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Tito en el Real: Público, crítica y política

Madrid, 12/03/1999. Teatro Real. Mozart: La Clemenza di Tito. Zoran Todorovich, Tito; Véronica Gens, Vitellia; Daw Kotoski, Servilia; Annette Seiltgen, Sesto; Debora Beronesi, Annio; Alfonso Echevarría-Torres, Publio. Pet Halmen, director de escena, decorados y vestuario. Patricia Bayer, clave y John Paul Friedhoff, violonchelo. Coro de la Comunidad de Madrid. Orquesta Sinfónica de Madrid. Ralf Weikert, director musical.
imagen Un teatro estable de ópera, que opere en régimen de repertorio o de temporada, requiere de una base sólida que tiene sus principales puntos de apoyo en un público informado, interesado y lo más amplio posible; una crítica que informe a dicho público y que señale los logros artísticos así como los errores, tanto los esporádicos como los crónicos; y una política de gestión que incluya la consecución de las necesarias subvenciones públicas y privadas, la creación y mantenimiento de los cuerpos estables básicos, como son la orquesta, el coro y un conjunto de cantantes (o "ensamble") que actúen con cierta regularidad y fidelidad a la casa, así como una programación inteligente y desarrollada con criterios lógicos. A partir de aquí se puede empezar a hablar de estilo propio, de carácter distintivo de una institución lírica, capaz de rendir un servicio cultural a la sociedad que la sostiene y que, en el caso de Madrid, la ha dotado de una sede ejemplar y que ha costado una verdadera fortuna. Lleva años de buena gestión y habilidad política, quién lo duda, lograr la puesta en marcha del proyecto de hacer del Teatro Real algo más que un marco idóneo para representar óperas y dar recitales a fin de cubrir, mal que bien, las fechas del calendario oficial de funciones; no en balde nuestra ciudad sufrió una larga interrupción de su tradición operística, cuya recuperación en el Teatro de la Zarzuela, hace ya más de treinta años, no parece ser la base conveniente para el nuevo proyecto. Y lo mismo reza para las otras dos patas del trípode, público y crítica, en que se debe sustentar el futuro de la compañía lírica que todos deseamos para Madrid. Pues es claro que para este espectador, metido hoy a comentarista por culpa de ciertos problemas de salud de mi entrañable amigo, Angel-Fernando Mayo, y tras asistir al estreno de la producción de La Clemenza di Tito que ha programado esta temporada nuestro coliseo lírico, es evidente, repito, que falta mucho camino por recorrer y, lo que es más grave, que vamos por ruta equivocada, sin rumbo ni Norte.¿Por qué se ha programado la última ópera de Mozart sin contar con una compañía de canto digna de las bellezas y dificultades de la partitura? Y lo que es más grave, ya que su labor influye de forma directa en un cuerpo estable del teatro, ¿no se pudo encontrar un director de orquesta que, sin necesidad de ser medianamente inspirado, hubiese enseñado algo del estilo y las formas mozartianas? La Clemenza, una ópera de madurez, una creación magistral, nunca una obra de segunda como ha dicho algún crítico desinformado (ni la "porcheria tedesca" que, según la leyenda, siguen poniendo en boca de la emperatriz varios artículos incluidos en el programa de mano, cuyos autores no se muestran muy al tanto de los últimos descubrimientos al respecto y que deshacen este tópico [ver La Clemenza de Tito], puede no estar espléndidamente cantada, pero si la dirige un maestro que sepa comunicar y enseñar el lenguaje mozartiano, es una asignatura que debe ser obligatoria para una orquesta destinada a abordar con propiedad el gran repertorio lírico.Ahora bien, si contra la evidencia histórica, algunos comentaristas del programa de mano y ciertos sectores de la crítica más influyente se siguen empeñando en hablar de obra anacrónica, sin tener en cuenta su modernidad, su adecuación a las modas del momento (muestra la historia que por aquel entonces se llevaban las óperas heroicas "de romanos"), sus numerosas representaciones durante los treinta primeros años del pasado siglo, ni su influjo en el naciente melodrama romántico italiano, pues nos encontraríamos ante una pieza de museo, ante un lujo innecesario para un teatro que no está como para rebuscar en la trastienda de un anticuario.El "regista" Pet Halmen se ha creído lo del anacronismo, lo de la pieza de museo y su puesta en escena discurre precisamente en un museo de ruinas romanas, con bustos rodantes de cada personaje, lleno de símbolos figurativos sacados de un rancio manual de bolsillo de psicoanálisis. No parece entender nada de lo que significa la ópera de Mozart y, huyendo tal vez de esa pretendida "frialdad estatutaria", que según otro comentarista del programa de mano (posiblemente, desconocedor