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Un Elisir de abajo a arriba

A Coruña, 30/09/2011. Palacio de la Ópera. Gaetano Donizetti: L’elisir d’amore, ópera en dos actos con libreto de Felice Romani, estrenada en el Teatro Canobbiana de Milán, el 18 de Mayo de 1832. Francisco López, dirección de escena e iluminación. Jesús Ruíz, escenógrafo y figurinista. Javier Hernández, asistente a la dirección escénica. Intérpretes: Celso Albelo, tenor (Nemorino); Irina Lungu, soprano (Adina); Bruno de Simone, bajo (Doctor Dulcamara); Javier Franco, barítono (Belcore); Helena Abad, soprano (Gianetta). Coro Gaos (Fernando L. Briones, director). Orquesta Sinfónica de Galicia. Cristóbal Soler, dirección musical. Producción del Teatro Villamarta de Jerez. 59º Festival de Ópera de A Coruña. Ocupación: 90%
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La frialdad del público durante el primer acto y los comentarios generalizados durante la pausa no hacían presagiar el gran triunfo en que se acabaría convirtiendo esta función de L’Elisir d’Amore que cerró el Festival de Ópera de A Coruña y que, casi contra todo pronóstico, fue de menos a más para acabar muy en alto, casi como si de un partido que se resuelve en la prórroga se tratase.

Abajo…

Porque sí, prácticamente a todos les estaba faltando algo durante el primer acto, ese plus de excelencia capaz de volver loco al público, de desatar las pasiones. Como Nemorino, Celso Albelo, recién llegado de una inesperada gira por Japón con funciones de I Puritani, fue recibido con aplausos ya después del 'Quanto é bella, quanto é cara!' y cantaba en general con corrección, tal vez un poco apagado con respecto a actuaciones anteriores; pero el público que le conozca bien -y en A Coruña se le conoce bien- sabrá que podía dar mucho, pero mucho más. Se reveló, eso sí, como un actor cómico de primerísimo orden, ejecutando con credibilidad el sin fin de payasadas que le marcaba la puesta en escena.

Tal vez Irina Lungu luciese más regular, de elegante presencia escénica, desenvuelta como actriz y con una voz hermosa, y un canto técnicamente elegantísimo, y un instrumento -¡por fin!- mucho más lírico de lo acostumbrado para esta parte; pero también algo falta de volumen como para redondear su ya de por sí interesante actuación. En este sentido no estaba ayudando nada la dirección orquestal de un Cristóbal Soler que resultó muy pasado de rosca en cuanto a decibelios, y que estaba ofreciendo una lectura más propia de un drama donizettiano que de la comedia que tenía entre manos. Posiblemente él tuvo parte de la culpa de que la muy modesta Gianetta de Helena Abad resultase completamente inaudible en unos conjuntos que, cuando se hacen bien, dan de sí más de lo que parece.

Así las cosas, durante este primer acto, es de ley reconocer que solo el Belcore de un espléndido Javier Franco -en su mejor actuación en la ciudad-, de voz rotunda y poderosa, pero también buen estilista y atrevido en las puntature, consiguió pasar sin problemas el foso de la orquesta, en la que fue, sin ninguna duda, su mejor actuación en la ciudad. También Bruno de Simone, con una voz bastante pobre como instrumento -aunque muy bien proyectada- supo sacar adelante su papel a base de tablas, conocimiento del rol y comicidad bien medida. Mientras, el Coro Gaos debutaba causando buena impresión. Todo servido en un montaje ultraclásico -y, por qué no decirlo, también algo acartonado en términos de escenografía y, quizás, en exceso localista, por más que Dulcamara saque en un momento una bufanda del Deportivo de La Coruña, cosa que, la verdad, no viene muy a cuento ante todas las referencias a Jerez que hay en el montaje- que firma Francisco López para el Villamarta de Jerez, que tuvo que vérselas con un escenario de mucho mayor tamaño que el del teatro andaluz para el que fue originalmente concebido. Puestos a contratar uno, sin salir de España hay montajes más bonitos de esta ópera -descartando el del Liceu de Barcelona, porque ya lo hemos visto aquí hace unos años, pienso en el de la Ópera de Las Palmas, por poner un ejemplo-.

…y arriba

Los comentarios del público en el entreacto hablaban de una función algo descafeinada, de esa corrección que a veces se vuelve hasta incómoda. Pero, sin embargo, contra todo pronóstico, la noche acabó entre vítores sonorísimos, porque algo ocurrió en el segundo acto que le dio la vuelta a todo. Todo seguía transcurriendo con la misma normalidad del acto anterior -Javier Franco, he de insistir, seguía especialmente inspirado en su Belcore; Helena Abad dejó pasar completamente desapercibido su número solista junto al coro, y Bruno De Simone estuvo especialmente simpático en la 'Barcarola' como Dulcamara-, pero desde 'Una Furtiva Lagrima', casi en el tiempo de descuento y a falta de apenas un cuarto de hora para concluir la ópera, todo cambió: por un momento, la descafeinada producción del Villamarta tuvo un poco de lucidez, cuando decidió bajar la luz y considerar este fragmento íntimo, como con una identidad propia. Apareció entonces el mejor Albelo, el de siempre, cantando el aria pletórico de medios, con el alma, y unas medias voces excepcionales en la segunda estrofa. Lógicamente, ovación atronadora, e insistentes peticiones de bis, que no fue concedido. Fue entonces cuando Irina Lungu, que, como digo, estaba cantando bien, pero a quien quizá le estaba faltando ese plus de excelencia que convierte lo bueno en genial, encontró su momento de brillo en su aria 'Prendi per me sei libero': a la belleza de la voz se le unió una línea de canto impecable, un dominio absoluto de la coloratura y un sentido de la musicalidad envidiable, que le permitió medirse por un momento con las más grandes. El silencio en la sala fue sepulcral, casi mágico, y la ovación que recibió una vez terminada la cabaletta, atronadora. Para muchos -entre los que me incluyo-, un verdadero descubrimiento; y hay que desear que vuelva pronto en un título en el que pueda lucirse más.

Estos dos momentos justificaron el éxito de la representación por sí solos. No importaron ni lo descafeinado de la propuesta escénica, ni lo desacertado de la dirección orquestal de Cristóbal Soler ni cualquier aspecto dudoso anterior. La función acabó en una fiesta y en un éxito, básicamente gracias a dos momentos en punta. Y es que, a veces, las cosas no es cómo empiecen, sino cómo terminen.



Este artículo fue publicado el 09/11/2011

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