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El otro marco franquista

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Hace poco, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, dijo que con la nueva reforma laboral implantada por el actual Gobierno de España se terminaba con el marco franquista hasta ahora imperante a este respecto. Estas palabras, que como es normal no fueron entendidas por muchos gerifaltes de un ambiente político donde la indocumentación se premia y la eficacia se penaliza, tienen perfecta lógica desde las tesis del Liberalismo Austriaco, que la mandataria profesa con entusiasmo. Eso sí, la elección del adjetivo "franquista" en vez de "intervencionista" o, más suavemente, "regulador", fue una de sus típicas maldades dirigidas directamente a la línea de flotación del PSOE, partido rival actualmente socialdemócrata, que en sus mandatos habría mantenido el "marco" instaurado por una dictadura cuyas represalias sufrió especialmente. Y hablo de línea de flotación porque, con ello, para Aguirre las bases ideológicas de la izquierda en cuanto a dirigismo económico serían equiparables a las de una dictadura, centrada igualmente en un estado fuerte que recorta libertades individuales.

Dejando aparte que se pueda estar de acuerdo o no con la Escuela Austriaca o con los matices "malvados" con que la sazona Aguirre, el trasfondo histórico al que hace referencia (con el radical cambio de la dictadura a la democracia y con lo que sin embargo permanece en ambas) me vino a la cabeza a partir de la lectura de un programa de mano, escrito para el concierto que la Filarmónica de Londres protagonizó en el Auditorio Miguel Delibes el 24 de febrero. En él, el periodista Joaquín Martín de Sagarmínaga logra plasmar por escrito tal cúmulo de despropósitos que uno termina por reflexionar sobre hasta qué punto el fundamentalismo y la más triste de las servidumbres pueden llegar a perjudicar cualquier desempeño profesional.

El centro del cúmulo, que lo retroalimenta, es la pregunta de si el Rachmáninov de la Danzas Sinfónicas (obra de 1941) estaba exhausto, o más bien lo que estaba exhausta era la tonalidad como procedimiento. En otros momentos, habla de que el romanticismo pervive, con "respiración asistida, en multitud de temas populares y en la música fílmica de Hollywood"; tilda como avanzados a músicos que abandonaron la sala el día del estreno de las Danzas Sinfónicas; y escoge una cita de Tomás Marco como ilustración, después de haber hecho lo mismo con otra de Schönberg para el anterior comentario al Concierto para violín de Brahms. Cuánta sutileza.

Si hay que reconocerles algo a los vasallos españoles del serialismo es que han sabido aprovechar su aura vanguardista ante un poder ávido de subvencionar todo lo que con sus visos de modernidad pudiera favorecer la propia imagen. En España, dictador y presidentes de gobierno han alimentado durante lustros a las mismas agradecidas veletas cuya música casi siempre rayó en la más esperpéntica de las parodias, ya que esta pequeña pero escogida tropa supo rodearse a su vez de agradecidos criados, impacientes por lograr su cuota de pesebre transmitiendo al poder las bondades de un sistema compositivo impuesto por agresivos señores feudales. Semejante suerte de servicio doméstico a algunos compositores locales se ha visto forzado a admirar públicamente –e incluso estudiar– este sistema por mantener lleno el estómago.

Esta desolada realidad aún permanece, y persevera en sus métodos. No importa caer en el total absurdo teórico e histórico con tal de aprovechar la coyuntura para cerrar un círculo de lo más productivo: con dinero público se paga un programa de mano en el que se favorece al entorno afín, lo que va dejando un poso en el poder político para encargos, representaciones, etc., pagados igualmente con dinero público; a los escribas esto les permitirá pergeñar nuevas publicaciones laudatorias, pagadas otra vez con dinero público (subvenciones a revistas, más programas de mano, conferencias, presentaciones en ciclos).

Afortunadamente, se constata el creciente sentido crítico y hastío de algunos cargos culturales con semejante método, consecuentes con que la calidad de la música programada deba situarse por encima de lo que podríamos llamar tradiciones de la pandereta se(ño)rial patria. Los ancianos vasallos artífices de tan inteligente entramado de expolio tienen sus bastiones, que se extinguirán cuando ya no estén y sean felizmente olvidados hasta que la Cecilia Bartoli de dentro de 200 años los rescate brevemente. Pero, ¿qué será de sus criados?



Este artículo fue publicado el 01/03/2012

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