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Lo que el público quiere

Barcelona, 21/05/2006. Gran Teatre del Liceu. Nabucco (Teatro alla Scala, Milán, 9 de marzo de 1842), libreto de T. Solera y música de G. Verdi. Intérpretes: Leo Nucci (Nabucco), Maria Guleghina (Abigaille), Giacomo Prestia (Zaccaria), Aquiles Machado (Ismaele), Joyce DiDonato (Fenena), Wayne Tigges (Grande Sacerdote), Josep Fadó (Abdallo) y Serena Daolio (Anna). Polifònica de Puig-Reig (dirección del coro: Ramon Noguera). Orquesta y coro (director: José Luis Basso) del Liceu. Dirección de orquesta: Nello Santi. Versión de concierto
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No soy del parecer de que el público tenga razón siempre y forzosamente. Ni tampoco de que no haya que desafiarlo, provocarlo, incitarlo. Entre otras cosas, porque yo me considero siempre parte de él y no me gusta que me sirvan siempre la misma sopa. Pero sé que hay que escucharlo y que también hay que tenerlo presente en una programación porque una obra (de prosa, en verso, en música) vive principalmente por y para él. Y eso por ejemplo lo tenía muy claro Verdi que, además, escribía -cuando le dejaban tiempo suficiente- como y lo que le parecía.

Uno piensa en ese día de 1842 en que el ciclón Nabucco se abatió sobre Milán y no acaba de creérselo, porque hoy mismo esa explosión de ideas y de energía -a veces cruda, brutal, pero siempre sincera y humanísima- sigue contagiando a la gente.

En versión de concierto, sí señor. Un disparate para cualquier obra del teatralísimo Verdi en principio, pero que demuestra que es su música el principal motor del drama, no importa la mayor o menor eficacia del libreto. Y que libera de la disputa sobre puesta moderna o tradicional y permite concentrarse -quizás también en los gastos que genera una reposición de una obra de estas dificultades- en lo que importa de veras: director, cantantes y cuerpos estables. Estoy seguro de que si en vez de dos funciones hubiera siete, las siete estarían vendidas y la reacción sería la misma de delirio que acompañó a la primera.

Después uno puede matizar, afinar la puntería, volver sobre un tipo de interpretación u otro, pero el caso es que la gente no fue sólo a esperar el siempre intacto ‘Va, pensiero’ (‘el aria del coro’ como la escuché definir una vez), sino una música electrizante hecha de esa misma forma. Podría haber habido cuatro telones pintados o desarrollarse en una agencia espacial en Marte -hubieran aburrido o distraído, alguien se habría irritado y protestado… Con ‘nada’, en cambio, la pujanza del lenguaje verdiano se bastó y se sobró.

Tal vez yo prefiera en particular los momentos de la obra en que el rey se convierte en su propia sombra, y que coinciden con los mejores momentos de la notable prestación de Nucci, un barítono que no ‘nació’ con las tonalidades épicas del bárbaro orgulloso, pero que se las arregla muy bien para darlas, y considerada su veteranía estamos cerca de lo impensable, que aumentó de estatura, naturalmente, en la escena de la locura, en el gran dúo con ‘Abigaille’ del tercer acto y, sobre todo, en la plegaria del último.

Tal vez, dentro de la gran labor cumplida por Giacomo Prestia, que comenzó con una rotunda interpretación de la difícil aria de salida, con coro y esa terrible cabaletta ‘Come notte’, de ese ‘Zaccaria’ entre rígido y fanático, y que rubricó con la profecía del tercer acto (donde las notas finales resultaron algo cortas o forzadas), yo me incline por ese momento sublime del segundo acto que es ‘Tu sul labbro’ donde exhibió una tersura y pulimiento de línea y dominio del legato, junto con una elegancia de verdadero señor de la escena en todo momento.

Tal vez prefiera este tipo de canto y de actitud, que también fueron los que exhibió DiDonato, todavía una voz eminentemente belcantista, en la no muy extensa ni difícil parte de ‘Fenena’ (y que culminó en ‘Già dischiuso ho il firmamento’), más que el excitante de Guleghina, triunfadora de la velada -ese día le dieron el premio a la mejor cantante del año pasado, por votación de los pisos cuarto y quinto del teatro-. Ciertamente, aunque no supera su magnífica ‘Odabella’ de hace ya años en un Attila memorable en Amberes (para mí, la mejor que he escuchado del papel en vivo y lo mejor en absoluto de esta cantante) este papel le queda mejor que ‘Lady Macbeth’, aunque ahora los graves resulten más ficticios y más evidente la forma de emitir el sonido; aunque algún agudo no sea muy exacto o centrado y tienda a crecer (ocurrió sobre todo en la cabaletta ‘Salgo già del trono aurato’). Y, claramente, su virtud mayor es el canto de fuerza, como en el primer acto o en el terrible recitativo del segundo (pero no en el aria: ‘Anch’io dischiuso un giorno’ requiere, además, otras virtudes que la impactante soprano posee en parte o exhibe de modo intermitente), en el impresionante volumen con que domina los conjuntos. Alguien debería sugerirle que, por más que se trate de Verdi y ella sea muy temperamental, en una versión de concierto, pero también en escena, cierto tipo de gestos no ayudan precisamente a la música, y que una interpretación constantemente enfatizada por todos los medios no suele caracterizar a un gran artista.

Machado estuvo pendiente de la partitura todo el tiempo, pero en ‘Ismaele’ eso importa menos, y su canto fue bello y efectivo, aunque genérico.

De los comprimarios habrá que destacar el buen hacer de Fadó y los agudos que en los concertantes exhibió Daolio, así como habrá que preguntarse el porqué de la contratación de un cantante con tantos aires y con tan poca sustancia como Tigges.

Y habrá que decir que los coros estuvieron sensacionales y que la orquesta del Liceu sigue su trayectoria ascendente, pero todos estuvieron galvanizados por Santi que se presentaba en el teatro por primera vez, siempre sin partitura, siempre fogoso (alguna vez, yo hubiera deseado una tregua, pero seguramente es un problema mío) y siempre atento al equilibrio de los distintos planos sonoros, algo sumamente importante en una versión de concierto y que directores ‘sinfónicos’ suelen perder de vista. Un triunfo total, merecido y que ojalá se reitere con los próximos títulos que se anuncian de Verdi, pero, ay, escenificados.



Este artículo fue publicado el 01/06/2006

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