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José Cura. ¿Nuevo Otello para un nuevo milenio?

Madrid, 16/11/1999. Teatro Real. G. Verdi: Otello. Otello, José Cura. Iago, Renato Bruson. Cassio, Vicente Ombuena. Roderigo, Emilio Sánchez. Lodovico, Alfonso Echevarría. Montano, Juan Jesús Rodríguez. Un heraldo, Carlos Lozano. Desdemona, Elena Prokina. Emilia, Marina Rodríguez-Cusí. Dirección escénica de Elijah Moshinsky, realizada por Richard Gregson. Arnold Taraborrelli, diseñador de movimiento. Escenografía de Timothy O'Brien. Vestuario de Peter J. Hall. Coro de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Orquesta Sinfónica de Madrid. García Navarro, dirección musical
imagen Había expectación ante el debut madrileño del argentino José Cura, que se presentó ante sus nuevos paisanos--el tenor parece decidido a fijar su residencia en Madrid--cantando "Otello", un personaje que, según los cenáculos operísticos internacionales, está a punto de cambiar de dueño, esto es, de pasar de ser propiedad casi exclusiva de Plácido Domingo a serlo de este joven cantante. ¿Hay razones para ello? Puede que sí, entre las cuales no deja de tener importancia la sequía de tenores dramáticos a la italiana, tenores di forza, y la realidad histórica de que no ha habido nunca mucha competencia para destacar entre los que son capaces de desempeñar este difícil y extraordinario personaje verdiano. Además, por supuesto, están las virtudes propias de este nuevo candidato a ocupar el primer puesto en esa lid, hoy prácticamente inexistente, repito, de intérpretes de primera fila de "Otello". Mas ello no le asegura entrar por la puerta grande en la historia interpretativa de esta ópera, algo reservado a unos pocos escogidos.José Cura tiene, para empezar, un color de voz, oscuro y noble, muy adecuado para el personaje; su caudal sonoro es suficiente, y su presencia escénica encaja muy bien con una visión juvenil y pletórica de fuerza de un aguerrido mercenario que ama con pasión a su "Desdemona". Sin embargo, su limitado poderío vocal le hace, acertadamente, decantarse por una visión más introvertida e intimista del personaje que estentórea y enrabiada. Se le nota un cierto e indefinible instinto teatral, una habilidad que parece natural para atraer la atención del espectador cuando se encuentra en la escena. Empero su "Otello" resulta incompleto, irregular, ya que al lado de grandes hallazgos expresivos, se suceden momentos anodinos y faltos de credibilidad dramática. A veces colorea apropiadamente su voz, y obtiene efectos conmovedores, pero en conjunto su interpretación puede y debe mejorar mucho con el paso del tiempo y con el concurso de directores escénicos y musicales que le ayuden a perfilar y madurar lo que hoy por hoy es una caracterización, tanto vocal como dramática, claramente inacabada, más cercana al arquetipo verista que a la figura trágica y patética del héroe verdiano, lleno de verdad artística y humana. Y aunque en este momento de su carrera los aspectos técnicos no parecen afectarle en demasía, sería conveniente que no descuidase el trabajo necesario para completar su destreza técnica, pues con el tiempo su tendencia a dejarse llevar por su instinto e imaginación más que por la reflexión y el control de sus recursos artísticos cuando aborda un personaje como éste, puede pasarle factura.Reanato Bruson ha sido sin duda el más aplaudido en estas representaciones del Otello de Verdi en el Teatro Real. Es un cantante de alta escuela, de gran estilo; su voz se conserva bastante bien tras casi treinta años de carrera y, con el tiempo, se ha ido oscureciendo algo y es menos lírica que antaño, sin que por ello haya perdido morbidez su registro medio, que es donde el cantante da lo mejor de sí mismo. Sin grandes esfuerzos, con la voz bien colocada, proyectando el sonido con gran oficio y situándose siempre estratégicamente en la boca del escenario, se le pudo oír y entender bien casi siempre, dosificando inteligentemente sus no muy resonantes canto y declamación. Bruson nos ofrece un taimado villano, más propio de las intrigas cortesanas que de rencillas y venganzas soldadescas. Esta percepción se basa, entre otros aspectos de su actuación, en la elegancia y refinamiento de su línea de canto, de las que disfrutamos en su Credo. Lástima que la falta de brillo en el agudo y de redondez en el grave le impidiesen completar una interpretación antológica de esta confesión de rebuscado escepticismo ético. Escepticismo que debería llevar a "Iago", en mi opinión, a la burla del patetismo de "Otello" en momentos solemnes, como en el dúo "Si, pel ciel marmoreo giuro!", pero que, sin embargo, Bruson aborda con tintes de noble conjura melodramática, sin salirse lo más mínimo de las reglas del mejor estilo belcantista.Elena Prokina llegó justo antes del ensayo general para sustituir a la inicialmente prevista "Desdemona", la italiana Carla Maria Izzo. Fueran cuales fuesen las razones para este súbito cambio, la realidad es que hubo suerte y acierto en ello, ya que se pudo contar con una buena cantante, dispuesta a adaptarse con facilidad y mucha disciplina a una producción ya muy ensayada, hasta el extremo que del trío de protagonistas, ella fue la que más se fijó en las indicaciones del maestro García Navarro, al que poca atención prestaron sus compañeros Cura y Bruson. Formada en la dura escuela de un teatro de repertorio ruso, la Prokina es artista de entonación impecable, musicalidad natural reforzada por una sólida instrucción técnica y que posee además unas dotes