Castilla y León

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Sí: Furtwängler

Valladolid, 06/03/2012. Auditorio de Valladolid. Nicholas Angelich, piano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Eiji Oue, director. Johannes Brahms: Concierto para piano y orquesta núm. 1 en Re menor, op. 15; Sinfonía núm. 2 en Re mayor, op. 73, Ocupación: 85%
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Reproduzco en el título de esta crítica la expresión de una amiga "brahmsiana" al final del concierto, inmediatamente después de haberle comentado la maravillosa aceleración de la coda del último movimiento en la versión recién escuchada de la Sinfonía núm. 2. Y es que el entusiasmo del público se saboreaba a la salida: caras de felicidad, tono de voz algo elevado por la excitación, silbidos que reproducían el segundo tema del primer movimiento... Y los bravos habían sido especialmente sonoros y persistentes.

Lionel Bringuier está enfermo (está previsto que lo esté una semana más, al parecer), y ha sido sustituido esta vez por Eiji Oue, bastante conocido en España por haber sido titular de la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Desde luego, su estilo de dirigir, hiper-expresivo, simpático y lleno de movimientos sorprendentes, ya predispone a cierto público a favor (quizá no tanto a las orquestas). Pero realmente hubo mucho más que gestos en la segunda parte del concierto. Esta Sinfonía núm. 2 de Brahms es la más redonda y emocionante que le he escuchado nunca a esta orquesta.

Repleta de elementos de la gran tradición centroeuropea (el Furtwängler del título), mezclados con toques personalísimos del director, la planificación fue inatacable. Cuando se ralentiza y acelera con cierta asiduidad, siempre surge el problema de los "cosidos" en la unión con temas o periodos que no admiten el mismo grado de flexibilidad, y de dar una lógica al conjunto, un sentido y una direccionalidad. Pero Oue mantiene la estructura sin el más mínimo resquicio gracias a un trabajo pormenorizado e interiorizado que le permite elegir la solución perfecta dentro de un concepto que en otra batuta podría resultar bastante arriesgado.

Para colmo, la orquesta sonó entregada, equilibrada, con grandes intervenciones solistas (los cobres, por ejemplo), una cuerda poderosa y con graves muy presentes (contrabajos –colocados al fondo a la izquierda– y timbal). A veces las entradas no fueron exactas, pero los tutti fueron perfectos, bien medidos y rotundísimos, sin decepciones. Todo lo que pide esta música fue entregado sin ninguna tacañería justificada en temas bizantinos, y la fluidez fue tal que, sin haber utilizado tempi muy rápidos –si descontamos el último movimiento–, todo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Se notó el trabajo previo, por ejemplo, en el legato, aunque la interpretación no fuera proclive a la filigrana tímbrica. En resumen, una Segunda inolvidable.

En la primera parte, el primer movimiento del Concierto para piano núm. 1 de Brahms no había hecho presagiar la fiesta final. Rozó el desastre por varias circunstancias: a) la separación entre primeros y segundos violines y la moderación en el volumen para no tapar al pianista hizo que la cuerda sonara muy pobre; b) Nicholas Angelich empezó bastante desconcentrado, con abundantes notas mudas, y parecía no haberse adaptado del todo a este Steinway gran cola; c) el director no veía bien al pianista, por lo que tuvo que "recolocarse" en plena interpretación y adoptar posturas algo forzadas (más si cabe); d) hubo descoordinaciones orquestales demasiado evidentes, como si los profesores no entendieran del todo los gestos del director, y estos errores se reflejaban profusamente en sus caras.

Por otra parte, Angelich es un pianista difícil de acompañar. Tiene un sonido que normalmente es sólido, afirmativo pero no percutivo, siempre desde un ataque de brazo algo limitado que le resta paleta dinámica. Desde su rotundidad, a veces se pliega a pianísimos muy delicados, que pueden ser sepultados por un solo instrumento de viento. De ahí que el primer movimiento diera la impresión de ser una especie de gran tanteo entre fuerzas (para colmo, orquesta y piano se lo pasan discutiendo), lo que en el fondo no tiene demasiada lógica, después del concierto del día anterior y los correspondientes ensayos.

El tanteo dio sus frutos, porque en el segundo movimiento todo se arregló como por ensalmo. La delicadeza, definitivamente, es el fuerte de Angelich, y su buen gusto a la hora de frasear, de matizar exquisitamente, se reveló con todo su esplendor en el Adagio non tropo. El resto del concierto ya discurrió por niveles muy elevados, con concentración absoluta y altas dosis de motivación por parte de todos, insuflada por un director que jamás dejó de animar, incluidos largos periodos de mirada fija en el pianista y batuta en alto que realmente llamaban la atención. Angelich recogió el testigo y estuvo a la altura en una versión irregular por lo explicado respecto al primer movimiento, pero que concluyó como perfecta antesala a esa Segunda magistral.



Este artículo fue publicado el 21/03/2012

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