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Amo al otro Puccini

Venecia, 05/02/2008. Teatro de la Fenice. La Rondine, commedia lirica en tres actos de Giacomo Puccini sobre libreto de Giuseppe Adami. Coproducción del Gran Teatro La Fenice y el Teatro Verdi de Trieste. Regisseur Graham Vick, escenógrafo: Peter J. Davison, vestuario Sue Willmington, coreografia: Ron Howll, iluminación Peter Kaczorowski. Intérpretes: Maria Luigia Borsi (Magda), Oriana Kurteshi (Lisette), Arturo Chacón–Cruz (Ruggero), Mark Milhofer (Prunier), Stefano Antonucci (Rambaldo), George Mosley (Pèricaud), Iorio Zennaro (Gobin), Giuseppe Nicodemo (Crébillon), Sabrina Vianello (Yvette), Giaciinta Nicotra (Bianca); Annika Kaschenz (Suzy); Andrea Zuapa (un mayordomo), Nicoletta Andeliero (voz lejana). Orquesta y Coro del Teatro La Fenice. Dirección musical Carlo Rizzi.
imagen El carnaval terminado, empieza la Cuaresma. Pasado el breve y casi imperceptible momento si no de fiesta, al menos de recreo, aparecen a las telas violáceas. En la cultura de Italia vuelven las vacas flacas -no es que las de los últimos tiempos hayan sido rozagantes- conducidas por la bien conocida sonrisa berlusconiana que la gente de cultura bien teme. El tema de la crisis de gobierno domina, en efecto, las conversaciones de los corredores de los teatros de ópera. No es para menos.

En tal clima la Fenice inaugura su temporada y elige para ello La rondine. Se trata de una producción realizada en sociedad con el Teatro Verdi de Trieste que verá esta ópera dentro de unos meses. La ocasión es el sesquicentenario del nacimiento de Puccini. La responsabilidad escénica fue confiada a un equipo inglés dirigido por el célebre Graham Vick. Lo que Vick hizo en La Rondine no fue sorprendente. Vimos, por supuesto una Rondine con cambio de época, con motos y con auto al final. La transposición temporal de las puestas ha llegado a ser tan cosa tan reiterada que se ha transformado en verdadera 'convenzione' en el mundo de la ópera y cosa tan rutinariamente consolidada como alguna vez lo fueron las arias de sorbetto, la stretta antes del finale primo o la sorpresa en el tempo di mezzo. Esta vez ese recurso irrestible para todo director de escena fue útil para subrayar la identeidad dannunziana del personaje de Prunier y para dar un eficaz toque de novecento cinematografico al mundo cinico que rodea a Magda, la protagonista.

Las imágenes son bellas y las cosas dramáticamente funcionaron bien al principio pero se fue perdiendo tensón a medida que progresaba el espectáculo. Todo es un dejà vu, y un dejà entendu de otras cosas y el tercer acto todo es un dejà vu de los otros dos. Ya se sabe, pocas cosas hay más pesadas que el aceite usado. Acontece un coup de theatre en el último instante del espectáculo, más digno de Meyerbeer que del final de esta Rondine donde texto y música piden diminuendo. Tal vez Vick con más sentido dramático que el poeta Adami haya necesitado de alguna emoción al despedirse de este primaveril volátil.



Fotografía (c) 2008 by Michele Crosera

Justo es reconocer que la música de Puccini, que habitualmente consigue tomarnos por la garganta, en esta ópera ayuda poco para salvar la cosa. La orquesta, colorida como nunca, y el legato lírico no bastan para mantener interés hasta el final. La trama, pastiche de los pastiches, es insalvable y el libreto es uno de los peores que conozco. Desde el foso la dirección deshilachada y poco refinada de Carlo Rizzi pasó sin pena sin gloria, salvo algún abucheo del publico.

Presencié el espectáculo del 5 de febrero, martedi grasso con teatro completo. Esa noche cantaban en los roles principales Maria Luigia Borsi, Oriana Kurteshi, Arturo Chacón Cruz y Mark Milhofer. Borsi, a quien habíamos escuchado hace muy poco en otro Puccini, Turandot, es una artista de gran línea de canto, una verdadera pucciniana. Llega a convencer con su lirismo vocal y su presencia escénica. Kurteshi, en cambio, no. Sus agudos estridentes me hacen suponer que su ya lejano Oscar de Ballo in Maschera en la Scala la habrá encontrado en condiciones vocales mejores. Leo que está estudiando. Es lo que hay que hacer y ojala la próxima vez podamos alabarla.

El tenor mexicano Chacón Cruz tiene gran volumen y voz redonda aunque su timbre no seduce. Es necesario apuntar que desde la primera impresión de emisión tan nasal -parecía el típico mensajero de Aída- en adelante, fue capaz de imponerse de manera digna. Chacón se mueve con algún impaccio y en algún momento de comprensible tensión, su italiano le juega malas pasadas. Excelentes el Prunier de Milhofer y el Rambaldo de Antonucci.

Conclusión: una versión buena de una obra menor. En un encuentro organizado por los Amici della Fenice, poco antes de las representaciones de La Rondine, el inteligente e informado Mario Bortolotto calificó a esta obra como ópera frustrada. Amo al otro Puccini, al grandisimo dramaturgo musical, y por eso no puedo no estar de acuerdo con ese juicio.

Este artículo fue publicado el 25/02/2008

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