue sino la culminación de un proceso de progresiva mejoría y compensó la desilusión ocasionada por el primero.Salvo Howard Crook, un 'Evangelista' que solventó con afinación y versatilidad su exigente trabajo en los recitativos narrativos, y Raimund Nolte, un 'Cristo' cálido y con empaque, todos los solistas formaban parte del coro. Tal ecumenismo condujo a unos resultados canoros un tanto desiguales, pero el nivel general fue más que aceptable y, además, las alternancias conferían la sensación de mayor variedad, contribuyendo, por otro lado, a configurar una Pasión no operística.Los efectivos corales y los orquestales estaban equilibrados en cantidad, al igual que advertimos recientemente en La Pasión según San Marcos ofrecida por Koopman: 17 cantantes el primer coro, 18 el segundo y 19 instrumentistas el primer grupo orquestal (donde se incluía la viola da gamba que tuvo su protagonismo acompañando sendas arias de tenor y bajo), 18 el segundo. Sin embargo, el resultado sonoro del conjunto holandés (también ocurrió con el grupo de Bröggen en su interpretación de la Misa en si menor hace tres meses) fue más perfilado y esencial, también más perfecto técnicamente, mientras que el de los ingleses se mostró menos austero, no tan limpio y más moderadamente carnal. Y es que parece que Pinnock quiso construir una Pasión equilibrada, pensada para Dios, pero humanamente ejecutada. No en vano se estaba narrando la muerte de Dios-hombre. El público que no salió espantado por la hora a la que acabó la representación agradeció esta contenida sensualidad con fuertes aplausos y bravos. ¿Será esta Pasión una de las pocas tradiciones, atascos aparte, que, aunque importada, vivamos durante la Semana Santa? Pues, por si acaso, recordaremos que los Oficios del Viernes Santo en la valenciana iglesia del Patriarca nos ofrecen la posibilidad de escuchar algo muy nuestro: gregoriano y polifonía de Comes, Ginés Pérez y Victoria. Dicho queda.

Este artículo fue publicado el 24/04/2000

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