Ópera y Teatro musical

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Junio en Colonia

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He estado muchas veces en Colonia y todavía me apabulla la vertiginosidad del fin del viaje ferroviario, con esa sorpresiva confrontación con la Catedral no bien cruzado el puente del Rin y salido de la Estación Central. En Colonia no es necesario ese típico ambular de turista que, recién salido del tren, debe consultar mapas para identificar el emblema ciudadano fundamental. En mi último viaje se agregó a la aparición súbita de esta fortaleza católica, la pompa de una monumental procesión de Corpus Christi. En contraste con la masa neogótica cenicienta del “Dom” y la reconstrucción algo sosa de los edificios circundantes, fulguraban los rojos de las sotanas cardenalicias, y los estandartes de corporaciones artesanales y estudiantiles. “Los maestros cantores…” musitó una acompañante, en alusión al fin de fiesta que me esperaba por la tarde: la Ópera de Colonia cerraba “por tres años” con la proverbial evocación wagneriana de la gloria del arte alemán. Cierra por reparaciones, dicen, pero lo cierto es que la errática política cultural del estado de Renania del Norte-Wesfalia hace incierto cualquier futuro.

Semanas antes de este Corpus Christi, Uwe Laufenberg, el enfant terrible encargado de la dirección artística de la casa había anunciado que él se iba, porque los cortes previstos para la próxima temporada hacían inviable su proyecto artístico. Después vinieron las elecciones locales en las cuales triunfaron los socialistas y ahora nadie sabe si se va o se queda. El que sí se va en el verano del 2014 es el Director Musical de la ciudad, Markus Stenz, luego de diez años de gloria que elevaron a la orquesta Gürzenich a niveles de excelencia comparables a la de Dresde o Viena como orquesta ciudadana de doble rol en conciertos y ópera. Por supuesto, Stenz se va diciendo que su partida “no tiene nada que ver con las discusiones en progreso sobre la situación de la Ópera de Colonia”.

Ópera de Colonia

© 2012 by Köln Oper

De los Maestros Cantores en la sala de la Offenbach Platz, Stenz se despidió con una versión orquestal difícil de superar en riqueza cromática y variedad dinámica. El final fue extático y emotivo, digno de esas noches que marcan el fin de una época y que tanto el director de orquesta como los instrumentistas y el coro intuyen como una ocasión irrepetible. La regie de Laufenberg, que ubica el primer acto en la época de Sachs y el segundo en la de Wagner, confronta groseramente al espectador con diapositivas y películas sobre el nacionalsocialismo y el infierno de la destrucción de 1945 en el último cuadro, escenificado como una gran cervecería al aire libre donde un pueblo contemporáneo se emborracha saludablemente con porrones de cerveza.

Se trata, pues, de una puesta con elementos banales y panfletarios, sobre la cual algunos espectadores alemanes me expresaron su cansancio y sus aprehensiones. No sólo se trata de algo ya visto hasta el hartazgo sino de una insistencia morbosa e infantil en criticar a través del arte escénico situaciones que Alemania siente como definitivamente superadas. En un reportaje publicado en suplemento de la revista Der Spiegel que compré en la estación de tren, Anita Lasker, una sobreviviente del holocausto que dedica los últimos años de su vida a dialogar con jóvenes alemanes sobre lo que no hay que olvidar del nacionalsocialismo, se muestra aprehensiva ante la machacona insistencia de evocaciones morbosas que con el pretexto de aleccionar terminan alentando una adicción a imágenes gráficas de las atrocidades nazis.

Pero no todo es negativo en este intento de Laufenberg de despertar los recuerdos de ideologías perversas con el objeto, claro está, de criticarlas. Una de las proyecciones, la de la Catedral rodeada de las ruinas, en confrontación con un pueblo alegre y festivo, sirve mágicamente para cruzarse de la ficción de la escena a la realidad del teatro y la ciudad. En la recepción que siguió al telón final, Laufenberg recordó conmovedoramente aquella moderna sala que a fines de los cincuenta se elevaba entre las ruinas como emblema de una comunidad ciudadana decidida a dar al arte el lugar primordial que siempre merece, según la arenga de Sachs. Hoy, dijo Laufenberg, la sala es una señora algo envejecida en medio de una ciudad plenamente resucitada y vital.

Luego de la recepción, el viejo escenario murió como una discoteca donde los cuerpos estables celebraron el fin de una gran época. A partir de septiembre la Ópera de Colonia deambulará por la ciudad mientras el edificio se recompone. La próxima temporada, Stenz y Laufenberg volverán a encontrarse con una nueva producción de Parsifal en la Oper am Dom, la gigantesca carpa azul de vidrio acero y poliéster situada … junto a la estación de tren y la catedral.



Este artículo fue publicado el 26/06/2012

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