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Benditos sean. Un Requiem alemán en Compostela

Santiago de Compostela, 29/03/2007. Auditorio de Galicia. Ruth Ziesak, soprano; Dietrich Henschel, barítono. Orfeón Pamplonés (director: Igor Ijurra). Real Filharmonía de Galicia. Antoni Ros Marbà, director. Johannes Brahms: Un requiem alemán, op. 45. Ocupación: 95%
imagen Bendito sea Antoni Ros Marbà, que nos ha dado una versión del Requiem brahmsiano de las que se guardan en lo más querido de la memoria auditiva: una lectura que parecía pausada pero que, a fin de cuentas, duró los cinco cuartos de hora reglamentarios, porque Ros Marbà comprende que aquí hay que sujetar las bridas de una orquesta y un coro que, mal llevados, tienden a desbocarse, y que hay que hacerlo sin perder el oremus (nunca mejor dicho). Una interpretación cuyos principales aciertos son los únicos posibles: por una parte, la adecuada dosis de tensión brahmsiana, y por otra, la preservación del ambiente de intimidad compartida –esta noche el maestro hizo algo más que dirigir-, incluso en los episodios más monumentales de la obra.

Gracias a esos dos conceptos clarísimos se puede, como así sucedió, arrancar la cosa con seguridad y firmeza (qué bien se escuchó en los contrabajos esa sucesión de compases de cuatro notas negras ligadas), y con ello afirmar los cimientos de una interpretación coherente y cohesionada; se consigue que las continuas líneas melódicas dobladas –en la orquesta o con el coro- suenen diferenciadas sin dejar de estar aglutinadas; y se obtiene el resultado de elocuencia vocal –e instrumental- necesario para la comunión espiritual, que es la esencia de esta pieza.

Bendita sea por ello la Real Filharmonía, que fue la de las grandes ocasiones: se acaba de hablar de los contrabajos –Carlos Méndez y su equipo-, que son la gloria de esta orquesta; pero también hay que mencionar al timbalero José Vicente Faus, que dio con ellos de manera formidable el pedal que sostiene la fuga gigantesca que cierra la tercera secuencia, por no hablar de su recital en el segundo número; al trompa Jordi Ortega y sus compañeros de atril, que regalaron unos pianísimos de los de hacerse trizas los labios; y a los violines guiados por James Dahlgren, que supieron dar con calidez el abrazo sonoro al coro en el último movimiento.

Bendito sea también el Orfeón Pamplonés, que me ha causado mucha mejor impresión que la última vez que les escuché, porque han limado las aristas de sopranos y tenores, y aunque los barítonos siguen descompensados en relación con el resto, sus contraltos han ganado cuerpo. El ‘Selig sind’ que abre su agotadora intervención se dio en un ‘piano’ de ésos que captan la atención, y en un ‘espressivo’ de los que provocan la emoción: como está escrito, y como debe ser. Cierto que en los momentos más tremebundos la masa coral presenta cierta sonoridad plana que le resta un poco de brillantez, pero eso queda compensado con una agilidad, una entrega y un empaste de la mejor ley, y ahí quedó, claro y limpio, el dificilísimo pasaje –‘Herr, du bist würdig zu nehmen Preis und Ehre’- que enlaza con la fuga de la penúltima secuencia –‘denn du hast alle Dinge erschaffen’.

Bendita sea, por supuesto, Ruth Ziesak, que sólo a una soprano de categoría se le puede confiar una participación tan arriesgada: no importa si ese Re agudo inicial no acabó de clavarlo, porque todo lo demás le salió como a un ángel (al fin y al cabo, tal es su papel), con una voz cálida y sedosa, y con el coro detrás, casi imperceptible de tan delicado; y bendito sea Dietrich Henschel, que no tiene una voz ni muy preciosa ni muy potente, pero sí segura en toda la tesitura –y su parte la exige amplísima-, y, sobre todo, ¡anda que no tiene tablas el tío para actuar como hombre en el tercer número y como apóstol en el sexto!

Y bendito sea por siempre Johannes Brahms, que escribió esto para enseñarnos la tranquilidad de la muerte en confianza, y para convencernos de que no debemos temer esa confianza, alcanzada gracias al tuteo con el más allá de la forma más serena y también más directa. A mí la parte trascendente de todo esto no se me alcanza, pero la manera de transmitir el mensaje me impresiona hasta el tuétano; y así, puestos a compartir intimidades, aquí no vale relatar los aplausos del público, sino la experiencia vital de uno, tan intensa que me mantuvo en vela buena parte de la noche.


Este artículo fue publicado el 03/04/2007

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