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Valladolid, 16/01/2008. Auditorio de Valladolid. Beethoven: Sinfonía núm. 6 en Fa mayor, "Pastoral", op. 68; Sinfonía núm. 5 en Do menor, op. 67. Symphonica Toscanini. Director: Lorin Maazel. Ocupación: 100% de 1700
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Pese a cierta desorganización -acreditaciones que no llegaban, butacas dispares para la crítica, programa de mano aséptico, gente ubicándose de cara al director una vez comenzada la velada-, hay que agradecer en el alma a Caja Duero que haya brindado la posibilidad de asistir en la ciudad del Pisuerga a un concierto cuyas obras, orquesta y director prometían y cuyos resultados no sólo no defraudaron sino que fueron excepcionales. Después del monumental atasco automovilístico provocado a partes iguales por la hora punta, la asistencia de hinchas al partido de Copa del Rey del Real Valladolid (estadio y auditorio se encuentran contiguos), los 1700 "escuchantes" del concierto que comentamos, la desgraciada costumbre de utilizar el coche para todo y, por supuesto, la absoluta falta de previsión por parte de los políticos para planificar urbanísticamente entorno, quien consiguió llegar a tiempo disfrutó momentos de verdadera magia con estas interpretaciones de la Sinfonías núms. 6 y 5 de Beethoven, un Maazel inspirado y contento y una formación de maravilloso sonido.

Efectivamente, parece mentira que, en los dos años que llevan trabajando, la Symphonica Toscanini se haya convertido en semejante instrumento. Y está bien que hablemos en singular, porque realmente parece uno. El sonido de la cuerda es excepcional, de gran suavidad, delicado, acariciante si se nos permite la cursilería. La aguda suena con buena presencia y sólo se descoloca algo en los fortes, mientras que chelos y contrabajos cuentan con poderosos graves que son utilizados por el director, de forma excepcional, como testigos-guía para todo su concepto, lo que transmite gran empaque y solidez (en realidad, de todas las cualidades instrumentales sabe sacar el máximo partido un viejo zorro de la experiencia y talento de Maazel). Las maderas son igualmente sobresalientes, en su sitio, expansivas, creativas, protagonistas casi siempre. Los profesores ¡frasean! y de buena ley. Los metales son muy efectivos. El primer trompa no es exquisito, pero estuvo exento de tropiezos graves.

Esta orquesta sabe cantar como pocas y Maazel, desde la epiqueya, supo conjugar su estilo de siempre, preciso y en ocasiones detallista, con las posibilidades estilísticas del grupo. Sin bruscos cambios de tempo ni rubati exagerados, se explayó por ejemplo en múltiples momentos de la Pastoral. Los dos primeros movimientos fueron como un reloj desde el principio, y lo que más destacó de ellos, aparte de todas las cualidades intrumentales más arriba expuestas, fue la exhaustiva planificación, fruto de un gran trabajo director-profesores, bastante raro en una época donde se pasa más tiempo en el avión que trabajando codo con codo. Hubo preciosos detalles, como el variado armazón de pizzicati en los chelos, de fastuosa presencia; igualmente, maravillaron los continuos pianísimos que Maazel requirió para casi todas las transiciones, combinados con pequeñas retenciones en el tempo que añadían exquisitez a un conjunto inatacable, apenas comprometido por algún detalle poco lógico: la pensadísima gradación dinámica en el canto de los tres pájaros al final del segundo movimiento no ha lugar, por ser lo que es.

El tercer movimiento no fue el colmo del jolgorio popular, pero Maazel se soltó algo más el (poco) pelo y animó bastante el cotarro, consiguiendo un sonido más acerado de la cuerda y un cortante y marcado 6/8. La tormenta contrastó brutalmente con todo lo anterior, con un timbalero empleado a fondo y con todos los profesores lanzando decibelios sin complejos. No hubo drama ni catástrofes, sino una exposición del hecho natural en toda su grandeza -más que crudeza-, lo que apuntaló esa especie de concepto abstracto que Maazel tiene de esta obra. La conclusión fue sublime, pura música trascendida interpretada y escuchada con todo el placer que uno pueda imaginarse, con un epílogo lentísimo recapitulador como pocos.

Después de semejantes exhibiciones era de esperar que la Sinfonía n.º 5 nos convenciera menos, y realmente así fue, y no por culpa de la orquesta, que siguió en su línea, sino porque Maazel cambió de tercio y exacerbó radicalmente todo lo que el op. 67 tiene de impactante, convirtiéndolo en una fastuosa y lujuriosa fiesta del sonido y del contraste. Es cierto que la obra es muy apta para ello, pero no lo es menos que dosificar el volumen, sobre todo cuando los metales parecen querer ser protagonistas en no pocas oportunidades, no viene nada mal para conseguir mayores dosis de tensión. En este sentido, el momento más bajo, a nuestro entender, fue la culminación en el desarrollo del cuarto movimiento, bastante lenta y ramplona. Algún otro momento, por contra, hubiera requerido mayores dosis de templanza, como el ataque de los chelos en la fuga del tercero, que siempre suena descoordinada si se va rápido y los chelistas no son absolutamente excepcionales. Muy bien sin embargo en todo el primer movimiento, con frases precisas y tempi moderados; e infinidad de detalles que elavaban continuamente la categoría global de la interpretación, como la contraposición de la recogidísima cuerda con la pompa del metal en el segundo, la (de nuevo) compleja matización de los pizzicati del tercero, la perfectamente conseguida transición al cuarto y, conectando con ésta, la destacada elongación de las tres primeras notas del metal del cuarto, "a lo Barbirolli" (y otros muchos que también han tenido predisposición a este tradicional efecto).

En definitiva, una grandísimo concierto, técnica y/o artísticamente de los más completos que el que escribe ha tenido ocasión de presenciar, potenciado por el gran espectáculo de poder contemplar el auditorio rebosante (eso sí, sólo en la segunda parte, cuando consiguió llegar todo el mundo) de un público algo acatarrado pero en general respetuoso. Gran consecución, con todos los peros que quieran ponérsele al edificio donde se halla inserto, el poder contar con un estupendo espacio que ha mejorado apreciablemente su acústica con el cambio en la disposición de los paneles superiores -no vendría mal el encargo y colocación de al menos otros cuatro a los lados-, lo que permitió el pleno disfrute de un Beethoven inolvidable.



Este artículo fue publicado el 22/01/2008

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Referencias:


Lorin Maazel