de lo que la musicología moderna entiende por "clasicismo" en música), es "la descripción del clasicismo", Halmen obliga a los intérpretes a movimientos y contorsiones antiestéticos, a tirarse constantemente por los suelos, a hincarse de rodillas cada dos por tres, para lo cual les ha provisto a algunos de sus correspondientes rodilleras, más propias de un jugador de hockey que de un patricio romano. Si se añade el hecho de que la producción (en colaboración con el Landestheater de Salzburgo y del Opernhaus Halle) es un desperdicio para las posibilidades tanto de espacio como técnicas del Teatro Real, se concluye con facilidad que se ha cometido un error, un grave error al contratarla.Pero dejemos en paz al director del montaje, responsable también de los decorados y vestuario (¡qué lejos quedan sus aciertos en esos cometidos cuando se limitaba a seguir las órdenes del fallecido Ponnelle!), puesto que, a fin de cuentas, los sin sentidos escenográficos son endémicos en la lírica actual y fijémonos en la inadmisible prestación del director musical y de la orquesta, incapaces de decir dos frases seguidas que tuvieran el más ligero aroma mozartiano. Ya la obertura anunció lo que vendría a continuación, con un duelo a muerte, con los despropósitos como armas, entre trompetas y timbales (que sonaban a tambor de hojalata) por ver quién destemplaba más (¿no será acaso parte de la política de la gestión el dotar a la orquesta de instrumentos adecuados? La percusión que se oye últimamente en el Real suena a instrumental barato y de segunda mano). Cierto que el clarinete "obbligato" no cometió pifia alguna (el tempo que marcaba el maestro en el aria "Parto, parto" parece elegido para dar todas las facilidades tanto a la cantante como a su acompañante instrumental), pero su sonido fue vulgar y su fraseo, insulso. Las cuerdas dieron claras cuentas de sus deficiencias, mostrándose casi siempre anodinas y, en algunos momentos, excesivamente ásperas. En resumen, un maestro más que pasa por el foso del Teatro Real, cobra sus honorarios y se marcha sin que la orquesta haya sacado nada de provecho, que sin embargo, buena falta le hace. Menos mal que el Coro de la Comunidad de Madrid, en su corto cometido, estuvo bastante entonado y estilísticamente correcto.Que el tenor actuase enfermo, según se anunció por la megafonía interna instantes antes de iniciarse el segundo acto, es anecdótico e irrelevante, ya que, ni en estado de gracia Zoran Todorovich es capaz de hacer justicia al papel de "Tito", por otro lado, no excesivamente exigente pero necesitado de un estilista de cierta altura. Vulgares las damas, lo que es especialmente grave en el caso de "Vitellia", Véronica Gens, cantante de calidad por dotes y escuela que se contagió de la mediocridad de la representación y que no sólo se limitó a cumplir el expediente, sino que contribuyó con cierto entusiasmo al desaguisado con alguna que otra destemplanza y un par de grititos. Pronto empezamos: cantantes con curriculum distinguido se pasean por Madrid para ganar dinero con el prestigio obtenido con las compañías líricas que dan brillo y esplendor, no como la del Teatro Real, que hoy por hoy, solo da euros. Mala receta para crear el necesario "ensamble" de cantantes.El público se mostró cortés y poco exigente, aplaudiendo educadamente al final de la representación, incluso a los que se hubiesen llevado una buena bronca en un teatro con espectadores más versados y habituados a la lírica. Tal vez estaba bajo la influencia del reciente rapapolvos que le echó inopinadamente el Gerente del Real, Juan Cambreleng, en el curso de una entrevista que concedió al periódico El País y que ha motivado un editorial de Mundo Clásico. Mas para un espectador curtido en cientos de representaciones de ópera, tanto en teatros de campanillas como en los llamados de provincias, muchos de ellos, muy dignos y de larga y discreta tradición, no deja de sorprender que casi todo el primer acto de La Clemenza di Tito discurriese sin un solo aplauso, sin ninguna muestra de entusiasmo o de simple estima ante la obra bien hecha.Las críticas publicadas en los principales diarios madrileños, salvo la de El País, parecen dar por aceptable, cuando no por bueno, al espectáculo. Como al público, hay que dar tiempo a la crítica para que desarrolle el saber hacer necesario para valorar en su justa medida la trayectoria de un teatro estable de ópera. Pero, por supuesto, siempre y cuando los políticos encargados de llevar la nave a buen puerto rectifiquen el rumbo actual y pongan al gobierno de dicha nave un timonel que sepa qué ruta hay que seguir y como mantenerse en ella con mano firme.

Este artículo fue publicado el 12/03/1999

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