de actriz que han recibido un evidente pulido académico. Su "Desdemona" es frágil y canta con entrega, gran corrección y ancho lirismo; mas su voz, impersonal, de impostación eslava, carece de esa vibración, de esa carnosidad y abundancia de armónicos que emocionan y conmueven incluso en caracterizaciones de talante más remiso del personaje que la ofrecida por Elena Prokina.El montaje es una adaptación libre del creado para el Covent Garden de Londres en 1987 por Elijah Moshinsky, del que quedan poco más que las indicaciones de entradas y salidas y colocaciones escénicas. Cada uno de los intérpretes principales ha expuesto su visión particular del personaje, sobre todo "Otello" y "Iago". El resultado es una trama algo deslavazada, sin unidad estilística de interpretación. Así se pudo ver un "Otello" hiperrealista, con espectaculares batacazos y convulsiones epilépticas; un "Iago" con cierto manierismo en las poses y movimientos, en la mejor tradición melodramática de los principales teatros provincianos de Italia; y una "Desdemona" muy tradicional, muy clásica de gesto y maneras, y que se movía y actuaba con levedad de bailarina de ballet. Mas es en la dirección del coro y de los comparsas donde verdaderamente falla esta puesta en escena del Teatro Real. Como disculpa, la falta de experiencia, la total bisoñería que se le supone a un coro que sube por vez primera a un escenario, tras su reciente creación.Hay alguno que otro desliz que sorprenden en un director escénico tan experimentado como Moshinsky. Uno muy evidente: "Otello" entrega su espada a "Lodovico" antes de cantar "Niun mi tema" (Que nadie me tema aunque me vea aún armado); tanto sus palabras como las indicaciones escénicas aconsejan esperar a que termine su primera estrofa con "Otello fu" (Otello fui) antes de rendir la espada o dejarla simplemente caer.Los decorados de Timothy O'Brien están inspirados en las columnatas y en las fachadas en perspectiva de palacios con balcones típicos de la pintura manierista veneciana, pero sin su luz ni color. Los cuadros del fondo del escenario, de grandes dimensiones, muestran la influencia del arte bizantino en la pintura italiana del siglo XIII; en concreto, la gran figura del crucificado, adornada con paneles a ambos lados de la cruz, y que parece presidir el desarrollo del inicio de la ópera se parece mucho a una reproducción de un cuadro de Giunta Pisano que figura en uno de los libros de mi biblioteca. Empero, nuevamente, falta el color y abunda el tono gris y los claroscuros.Con posterioridad, Elijah Moshinsky ha realizado la producción de Otello actualmente en repertorio en la Metropolitan Opera de Nueva York, la cual, pese a que los decorados son de otro escenógrafo, obedece a una idea muy similar a ésta y el resultado, sobre todo en lo que se refiere a aliento escénico, a su desahogo espacial, es muy superior a la alquilada por el Teatro Real. Tal vez la producción americana no estaba disponible, o no cabía en el escenario del Real, o era demasiado cara; mas es mi creencia que hubiese dado más juego, ya que la del Covent Garden queda un poco pequeña, parece sofocada y peca de oscuridad grisácea. Adecuados y bien realizados los figurines de Peter J. Hall.Hice mención unos párrafos más arriba del debut del coro de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Y comenté su falta de experiencia escénica. En cuanto a su canto, aún debe esperarse un poco antes de juzgar y tratar de analizar lo que puede dar de sí. Parece que las voces son buenas, aunque las sopranos sonaron agrias y destempladas en el primer coro de la escena inicial y en el de la de la visita de los embajadores de Venecia; En "Fuoco di giogia" y la escena del jardín con "Desdemona" el coro estuvo entonado y discreto.Buen nivel general de comprimarios, en el que destaca la "Emilia" de Marina Rodríguez-Cusí, una de las pocas cantantes que pide socorro y anuncia la muerte de su ama a manos de "Otello" cantando a plena voz y sin gritar.García Navarro fue recibido con algunos pitos tras su vuelta al foso una vez finalizado el intervalo; parte del público reaccionó con aplausos y se organizó un breve rifirrafe que tuvo su apéndice cuando el maestro salió a saludar al término de la representación. Al parecer se trata de una protesta organizada por un grupo restringido y localizado, si bien fui testigo de que algunos espectadores abuchearon por su cuenta y riesgo, sin consignas ni pertenencia a partidas de reventadores. Me pareció un tanto excesivo el abucheo, pero no tanto como haber leído en las críticas de los periódicos madrileños el nombre de Arturo Toscanini a propósito de la dirección de García Navarro y otras alabanzas por el estilo a su mediocre interpretación. ¡Qué disparate! La Orquesta Sinfónica de Madrid sonó mal, a hojalata, y García Navarro evidenció patéticamente que esta obra le viene grande, muy grande. Maestro y orquesta contribuyeron con entusiasmo, y siempre que tuvieron oportunidad, a llenar de estruendoso ruido el foso y estuvieron a punto de estropear una representación que tanto vocal como escénicamente tuvo gran dignidad.Una reflexión final: si se pone de moda, en este teatro y entre este público, donde todo o casi todo parece obedecer a una moda y poco a la razón, el abuchear a García Navarro, mal futuro le espera al director artístico del Teatro Real.La función que comento la grabó TVE, estando prevista su emisión en diferido el próximo día 27 de noviembre.

Este artículo fue publicado el 24/11/1999

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