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Cierre de temporada a toda orquesta

Buenos Aires, 01/11/2007. Teatro Coliseo. James Ehnes, violín. Orquesta Sinfónica del Estado de Sao Paulo (Brasil). Director: John Neschling. Programa: Darius Milhaud: 'Le Boeuf sur le toit'. cinéma-fantaisie opus 58b. Maurice Ravel, Tzigane para violín y orquesta. Piotr Ilich Chaicovsqui, Manfredo, Sinfonía opus 58. Décimo y último concierto del segundo ciclo de abono del Mozarteum Argentino.
imagen La vida musical porteña se ha vista literalmente invadida en estos últimos meses por las visitas de excelentes conjuntos foráneos, que han servido para resaltar aún más, si ello es posible, la pobreza y el abandono que sufre la actividad sinfónica local.

 La única orquesta de la capital con una programación coherente y atractiva es la Filarmónica de Buenos Aires, pero se ha pasado el año deambulando de sala en sala -todas con problemas acústicos- al no contar con sede propia (y la que está proyectada parece una verdadera tomadura de pelo por capacidad y ubicación), mientras la Sinfónica Nacional, en una de las etapas más aciagas de su larga trayectoria, casi no ofrece presentaciones públicas (y tampoco tiene un lugar estable donde realizarlas) y la Estable del Colón, en una de la temporadas más mezquinas de trabajo en muchísimo tiempo, hizo apenas seis títulos operísticos y una obra sinfónico-coral a todo lo largo del año.

 Eso sí, hay que señalar como hecho sumamente positivo la visita que realizó a México esta última agrupación como parte de la comitiva cultural que montó la espectacular Turandot con puesta de Robert Oswald que habíamos tenido la suerte de poder apreciar en el Luna Park a fines de 2006, y que fué recibida en el país del norte con singular beneplácito. Fué esta la primera vez en la centenaria historia del Colón que una gran producción propia se lleva íntegra fuera de sus fronteras.

 Es por todo esto que la llegada de orquestas extranjeras es siempre muy bienvenida, máxime cuando, como se repitió en esta oportunidad, estamos ante formaciones de gran jerarquía.
 
 Que en lo personal la presentación de la Sinfónica de Sao Paulo haya estado un poco por debajo de mis expectativas -basadas, especialmente, en comentarios de colegas y amigos sobre las dos ocasiones anteriores en las que este mismo conjunto actuó en Buenos Aires- no tiene nada de extraño. Hay mil pequeños detalles que hacen al éxito final de un concierto (desde el repertorio escogido hasta ese imponderable que es la interpretación de una obra) y no siempre todos pueden resultar perfectamente acordes el gusto de cada uno en particular.
 
 Comencemos por el repertorio. De los dos conciertos que ofrecieron aquí, yo hubiese preferido asistir al primero (obertura de El Guaraní de Carlos Gomes, Concierto para Violin de Sibelius y Sinfonia nº 5 de Shostácovich), que poseía mayor entidad, pero la coincidencia con la actuación de la Filarmónica que comenté para este mismo medio [ver crítica] me lo impidió. Así que escuché el segundo, cuya primera parte era atípica, con dos obras relativamente cortas para violín y orquesta -ambas transcripciones- por lo que la única obra de peso era la de Chaicovsqui.

 Aunque el programa de mano presentaba la página de Milhaud como cinéma-fantaisie sobre El Buey sobre el tejado, este título es incorrecto. No es una "fantasía sobre" sino la misma obra, eso sí, transcripta por el propio autor. Aclaremos un poco las cosas. El Buey sobre el tejado es un ballet de Milhaud que lleva el opus 58, fué dedicado a Jean Cocteau y estrenado en 1920. Luego, Milhaud realizó luego una transcripción para violín y orquesta (empleando el mismo conjunto instrumental) que lleva el número de opus 58b y que dedicó al eximio violinista francés René Benedetti, que fué quien la encargó y que se ocupó de estrenarla en París en 1921. Esta composición sólo difiere del ballet en la inclusión de una breve pero muy exigente cadencia para el solista, de intrincada escritura.

 En esta página -muy posiblemente un estreno en nuestro medio- y en la mucho más transitada Tzigane de Ravel -original para violín y piano, que el músico orquestó de inmediato- tuvimos oportunidad de gozar de las excelencias del violinista canadiense James Ehnes, que a sus 31 años mostró poseer singulares recursos técnicos, tanto en una izquierda certera y de enorme destreza como en un arco muy dúctil y preciso, con el que logra un sonido de marcada calidad y belleza. Superó con holgura las múltiples exigencias de ambas partituras mientras las exponía con musicalidad y sentimiento.

Mención aparte merece el exquisito soporte orquestal brindado por Neschling y sus subordinados, de notable transparencia y claridad, que se acopló a la perfección al solista en las dos partituras, que se escucharon con una frescura y nitidez raras veces alcanzada. Si algún detalle me parece digno de remarcar es un breve pasaje rápido y enrevesado de las trompas -a poco de atacar la orquesta en Tzigane- realizado con tal pericia que provocó mi admiración.

 Respondiendo al muy entusiasta recibimiento que le brindó el público, el violinista agregó a su actuación dos obras a solo, primero la 'Giga' de la Partita Nº 3 en Mi Mayor de Johann Sebastian Bach, con agilidad, precisión y buen gusto y luego el 'Preludio' de esa misma obra, también brillantemente resuelto.

 La segunda parte estuvo íntegramente dedicada a la extensa sinfonía (?) Manfredo, op. 58, de Chaicovsqui. Aquí de nuevo la orquesta puso de relieve su categoría, con algunos unísonos formidables de una cuerda siempre afinada y de grato sonido, el buen hacer de sus bronces, la calidad de sus solistas de madera o el ajuste de su percusión. Todos conjuntados conforman una agrupación que se somete con flexibilidad a lo que les marca su director, a la vez que muestran un gran rango dinámico, alcanzando en los momentos que así lo requieren una muy amplia pujanza. Otra vez aquí hallé un momento muy especial que merece ser destacado: un pasaje muy calmo y suave a cargo del grupo completo de violas (casi al comienzo del movimiento inicial) tocado con tal calidad sonora y exactitud de arcada como para desmentir totalmente las bromas que suelen hacerse a costa de este colectivo instrumental.
 
 Por contra, la interpretación de esta composición no me resultó tan lograda. John Neschling es un director sumamente competente, atento al detalle, cuidadoso en la concertación y en el balance entre los grupos y que logró dar una imágen acertada de las diferentes características de los autores que propuso, pero su visión del creador ruso me pareció algo gris. Encontré cierta pesadez en el discurso, que por otra parte no alcanzó la necesaria e indispensable intensidad expresiva en los fragmentos culminantes y eché en falta una mayor dosis de contraste entre los muy diversos y cambiantes climas por los que discurre esta obra. Desde luego se trató de un trabajo muy serio y responsable, pero que no llegó a deslumbrarme.

 El numeroso público celebró la jerarquía de las ejecuciones con una cerrada y larga ovación, que director y orquesta, luego de los saludos de rigor -en los que el maestro carioca hizo poner en pié a gran parte de los principales instrumentistas- agradecieron con dos páginas tan dispares como poco frecuentadas: Brasileña, la segunda de las Tres Danzas del paulista Mozart Camargo Guarnieri y el 'Entreacto' de la pantomima Der Schneemann ("El Hombre de Nieve") que Wolfgang Erich Korngold compusiera en 1908, vale decir cuando sólo contaba 11 años de edad.


Este artículo fue publicado el 14/11/2007

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